domingo, 16 de febrero de 2014

hablemos de mí


Miguel Ángel Oeste me entrevista hoy en Diario Sur, con fotografía de Antonio Salas. Sí me gustaría reproducir aquí una pregunta que se ha quedado fuera finalmente, editada por razones de espacio: 

-¿Cómo ves el mundo del cómic en España? El éxito de Paco Roca, de Max, de David Rubín…
Sinceramente, creo que vivimos una nueva edad dorada del cómic español. En estos últimos años, y lo digo con la mayor objetividad que puedo, se han publicado algunas de las mejores obras de la historia del cómic español, sin nada que envidiar a nivel internacional. De algunos de los autores que citas y de otros.

lunes, 3 de febrero de 2014

nunca se dijo nada en contra de

«La memoria sobre la posguerra española es un tema recurrente en tus obras, incluso inconscientemente.   
Yo soy del 69. En mi escuela nunca se dijo nada en contra del gobierno de Franco. Incluso en el resto de mi educación, ya con la democracia, jamás oí un solo comentario crítico sobre la dictadura franquista. Hemos tenido cuarenta años de una sola visión de los acontecimientos históricos. Y esa ignorancia de nuestra sociedad es el motivo de muchos males que afectan a nuestro presente. Cada vez que veo a un político que habla con ambigüedad del franquismo sin condenarlo, me cuesta entenderlo. No me imagino a ningún miembro del gobierno de Merkel o del gobierno italiano hablando ambiguamente de Hitler o de Mussolini.  
Para empezar la llamamos siempre dictadura franquista, como nos han enseñado de manera nada inocente, y nunca fascista, que es como se fundó de manera asumida el régimen.  
Efectivamente. No hay que olvidar que el alzamiento de Franco contó con la decisiva ayuda del armamento alemán y las tropas italianas. Que Franco era un aliado del fascismo y el nazismo, y tras la guerra dio cobijo a muchos oficiales alemanes. Solamente la Guerra Fría, y la poca peligrosidad —a nivel mundial— de Franco hicieron posible esa carambola histórica que le perpetuó en el poder. Los españoles de La Nueve llevaban años combatiendo al fascismo, primero al de Franco y luego al del Eje. Ver cómo la liberación de Europa llegaba sólo hasta los Pirineos debió de ser decepcionante. A las potencias aliadas les preocupaba más que pudiera instaurarse un gobierno comunista si liberaban España, que tener a un fascista gobernándola. La mayoría de miembros de La Nueve decidieron quedarse en el exilio. ¿Cómo volver a la España franquista después de todo lo que habían combatido?»
Paco Roca, entrevistado en Rockdelux, febrero 2014

sábado, 1 de febrero de 2014

listas 2013

Tres dibujos que hice para ilustrar el texto principal sobre las listas de lo mejor de 2013 según Rockdelux. El artículo, de José Fajardo, puede leerse en el siguiente enlace:

Resumen 2013. El pop adelanta a la realidad


sábado, 18 de enero de 2014

cosa de chicos

Lo cierto es que de niño no era aficionado a los cómics. Los miraba por encima del hombro porque no se consideraban dignos de tenerse en cuenta. No me empecé a fijar en ellos hasta más tarde. Desde luego, el estilo de mi obra debe mucho al cómic. Es un medio que te deja mucho margen y tiene un gran potencial.

Sus dibujos tienen un algo coloquial, como múltiples voces que conversan entre sí y, no obstante, usted siempre ha optado por trabajar con una sola viñeta. Su obra da la impresión de ser un proyecto elaborado para múltiples viñetas, pero se condensan en una sola. ¿Es la figura subjetiva que flota encerrada en un comentario multicanal?

A veces esas obras funcionan, a veces es como si explotaran. A veces las corto en pedazos y las aprovecho como material para usar en el futuro. Hay un momento en que te quedas físicamente sin espacio. Te das cuenta de que, en la parte inferior, las letras con cada vez más pequeñas. Cuando escribo, veo el poco espacio que tengo. Casi no se puede ver ni leer lo que escribo. A veces se vuelve demasiado complicado para la viñeta, para el dibujo. Cuando la cosa sigue y sigue, tengo que hacer un video, un libro, una versión artística en forma de secuencia o un collage.

¿Qué opina de la línea que se ha impuesto en la próxima muestra de cómics en el UCLA Hammer Museum y el MoCA [Masters of American Comics]? Sólo para hombres. No hay mujeres. Por ejemplo, no está Linda Barry.

Linda Barry es una de mis favoritas. Creo que ahora es la mejor de todos. Me gusta porque trabaja con cómics o historietas y no revela nada. No se puede hacer algo equivalente sin la imagen y sin el texto. No hay que ser indulgente con su arte ni buscarle justificaciones: es genial. Hablando de relatos de una sola viñeta, como cuando se refería a mi obra, lo que Linda Barry es capaz de hacer con eso es asombroso... con esa economía de medios es capaz de describir tantas cosas... y eso es importante cuando uno decide hacer cómics o trabajar en un medio impreso, periodismo, entrevistas, o algo en lo que te imponen unas limitaciones. Pero con las tías en general... Me pide, le pide a uno que usa la palabra tías [ríe], que opine sobre esto. Creo que no ha sido un descuido involuntario o no, basado en una cuestión de género; lo que sucede es que detrás tenemos una historia. Creo que se remonta al Yellow Kid, o incluso más atrás. Las historietas han sido siempre cosa de chicos.

¿Quiere meter algunas canastas?

Sí. ¿Le apetece jugar al baloncesto? Podemos jugar en El Patio.

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Raymond Pettibon, entrevistado por Benjamin Weissman en Modern Painters (noviembre 2005), traducido por Discobole para el catálogo Raymond Pettibon, Málaga, CAC Málaga, 2006, pp. 28-29.



jueves, 16 de enero de 2014

two divided by zero


 +
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Postdata. Al margen de citas visuales, sí me gustaría comentar una cosa sobre el Battling Boy de Paul Pope (color de Hilary Sycamore). Sus páginas no están dibujadas para ser reproducidas en un formato tan pequeño como el del tomo finalmente impreso, que en la edición española de DeBolsillo es exactamente igual a la americana, tipo tankobon japonés. O, como dice Intramuros, casi un Pocket de Ases (puede verse una comparación de tamaño con el comic book en esta imagen de su blog). A semejante tamaño no se ve «nada», las líneas se comprimen en una maraña indistinguible y los grandes espacios con los que a Paul Pope le gusta componer las viñetas se convierten en anecdóticos. Personalmente me parece un error de elección de formato, y creo que a cualquier dibujante o grafista le va a llamar la atención nada más abrir el tomo; por mucho que uno quiera «degradar» su trabajo de manera seudo-pulp, el límite, creo yo, es la legibilidad. Si se prefería el libro de bolsillo a lo manga para dirigir Battling Boy a una audiencia juvenil, como parece el caso, hubiera quedado mucho mejor si se hubiera dibujado para ese tamaño más reducido. Para entender mejor lo que digo basta ver las veintipico primeras páginas de Battling Boy tal como fueron impresas, en formato más amplio, de comic book, en el tebeo de grapa que se editó este verano a modo de teaser, The Invincible Haggard West.

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Imágenes, por orden de aparición: 
—Viñetas de New Gods 1 (1971), guión y dibujos de Jack Kirby (con tintas de Vince Colletta)
—Página de Valérian 8. Les Héros de l'equinoxe (1978), guión de Pierre Christin y dibujos de Jean-Claude Mézières (color de Evelyn Tran Le)
—Viñeta de Battling Boy (2013), guión y dibujos de Paul Pope (color de Hilary Sycamore)

domingo, 12 de enero de 2014

pintar la shoah

Dejamos su estudio hacia Cracovia, y finalmente nos instalamos en un café vegetariano no muy lejos del casco antiguo. Aquí me habla de dos series inspiradas en el Holocausto, algunas de cuyas peores atrocidades fueron cometidas cerca de donde nos sentamos. La idea de abordar directamente el Holocausto era todavía una novedad relativa en 2001, casi sesenta años después de la liberación de los campos cercanos de Auschwitz y Plaszów. "Pensé en lo que es ser polaco, y no sólo víctima, sino también estar en el lado equivocado", explica sobre su acercamiento al tema. "Y esto es algo nuevo para el pueblo polaco porque esa historia fue ocultada y no discutida durante el comunismo".

Muchos de sus compatriotas niegan, cree él, el papel de su país en el Holocausto. "Mucha gente polaca ayudó a los judíos a sobrevivir", dice. "Pero hubo dos lados, y por desgracia muchos de ellos saquearon y se apropiaron de cosas de judíos y ayudaron a deshacerse de sus vecinos". ¿Fue difícil abordar el Holocausto? "No", responde al instante. "Yo no diría que difícil. Fue intrigante". Piensa de nuevo. "Por eso probablemente no lo hice a partir de imágenes tomadas por mí mismo de los campos, o de [imágenes de] internet".

En vez de eso, sus dos fuentes fueron aproximaciones extraordinarias al Holocausto por méritos propios: el épico documental de Claude Lanzmann Shoah (1985), rodado en gran parte en Polonia, y las imágenes de Maus (1986-1991), el cómic de Art Spiegelman sobre la vida de su padre, que representa a los nazis como gatos, a los judíos como ratones, y a los polacos como cerdos. "Fue sólo para tomar distancia", dice .

¿Por qué esas obras? "Por la implicación polaca tanto en Shoah como en Maus", dice, "pero también porque, en cierto modo, hacer esa historia en cómic fue muy valiente, y además tuvo mucho éxito, funcionó realmente. Por eso me gusta; en cualquier caso es un gran cómic, no es sólo por su tema".

Admira Shoah por el "egoísmo" de sus portentosos travellings tan largos. "Nadie se atrevería a hacer este tipo de plano ahora", dice. "La experiencia del tiempo es completamente diferente de otras películas, tal vez a causa de la historia. La historia es tan fuerte que uno puede crear las reglas".

Aunque representa a un cerdo en Maus 5 (2001), las piezas del Maus de Sasnal omiten en gran parte a los protagonistas para destacar el notable estilo gráfico de Spiegelman y la arquitectura siniestra de la Solución Final. Por su lado, Shoah (Forest) (2003) refleja la atmósfera potente y solemne de la película de Lanzmann como diminutas figuras de pie debajo de un remolino, una representación casi visceral del bosque, el sitio donde están enterrados tantos judíos y un símbolo permanente de miedo.

Sus imágenes del Holocausto no son sólo una investigación sobre la historia cultural de Polonia, sin embargo. "Mi bisabuela fue asesinada en Auschwitz, y un buen número de miembros de mi familia fueron deportados a Alemania para hacer trabajos forzados", dice. "Auschwitz es un lugar donde un miembro de mi familia fue asesinado. No es sólo el lugar de un libro de historia, también es personal".

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Wilhelm Sasnal, entrevistado por Ben Luke en 2011

Maus 5 (2001), Wilhelm Sasnal, óleo sobre lienzo
Untitled (Maus 2) (2001), Wilhelm Sasnal, óleo sobre lienzo
Shoah (Forest) (2003), Wilhelm Sasnal, óleo sobre lienzo

sábado, 11 de enero de 2014

¿quién es la verdadera Cindy Sherman?

Cindy Sherman (1954) se dio a conocer con su serie de finales de los setenta Fotogramas sin título, que aún sigue siendo su obra más conocida aunque ha tenido una larga trayectoria posterior con diversas series (sus Desplegables, sus Retratos históricos, etc.). En los mencionados Film Stills ella se retrató en diversas poses y situaciones, cambiando su aspecto camaleónicamente a través del maquillaje, la ropa y el uso de pelucas, pero también de los gestos y expresiones. Dos de las principales influencias de Sherman en esta primera etapa fueron Andy Warhol y la fotógrafa Diane Arbus.

Untitled Film Still  #14 (1978), Cindy Sherman.
Untitled Film Still  #48 (1979), Cindy Sherman.
Sherman es una de las artistas a las que resulta fácil –y probablemente adecuado– aplicar las teorías sobre la posmodernidad, y más concretamente la del simulacro de Baudrillard, aunque también algunas de las tesis feministas, y así se ha hecho a lo largo del tiempo, dependiendo del observador o crítico que examinara su obra. En su serie Untitled Film Stills, Sherman parece aludir a escenas de películas que nos parece haber visto, viejos melodramas y películas de suspense o misterio, pero que no podemos situar exactamente. La imagen nos resulta familiar, y enigmática a la vez; en ocasiones evocan sentimientos de tensión o amenaza. Son fotografías sin duda narrativas que invitan a desarrollar una historia a partir de ella, a deducirla o inventarla. Sherman recicla imaginería preexistente, de tal modo que la artista –que aparece siempre como protagonista autorretratada– parece existir como simulación. «La mujer “real” que había detrás de las escenas permanecía oculta y no podía ser», afirma Cynthia Freeland. «Sherman no tenía “esencia” alguna, mucho menos una esencia enraizada en la biología o los genitales. Antes bien, en esta obra es un constructo de la cámara; es elusiva y misteriosa»1. Freeland ha realizado una lectura en clave estrictamente feminista de estas obras, en cuanto deconstrucción de las construcciones culturales de la imagen de la mujer, y también como alusión a un posible papel propio al margen de lo decidido para ella en la sociedad patriarcal; imágenes que celebran la autonomía del artista para volverles las tornas a los hombres, tradicionalmente dotados de poder para representar a las mujeres y atribuirles comportamientos socialmente aprobados.

Untitled Film Still  #21 (1978), Cindy Sherman.
Untitled Film Still #15 (1978), Cindy Sherman.
Juan Antonio Ramírez, sin embargo, ha llamado la atención sobre el hecho de que Sherman no encaja en una ortodoxia ideológica, ya que piensa que «sus respuestas a estos y a otros asuntos similares son más equívocas de lo que parece. Se ha dicho de ella que asume roles estereotipados “de mujer”, como ama de casa, chica decepcionada, la que se escapa del hogar familiar o se asea. Pero no se trata de una exploración sistemática de los papeles femeninos en la sociedad contemporánea. De hecho, los film stills no abordan directamente ninguno de ellos»2. Aunque la lectura de Freeland sea legítima, Ramírez también tiene razón, al menos si atendemos al origen declarado por la propia Sherman de la serie Film Stills. Antes de convertirse en «obra» o en «fotografías conceptuales», la artista simplemente jugaba a disfrazarse, al principio en secreto, siguiendo una costumbre que tenía desde la niñez. En palabras de la propia Sherman:
Antes siquiera de empezar a fotografiarlo, me dedicaba a jugar con disfraces y a encarnar personajes en mi habitación [...] Cuando vivía con Robert Longo, él me veía y decía: «¿Sabes? Deberías hacer algo con esto». [...] No sé si era terapéutico, por aburrimiento o por mi propia fascinación por el maquillaje de mediados de los setenta, cuando se suponía que a las mujeres no debía gustarles el maquillaje. Tenía ese deseo de transformarme. Solo jugaba y me convertía en un personaje en mi habitación.
Más tarde, justo cuando acababa de mudarme a Nueva York, hice unas cuantas «performances» –no estoy segura de que ése sea el término correcto– en público. Cuando trabajaba en Artists Space, fui a trabajar alguna vez vestida como uno de esos personajes. A veces, por la mañana, en casa, me ponía a jugar y disfrazarme. Un día, mientras lo hacía, me di cuenta de que era hora de ir a trabajar y pensé: Creo que voy a ir así mismo. A todo el mundo le encantó. Solo lo hice tres o cuatro veces, y ocasionalmente en alguna fiesta, pero después me pareció demasiado raro. Me sentía como si fuera una de esas locas que andan por ahí. 3
Untitled Film Still  #10 (1978), Cindy Sherman.
El juego de suplantaciones de identidades femeninas pasó, pues, a ser fotografiado luego, y de ahí a convertirse en el trabajo que lanzó a Sherman al estrellato en el circuito del arte. Por otra parte, esa condición de «anonimato» o de identidad ocultada a la que aludía Freeland es lo que distingue justamente la obra de esta artista. Como indica Eva Respini, «más que exploraciones de la psicología interior, sus fotografías son la proyección de personalidades y estereotipos profundamente arraigados en nuestra imaginación cultural compartida»4. Es significativo igualmente el modo de trabajar de Sherman, que prefiere actuar sola, desempeñando múltiples roles y cometidos: actriz, artista y sujeto, pero también fotógrafa, modelo, maquilladora, peluquera, estilista y encargada de vestuario. Sherman está presente y a la vez ausente de todas sus obras; como ella misma dice, desecha una fotografía cuando «se parece demasiado a mí. Por regla general, me siento de algún modo alejada de los personajes pero a veces parece que ponen el dedo en la llaga, que simplemente parece que soy yo en un mal día»5. En otras palabras, si no ha conseguido meterse en el personaje por completo, la fotografía no le sirve. Sin embargo, Sherman ha insistido en que ella no es realmente fotógrafa, sino más bien una artista visual que utiliza la fotografía. Ella no presta tanta atención a la impresión perfecta o la exposición correcta, sino más bien al «modo en que las imágenes vulgares reverberaban en su arte, por cómo la fotografía moldea el mundo y plantea interrogantes sobre el poder y la representación»6.

El granulado de las ampliaciones originales de sus Film Stills en blanco y negro, que no se aprecia en reproducciones como las que ilustran esto, alejan por otro lado la imagen del cine y parecen traernos de vuelta a la realidad: «no miramos auténticas fotos de películas sino fugaces momentos de una vida (o de varias vidas)», indica Ramírez. «O sea que no forman parte de una historia cinematográfica aunque podrían llegar a serlo algún día, tal vez. Así es como Cindy Sherman reflexiona sobre la ambivalencia de la fotografía como un medio “artificioso” que congela la vida deteniendo en instantes y lugares casuales la(s) personalidad(es) compleja(s) y mutable(s) del modelo»7. Hay también narcisismo (o crítica del mismo) en la condición de «autorretrato» de estas obras, y un contraste entre la identidad «real» de Sherman y las identidades simuladas que representa en fotografías como ésta, una idea que la cantante Róisín Murphy ha reconocido como inspiración para el videoclip de You Know Me Better (2008), igual que la influencia general de la obra de Sherman en su estilo visual a lo largo de su carrera.


Róisín Murphy «como Cindy Sherman» en el videoclip de debajo

Desde sus Film Stills, la obra de Sherman ha girado en torno a la construcción de la identidad contemporánea y de la propia naturaleza de la representación. Si su maestra Diane Arbus se obsesionó con retratar a los «monstruos» que habitan entre nosotros –las gentes marginales y deformes– pero también el lado monstruoso de las personas normales y supuestamente integradas, Cindy Sherman ha hecho de la representación mediática de múltiples identidades el leitmotiv de su propia obra. Si el trabajo de Arbus es un trabajo de calle, directo, el de Sherman es un trabajo mediado, que juega con los clichés y estereotipos culturales que nos llegan a través de los medios y otros agentes de socialización. Si la fotografía de Arbus es, podríamos decir, una fotografía de la realidad, al menos en un cierto sentido, la de Sherman es una fotografía de la «hiperrealidad»8. Sus personajes-simulacro dialogan con la cultura desde las imágenes del cine, la televisión, las revistas e incluso los libros de Historia del arte (su serie Retratos históricos), revelando que, hoy más que nunca, «la identidad es maleable y fluida, y la obra de Sherman lo confirma, desvelando y criticando el artificio de la identidad y el modo en que la fotografía colabora para conseguirlo»9.

El reconocimiento de Sherman entre la crítica, ya desde la década de los ochenta, ha venido a demostrar por otra parte cómo ha cambiado el papel de la mujer en el sistema del arte en los últimos treinta años, antes reservado a los hombres. El estreno en 2008 del documental Guest of Cindy Sherman puso de manifiesto más cosas en el mismo sentido. Uno de sus directores, Paul H-O, era el que había sido pareja de Sherman durante unos años. El filme pretendía mostrar primero el impacto que supuso para él convertirse en novio de una estrella del arte contemporáneo, y luego su depresión al comprobar que no ponían su nombre en las mesas de inauguraciones oficiales, que era un personaje muy secundario, la parte «menos famosa» de la pareja; alguien que, para decirlo llanamente, «vivía de prestado»10. Al principio Cindy Sherman apoyó el documental con entusiasmo e incluso participó en algunas escenas. A la hora del estreno, sin embargo, se distanció por completo de la película firmada por el que ya era su exnovio.

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1 FREELAND, Cynthia (2010): Pero ¿esto es arte? Una introducción a la teoría del arte, traducción de María Condor, Madrid, Cátedra [2001], p. 154.

2 RAMÍREZ, Juan Antonio (2003): Corpus solus. Para un mapa del cuerpo en el arte contemporáneo, Madrid, Siruela, p. 236.

3 Cindy Sherman, entrevistada por John Waters. En «Cindy Sherman y John Waters, una conversación», en RESPINI, Eva (coord.) (2012): Cindy Sherman, traducción de Art in Translation, Nueva York y Madrid, MOMA-La Fábrica Editorial, pp. 68-69.

4 RESPINI, Eva (2012): «¿Puede la verdadera Cindy Sherman ponerse en pie, por favor?», en Respini, Eva, (coord.): Cindy Sherman, traducción de Art in Translation, Nueva York y Madrid, MOMA-La Fábrica Editorial, pp. 68-69.

5 «Cindy Sherman y John Waters, una conversación», en RESPINI (2012), p. 73. 

6 RESPINI (2012): «¿Puede la verdadera Cindy Sherman ponerse en pie, por favor?», op. cit., p. 28. 

7 Ibídem.

8 «Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto», afirmaba Baudrillard. «La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal». BAUDRILLARD, Jean (2007): Cultura y simulacro, traducción de Antoni Vicens y Pedro Rovira, Barcelona, Kairós [1978], p. 9. Baudrillard describió las fases sucesivas de la imagen en ese proceso de creación de hiperrealidad, desde la representación hasta el simulacro: «Es el reflejo de una realidad profunda; enmascara y desnaturaliza una realidad profunda; enmascara la ausencia de realidad profunda; no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simulacro». Ibídem, p. 18.

RESPINI (2012): «¿Puede la verdadera Cindy Sherman ponerse en pie, por favor?», op. cit., p. 13.

10 CASTRO, Fernando (2009): Sin título, La conspiración de la Plaza Dealy, 3 de mayo de 2009. Enlace

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Un texto que escribí para un trabajo que me pidieron y que me ha parecido interesante rescatarlo aquí. Además de que me encanta la obra de Cindy Sherman, siempre es buena ocasión para ver un clip de la maravillosa Róisín Murphy.

lunes, 30 de diciembre de 2013

TRACA FINAL.

 «Sólo faltaba la traca final prenavideña para que el 'kaboom' fuera de verdad histórico. Tardarán los aficionados españoles al tebeo en olvidar estos últimos 12 meses. Por calidad, por variedad, por impacto mediático, por lo que representa como visualización de un circuito y consolidación de una industria, la espectacular añada incide en lo que distintas voces autorizadas denominan ya como 'nueva edad de oro del cómic español'. Comienza a desvanecerse el fantasma de Bruguera. Quedan por fin atrás los lamentos y complejos».
—José María Robles, sigue en El Mundo

sábado, 28 de diciembre de 2013


De verdad que creo que merece mucho la pena leer los comentarios que están dejando en el debate sobre el post «Un respeto». Animaos a  opinar, disentir o aportar otras perspectivas aquí

(foto: viñeta de Crisis (de ansiedad), de Juanjo Sáez)

jueves, 26 de diciembre de 2013

PENSAMIENTO EN IMÁGENES

¿Cómo abordar en 2013 una versión relevante de un texto clásico tan reinterpretado e influyente como ‘Beowulf’ ? Tan solo en la última década hemos visto nuevas versiones, alguna de ellas tan soberbia como la adaptación cinematográfica que realizó Robert Zemeckis en 2007 con guión de Roger Avary y el comiquero Neil Gaiman. Santiago García (Madrid, 1968) y David Rubín (Orense, 1977) apuestan para su traslación a viñetas del poema épico fundacional de la literatura inglesa —y, según algunos, europea posterior a la época helénica y romana— por un planteamiento en gran medida opuesto. Si el ‘Beowulf’ de Zemeckis seguía la estrategia narrativa típicamente posmoderna de revelar la “verdad oculta” bajo el mito y “humanizar” a los personajes aportando motivaciones psicológicas ausentes del texto original, el de García y Rubín no pretende ninguna de las dos cosas.
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Mi reseña para Númerocero del Beowulf de Santiago García y David Rubín (Astiberri) sigue aquí


miércoles, 25 de diciembre de 2013

UN RESPETO

«La impunidad del viñetista es el fenómeno más inexplicable de nuestro tiempo. De su inmoralidad el viñetista siempre se defiende con el humor. Aún se espera que el que le pegó cuatro tiros de broma al Rey obtenga del Estado algo más que sonrisas comprensivas...». 

No es un diálogo satírico sacado del último cómic de Manel Fontdevila. Es una afirmación literal de Arcadi Espada, publicada en su blog en julio de 2013. Una cita que seguramente inspiró a Manel Fontdevila para el tramo final de su No os indignéis tanto (Astiberri), que acaba de publicar. 

O sea: la libertad de expresión entendida a la peculiar manera española, una que sería inconcebible en países con una verdadera tradición democrática y de libertad de expresión. Una libertad de expresión en la que sólo se puede decir aquello que se puede decir, y sobre todo, con las formas «apropiadas». La clave del tema la da el propio Manel en su ensayo en cómic, un lúcido panfleto a favor de la desobediencia civil en estos tiempos de ignominia y contra esta democracia «dentro de unos cauces» que venimos «disfrutando» desde 1978. Se trata de una novela gráfica, un cómic, que recomiendo a cualquier ciudadano siquiera para disentir; un cómic en el que lo único que echo en falta es precisamente una contundencia, precisamente, más panfletaria, dado el tema y las circunstancias. Thoreau es hoy famoso por un panfleto sobre la desobediencia civil, pero como el propio Manel sugiere en su ensayo en viñetas, ese tipo de cosas en este país las admiramos en la lejanía, siempre que sucedan lejos de aquí, como si con nosotros no fuera. «El desorden social es sano porque puede producir cambios», afirma Manel. «Cuando se apoya un desorden se acaba eliminando la mili, o que las mujeres voten, y por eso he hecho el libro, porque me sorprende la falta de apoyo y lo mucho que nos molesta que pasen estas cosas en España».


Yo, animado por el ensayo de Manel, voy a decirlo lo más claramente posible: estoy hasta los cojones de esta tradición cultural de mierda derivada de nuestra transición, y antes de ella, por supuesto, del franquismo, una tradición según la cual en este país sólo se puede hablar de los temas dentro de un orden del día que siempre ponen otros, y además sólo se puede hablar con las «formas adecuadas» que permiten los mismos que ponen el orden del día. La clave en el cómic de Manel la da su brillante contraposición entre la zafiedad del Gorila de Brassens y el «humor inteligente» de la revista franquista La Codorniz, es decir, un humor tolerado desde la autoridad por inofensivo. Dos universos paralelos: el de la Francia republicana y laica donde se derrotó al fascismo y el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel fue un best-seller en las navidades de 2010, frente al de la desgraciada (por nosotros) Expaña, uno de los pocos países donde triunfó el fascismo. Donde nunca fue vencido, tendríamos que recordarlo cada día conforme nos levantamos de la cama.

Sólo en un país como el nuestro, construido por fascistas sobre el genocidio, expolio y represión posteriores a nuestra guerra civil, y más tarde sobre la «cultura del consenso» derivada de la transición que hicieron unos pocos (es «curioso» comprobar cómo muchos de esos pocos protagonistas de la transición están hoy forradísimos y a menudo ocupan cargos de consejero en las que un día no tan lejano fueron empresas públicas), repito, sólo en un país como el nuestro, que viene de donde viene y está donde está, es concebible que un periodista que dice ser «liberal» como Arcadi Espada, un periodista cuya profesión se basa precisamente en la LIBERTAD DE EXPRESIÓN, pueda afirmar semejante barbaridad de un humorista gráfico como si fuera algo perfectamente sensato y «democrático». Porque lo dice superconvencido, ¿eh? 

Ésa es la libertad de expresión tal como la entendemos aquí, y ése es el tema principal del soberbio ensayo en viñetas de Manel. Claro que ese país es el mismo en el que se sientan a dos humoristas en un banquillo penal por una caricatura de los príncipes y encima les condenan. Así que no, de «impunidad» nada, señor Espada. Guillermo y Manel Fontdevila fueron condenados y ya cuentan con antecedentes penales por una sátira gráfica de la familia real. Ese mismo país en que se admite a trámite la demanda de la Fundación Francisco Franco contra el artista Eugenio Merino por su Always Franco, afortunadamente desestimada, Fundación que vuelve a repetir la jugada ahora por otra obra de Merino. Imaginemos por un momento una «Fundación Adolf Hitler» en la Alemania de 2013 que pretendiera demandar a un artista por una sátira contra Hitler. 



Pero es que, como decía antes, habría que repetirlo cada día conforme nos levantamos de la cama: vivimos en un país donde el fascismo triunfó y los vencedores fascistas hicieron las leyes, relataron la Historia y prohibieron la libertad de expresión, y esos mismos vencedores permitieron luego una «democracia» bajo determinadas reglas. Por supuesto, nuestras autoridades actuales sólo ponen a la Alemania de Merkel de modelo para aquello que les interesa. 

En el marco de pensamiento de la Expaña derivada de esa cultura de la transición, el «humor inteligente» es ahora el de El Roto, que con sus monigotes alegóricos jamás pone nombre y apellidos a los políticos y empresarios que critica en sus viñetas (no vaya a ser que retiren la publicidad del periódico donde publica, por ejemplo), desde las que nos dice con su tono admonitorio de «cura bueno, cura rojo» (en feliz expresión de Kano) justo, exactamente, aquello que queremos oír. El Roto, por cierto, fue uno de los que acusó de «atentado a la inteligencia» a la famosa portada de El Jueves de Manel y Guillermo. No era, efectivamente, humor «inteligente».

Escribiendo estas líneas me resulta inevitable volver la vista atrás hacia el caso de la portada de El Jueves 2007, que el propio Manel rememora con mucha gracia en uno de los pasajes más inspirados de No os indignéis tanto. Porque me parece que es ahora, tras estos años de «crisis», cuando podemos entender en toda su dimensión lo que significó aquel atropello a la libertad de expresión, y qué tenía que ver aquel atropello con el ejercicio del poder en Expaña, y a su vez qué tiene que ver ese ejercicio del poder con nuestra crisis, las protestas del 15-M de 2011 (del que habla también Manel en su cómic) y las numerosas reacciones que calificaron a los indignados de «antisistema» o, en el mejor de los casos, de gentes sospechosas que promovían el «desorden» y el «caos». Todo esto mientras los parados y nuevos pobres aumentaban, los desahucios proliferaban en paralelo a los suicidios, nuestros políticos endeudaban al país entero para rescatar bancos privados y nuestro rey se marchaba a Botsuana a cazar elefantes. 

Uno de los reproches más repetidos contra la famosa portada fue precisamente el de «grosera» y «zafia», incluso —y éste es el problema— para justificar el secuestro judicial de la revistaEs decir, la caricatura de Manel y Guillermo no había seguido, una vez más, el cauce «adecuado», las formas «apropiadas». Claro que también podríamos decirlo de otra manera: la portada no era lo suficientemente fina como para resultar inofensiva. Una vez más, la crítica en este país sólo se podía hacer sobre determinados temas, y bajo determinadas formas y cauces, porque, vamos a decirlo en plata, seguimos en una democracia tutelada. A Franco y el ejército le sustituyeron como tutores el rey, los grandes partidos y los poderes fácticos que hay detrás de ellos, cada partido los suyos, aunque a veces intercambiables. Y esos límites al debate público son una de las causas, por cierto, del atraso de nuestro país en tantos y tantos aspectos, políticos, económicos y culturales.

Yo mismo, indignado en aquellos días de 2007 por el secuestro judicial de una revista por una puñetera caricatura y la posterior condena penal a sus autores en un país supuestamente democrático, escribí mucho. Al releer hoy uno de aquellos textos sobre el caso El Jueves, me doy cuenta de hasta qué punto nuestra cultura del «humor inteligente» y las «formas adecuadas» para expresarnos en público ha instaurado una (auto)policía del pensamiento según la cual ni siquiera somos conscientes de cuánto «moderamos» lo que nos atrevemos a decir en público, incluso en ocasiones en que las circunstancias exigen gritar alto y claro contra lo que debería ser intolerable en un sistema que pretende ser una democracia. Releído hoy, mi texto me parece pacato y cobarde, un articulillo el que doy vueltas y más vueltas formalistas para no entrar a saco en los temas claves —que eran precisamente los de la libertad de expresión, la crítica a la autoridad y la existencia de la monarquía— y no denunciar de la manera más directa posible los hechos ignominiosos que habían ocurrido, una auténtica vergüenza para cualquier país medianamente civilizado. Como he apuntado arriba, el propio Manel no termina de atreverse a decir con la contundencia que debería lo que quiere decir en No os indignéis tanto. Lo dice, es verdad que lo dice, pero la prudencia que exhibe para exponer su tesis sobre este fenómeno sociológico tan expañol es el mejor ejemplo, la mejor prueba, de que Manel tiene razón.

En efecto, no nos indignamos tanto. Estamos educados para eso. Nuestra tradición cultural derivada del fascismo, nuestras autoridades actuales e incluso nuestros iguales, en nuestro entorno cotidiano, nos lo recuerdan día a día, en la comunidad profesional, en la familia, en las redes sociales. Si hay que criticar, mejor en privado, y si te atreves a criticar en público, ojo, por favor, siempre de manera educada, guardando las formas, un respeto

Gracias, Manel, por hacérmelo ver con la gracia y talento habituales de tus viñetas. 

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Adelanto de 11 paginas de No os indignéis tanto  

Entrevista de Absence a Manel Fontdevila a propósito del libro

martes, 24 de diciembre de 2013


UN TEBEO

Santiago García nos ha pedido, a mí y a un montón de gente, que le hablemos de un cómic de 2013 que nos haya deslumbrado, nuestro favorito del año. 

Aquí tenéis el resultado, en el blog Mandorla

Un tebeo

(foto de Didier Lefèvre)

jueves, 19 de diciembre de 2013

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO


Marvel Gold. El asombroso Spiderman: ¡Por fin desenmascarado! (Panini),de Stan Lee, John Romita y Gil Kane

Publicados originalmente entre 1969 y 1971, estos episodios de The Amazing Spider-Man, especialmente la “Trilogía de las drogas”, marcaron un hito en la historia del comic book.

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO

A finales de los sesenta Marvel ya no era la misma editorial que había revolucionado el género de superhéroes en la primera mitad de la década. En 1968 había sido adquirida por un pintoresco conglomerado de empresas sin relación previa con el cómic, no sin antes exigir que Stan Lee siguiera al frente como director editorial. El mercado del comic book estadounidense, en rápida expansión hasta 1966, había entrado en una recesión que se agravaría en los setenta. Mientras, los dramáticos sucesos de 1968 –el asesinato de Robert Kennedy y Martin Luther King, la matanza de My Lai en Vietnam, la violenta represión de las protestas juveniles contra la guerra o a favor de los derechos civiles– extendían por el país una atmósfera social de pesimismo y decadencia que tendría múltiples ecos en los tebeos.

En la colección mensual de Spiderman, uno de los pilares básicos del éxito de Marvel desde la creación del personaje por Stan Lee y Steve Ditko en 1962, Lee seguía confiando en el dibujante John Romita para sacarla adelante, tal como venía haciendo desde que Ditko abandonara la compañía en 1966. Muy lejos del choque de visiones creativas que alimentó el Spiderman de Ditko y Lee, Romita y Lee parecían uña y carne. Juntos se dedicaron a pulir las aristas del personaje, en sintonía con el estilo convencional y amable de Romita, heredero del modelo de «transparencia narrativa» –en palabras de García– de Milton Caniff. El joven héroe había crecido y estudiaba en la universidad; Peter Parker ya no era el adolescente que empezó la serie, y el equipo Lee-Romita potenció los aspectos románticos de su relación con su primera novia seria, la pluscuamperfecta Gwen Stacy, aprovechando la experiencia de Romita en los tebeos de romance. La identidad es el otro tema protagonista de esta etapa, como lo había sido desde el comienzo de la serie, con la diferencia de que ya han desaparecido las dudas de Peter sobre su tarea heroica y buena parte de su angustia adolescente. Ahora sus preocupaciones se centran en ocultar su identidad secreta a su novia y su futurible suegro, el capitán Stacy, y en tomar las decisiones que le comprometerán como adulto. No resulta difícil ver aquí una alegoría en clave superheroica del conflicto de cualquier joven que se prepara para sentar la cabeza y siente miedo de renunciar a su vida «aventurera» de soltero.


Stan Lee y John Romita Sr. en los setenta. Reproducida en
la revista setentera Pizzazz 
The Amazing Spider-Man 78 (1969), por Stan Lee y John Buscema con tintas de Jim Mooney
Si Lee delegaba cada vez más en sus colaboradores, en los dibujantes más veteranos y en su asistente editorial, Roy Thomas, Romita llevaba tiempo sobrepasado por sus labores. Alternaba el dibujo de Spiderman con su trabajo en la oficina de Marvel como director artístico de facto, supervisando y haciendo correcciones de dibujo sobre las páginas de otros. Romita también explicaba a los nuevos dibujantes el estilo visual de la casa, y sus consejos prácticos incluían asegurarse de dibujar a un personaje con la boca abierta si estaba hablando. El propio Romita ha explicado que por entonces sólo podía dibujar Spiderman a salto de mata, a menudo cansado y por la noche, y el resultado se aprecia en el carácter rutinario e inercial de los primeros episodios de este tomo. Junto al retorno recurrente de viejos enemigos de Spiderman se intentan crear nuevos adversarios de interés, con resultados poco memorables. Un nuevo personaje como El Merodeador –introducido en un episodio dibujado por John Buscema, siguiendo una idea de un adolescente John Romita Jr.– es un limpiaventanas afroamericano, un joven del Bronx que, hastiado por el rechazo de su novia y de su jefe blanco, decide meterse a superhéroe. O mejor, a supervillano. «Ser superhéroe puede ser demasiado lento», piensa en una viñeta el joven negro, «puede llevar días… semanas… antes de encontrar a algún criminal que detener. ¡Pero un supervillano puede pasar a la acción inmediatamente!». Así es la lógica del género. Más interés presenta otro nuevo supervillano, El Maquinador, siquiera por su misteriosa relación con el mafioso Kingpin, presentado en el mismo episodio en el que Peter Parker y sus amigos van a despedir a Flash Thompson, que se marchaba a combatir a Vietnam. «¿Qué es peor?», piensa Peter en el aeropuerto, «¿Quedarse atrás, mientras otros van a luchar… en una guerra que nadie quiere… contra un enemigo al que ni siquiera odias?»


Viñetas de The Amazing Spider-Man 83 (1970), por Stan Lee y John Romita
(tintas de Mike Esposito). El dibujo del beso de Gwen a Flash parece una cita de 

Romita a su admirado Milton Caniff
En el clima de la época parecía imposible permanecer ajeno a asuntos como la Guerra de Vietnam, el racismo o las protestas universitarias. El propio público de universitarios concienciados que había captado Marvel gracias a sus «super-antihéroes» perseguidos por la autoridad demandaba un tratamiento de los problemas sociales del momento, y el descenso de ventas exigía nuevos reclamos comerciales. Los tebeos de Marvel ya no eran leídos sólo por niños, y a Lee le resultaba cada vez más difícil mantener su posicionamiento habitual, liberal pero ambiguo, que pretendía contentar por igual a lectores progresistas y conservadores. En la rival DC, dos jóvenes autores como Denny O’Neil y Neal Adams llevaron a partir de 1970 la crítica social a los superhéroes desde una posición de militancia izquierdista, dando cuerpo a una efímera corriente de comic books «relevantes», tal como se les apodó en los medios, que los reseñaron favorablemente señalando que los cómics «estaban madurando».

Fotografía del «Marvel Bullpen» alrededor de 1970. De izquierda a derecha: desconocido, Stu Schwartzberg, Gil Kane, Gerry Conway, Bill Everett, Herb Trimpe, Marie Severin (justo en el centro), John Verpoorten, Roy Thomas, John Romita, Morrie Kuramoto y desconocido. Reproducida en el tumblr de Sean Howe
La llegada a The Amazing Spider-Man del dibujante Gil Kane en otoño de ese año precipitó el cambio de tono, más dramático y comprometido socialmente. Stan Lee, cada vez más desengañado de su trabajo en Marvel y del comic book en general, dedicaba sus esfuerzos a otras empresas, como el guión de cine que le había encargado Alain Resnais (y que nunca llegaría a rodarse). John Romita seguía supervisando la colección –ya por entonces la más vendida de la compañía–, trabajando con Kane en los argumentos y entintándole cuando podía. Kane, veterano de DC y autor concienciado sobre las posibilidades adultas del medio, aterrizaba en Marvel en la cima de su carrera. Sus habilidades para dibujar la acción y la figura en movimiento, diseñar la página y dar profundidad ilusionista a las viñetas eran superiores a las de Romita, pero cuando ambos se encontraban en la página (con Romita acabando/entintando sus lápices), formaban un equipo gráfico imbatible.

En el primer episodio dibujado por Gil Kane, Peter Parker es invitado por el afroamericano Randy Robertson a una manifestación contra la contaminación en la que «incluso se esperaba» al abogado activista Ralph Nader. Naturalmente, Peter tiene cosas más importantes que atender: perseguir al Dr. Octopus, el causante de la primera de las grandes tragedias de estos años… con la colaboración involuntaria del héroe. Porque éste es otro de los rasgos del Spiderman de los primeros setenta, y por extensión de la era «oscura» del comic book que se avecinaba: la introducción de la muerte con todas sus consecuencias. En concreto, la que presenciamos en este tomo, y que anuncia otra posterior aún más devastadora, vino a reduplicar el drama fundacional de Peter Parker/ Spiderman (la muerte del tío Ben), y difería ad infinítum su culpa. Una culpa que el héroe tendría que redimir «eternamente» (es decir, mientras durase la serie) a través del sacrificio por los demás.

Primera página de The Amazing Spider-Man 90 (1970), por Stan Lee, Gil Kane y John Romita; en medio, Sam Bullit en The Amazing Spider-Man 92 (1971), por Lee, Kane y Romita; justo sobre estas líneas, Mary Jane Watson en The Amazing Spider-Man 97 (1971), por Lee, Kane y Romita con tintas de Frank Giacoia. 
Con el personaje de Sam Bullit, un candidato a fiscal de distrito de métodos fascistas y lazos con la mafia, la serie abordaba con trazo grueso otro tema social candente: la represión policial contra la juventud contestataria y las minorías sociales, encarnadas aquí expresamente por un perseguido Spiderman gracias a los juegos malabares argumentales de Lee, Romita y Kane. Y si en otros episodios había sitio para la referencia a los terroristas que secuestraban aviones, una «moda» real del momento, Mary Jane Watson por su lado representaba la liberación feminista («no soy la chica de nadie, salvo de mí misma», le decía a Harry Osborn para plantarle) y la Tía May asistía al musical Hair mientras balbuceaba torpemente palabras de la jerga juvenil del momento para «estar en la onda». Un trasunto tal vez de la brecha generacional que separaba a Stan Lee, cercano ya a los cincuenta, de sus lectores.

Páginas de The Amazing Spider-Man 96 (1971), por Lee, Kane y Romita
Lee ya había intentado, sin éxito, que el Comics Code –el código de autocensura asumido por los editores de comic book en 1954– permitiera la descripción del uso de drogas en los tebeos. Cuando recibió por carta una sugerencia de la Administración Nixon al respecto, decidió escribir la hoy famosa «Trilogía de las drogas», dibujada por Gil Kane con el dramatismo y dignidad de una película de Sam Fuller, en palabras de Raphael y Spurgeon. Irónicamente, aunque la historia presentaba una clara advertencia sobre los peligros del uso de drogas entre la juventud – «un problema de todos», «no sólo del gueto», que golpea «tanto al rico como al pobre»–, los episodios no pasaron la aprobación del Comics Code.

En una decisión audaz, Lee convenció a sus superiores de publicar los tres episodios sin sujetarse al Code, que se vendieron bien a pesar de no llevar su sello en portada y tuvieron una recepción muy favorable en los medios. Los editores rivales tomaron nota, y en pocas semanas se pusieron de acuerdo para adaptar el código a los tiempos. Las nuevas normas permitieron introducir otra vez colecciones de horror –que Marvel y DC aprovecharon rápidamente– y, más importante, un tono progresivamente más violento y adulto en las historias, acorde a las demandas de un público que se hacía mayor al mismo tiempo que sus héroes. La industria del comic book había cambiado para siempre.

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Lo anterior es un artículo que publiqué en el número de noviembre de la revista Zona Cómic. Lo recupero aquí en su versión original íntegra, sin los cortes pertinentes por razones de espacio.



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