Os recomiendo la lectura de este post de Santiago García en Mandorla y, por supuesto, comprar Orgullo y satisfacción, la nueva revista digital creada por los autores dimisionarios de El Jueves. Precio mínimo 1.50 euros, de ahí para arriba lo que quiera pagar cada uno.
Anoche ya llevaban 25.000 descargas (en solo dos días), y espero que sigan subiendo. Se las merecen. También me encantaría que la revista tuviera continuidad; yo estaría encantado de comprar todos sus números.
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viernes, 20 de junio de 2014
jueves, 12 de junio de 2014
la revista que fue Jueves (adenda)
Veo dos claras constantes entre 2007 y 2014, caso El Jueves:
1) Príncipe en portada en las dos ocasiones. «A mí me podéis tocar, pero a mi hijo ni toserle».
2) Mano negra king kong five. «La Casa Real no ha tenido que ver», declaraban en 2007, declaran en 2014. Cualquier jurista sabe que un juez no ordenaría a las alturas de 2007 el secuestro de una revista en kioscos por semejante tontería, aquella portada; solo una «orden directa» pudo ocasionar eso, y ya sabemos qué les sucede en este país a los jueces desobedientes. Preguntadle a Garzón y a Elpidio, entre otros. En 2014 repetimos la jugada pero ahora de manera bastante más sutil, a ver si la portada desaparecía antes de que fuera vista, como si no hubiera existido; así, borrando las huellas y haciendo desaparecer el cadáver para que ni siquiera se supiera que había habido crimen. SIN EMBARGO, la huella delatora es que la portada de 2014 sí pudo verse brevemente en internet antes de salir de imprenta; ahí fue descubierta por la mirada atenta del Servicio de Prensa, que para eso están todos los días oteando el paisaje. De ahí al resultado final solo hay un telefonazo. Lo digo en plan suavón, a lo Arcadi Espada, ese hombre que afirmó lo de la impunidad del viñetista. Quien quiera entender que entienda, listen to the beat beat beat of the song song.
1) Príncipe en portada en las dos ocasiones. «A mí me podéis tocar, pero a mi hijo ni toserle».
2) Mano negra king kong five. «La Casa Real no ha tenido que ver», declaraban en 2007, declaran en 2014. Cualquier jurista sabe que un juez no ordenaría a las alturas de 2007 el secuestro de una revista en kioscos por semejante tontería, aquella portada; solo una «orden directa» pudo ocasionar eso, y ya sabemos qué les sucede en este país a los jueces desobedientes. Preguntadle a Garzón y a Elpidio, entre otros. En 2014 repetimos la jugada pero ahora de manera bastante más sutil, a ver si la portada desaparecía antes de que fuera vista, como si no hubiera existido; así, borrando las huellas y haciendo desaparecer el cadáver para que ni siquiera se supiera que había habido crimen. SIN EMBARGO, la huella delatora es que la portada de 2014 sí pudo verse brevemente en internet antes de salir de imprenta; ahí fue descubierta por la mirada atenta del Servicio de Prensa, que para eso están todos los días oteando el paisaje. De ahí al resultado final solo hay un telefonazo. Lo digo en plan suavón, a lo Arcadi Espada, ese hombre que afirmó lo de la impunidad del viñetista. Quien quiera entender que entienda, listen to the beat beat beat of the song song.
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sábado, 7 de junio de 2014
lo que (NO) se puede decir [algunos hombres buenos]
Lo sucedido esta semana con la portada DESTRUIDA de El Jueves ha sido gravísimo, espero que no haga falta que se diga de nuevo; otro escándalo más que se suma a la estafa, de dinero y libertades, acometida durante el último lustro por esta democracia orgánica de la que «disfrutamos». Cuando hace siete años se ordenó el secuestro judicial del número de El Jueves por la portada de los príncipes, en el que «la Casa Real no tuvo nada que ver», quien quiso verlo ya lo vio y lo dijo: el precedente era gravísimo porque dejaba claro el «marco» oficial dentro del cual se podría ejercer la libertad de expresión, y esto no en plena transición, sino a las alturas de 2007. Poco después y en un proceso exprés de rapidez inusitada, dos dibujantes, dos historietistas, fueron condenados en vía penal por publicar una caricatura, como si estuviésemos en el siglo XIX. Simplemente ASQUEROSO. Más tarde, cuando acudieron en amparo ante el Tribunal Constitucional, este último se saltó su propia doctrina según la cual la libertad de expresión prevalece sobre el derecho al honor, la intimidad y la propia imagen cuando se trata de ejercer la crítica a las autoridades públicas, y más si dicha crítica se realiza en un ámbito humorístico y satírico. Porque esa crítica es necesaria para una democracia que aspire a serlo. O eso se supone.
Lo que ha ocurrido con el número de El Jueves esta semana es consecuencia y continuación de aquello. Poco más que añadir, porque ahora sólo se me ocurren insultos, y esto no es una metáfora. Mis sentimientos son de enfado y pesar. Pesar porque lo ocurrido es una tragedia personal para los afectados, gente honrada que vive, o vivía, de ese trabajo honrado, absolutamente necesario —repitámoslo una vez más— en una sociedad que aspire a ser algo más que una dictadura bananera; un trabajo honrado que cumple una función social imprescindible e insustituible de crítica y contrapeso al sistema. No olvidemos que la mascota de El Jueves es un bufón. Pero lo ocurrido también es una tragedia colectiva, siquiera simbólicamente, por lo que representa para todos nosotros: por lo que dice de nosotros como país. Los insultos que se me ocurren, que son muchos, van destinados por supuesto a los malos, que vuelven a ganar para variar. Y los elogios y aplausos van dirigidos a algunos hombres buenos, sacrificados como chivos expiatorios, para variar también. Que son demasiados ya en estos años de «transición» entre lo malo y lo peor, visto lo visto.
Quiero aplaudir precisamente la dignidad y valentía de Albert Monteys, Manel Fontdevila, Paco Alcázar, Manuel Bartual, Guillermo Torres, Isaac Rosa, Bernardo Vergara, Mel, Malagón, Luis Bustos y Pepe Colubi (actualización: y Bea Tormo; actualización 2: y Lalo Kubala; actualización 3: y Miquel Gras, Iu Forn y José Luis Ágreda). Todos se han negado a tragar y han dejado de colaborar con El Jueves, y pido disculpas si se me ha olvidado mencionar a todos los que se han negado a pasar por el aro. Algunos de ellos llevaban trabajando en la revista más de 20 años y el grueso de sus ingresos procedía de su trabajo en ella. No quiero olvidar a los que, aun pensando lo mismo que los que han abandonado, no han podido tomar la misma decisión. Ellos, a su manera, también están viviendo el duelo. Mis más sinceras condolencias para todos ellos, víctimas de un sistema implacable cuyo único objetivo es perpetuarse como tal. Ha sido una semana muy triste y no hace falta insistir más, solo enviarles desde aquí, modestamente, mi apoyo y amistad.
Lo que ha ocurrido con el número de El Jueves esta semana es consecuencia y continuación de aquello. Poco más que añadir, porque ahora sólo se me ocurren insultos, y esto no es una metáfora. Mis sentimientos son de enfado y pesar. Pesar porque lo ocurrido es una tragedia personal para los afectados, gente honrada que vive, o vivía, de ese trabajo honrado, absolutamente necesario —repitámoslo una vez más— en una sociedad que aspire a ser algo más que una dictadura bananera; un trabajo honrado que cumple una función social imprescindible e insustituible de crítica y contrapeso al sistema. No olvidemos que la mascota de El Jueves es un bufón. Pero lo ocurrido también es una tragedia colectiva, siquiera simbólicamente, por lo que representa para todos nosotros: por lo que dice de nosotros como país. Los insultos que se me ocurren, que son muchos, van destinados por supuesto a los malos, que vuelven a ganar para variar. Y los elogios y aplausos van dirigidos a algunos hombres buenos, sacrificados como chivos expiatorios, para variar también. Que son demasiados ya en estos años de «transición» entre lo malo y lo peor, visto lo visto.
Quiero aplaudir precisamente la dignidad y valentía de Albert Monteys, Manel Fontdevila, Paco Alcázar, Manuel Bartual, Guillermo Torres, Isaac Rosa, Bernardo Vergara, Mel, Malagón, Luis Bustos y Pepe Colubi (actualización: y Bea Tormo; actualización 2: y Lalo Kubala; actualización 3: y Miquel Gras, Iu Forn y José Luis Ágreda). Todos se han negado a tragar y han dejado de colaborar con El Jueves, y pido disculpas si se me ha olvidado mencionar a todos los que se han negado a pasar por el aro. Algunos de ellos llevaban trabajando en la revista más de 20 años y el grueso de sus ingresos procedía de su trabajo en ella. No quiero olvidar a los que, aun pensando lo mismo que los que han abandonado, no han podido tomar la misma decisión. Ellos, a su manera, también están viviendo el duelo. Mis más sinceras condolencias para todos ellos, víctimas de un sistema implacable cuyo único objetivo es perpetuarse como tal. Ha sido una semana muy triste y no hace falta insistir más, solo enviarles desde aquí, modestamente, mi apoyo y amistad.
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miércoles, 25 de diciembre de 2013
UN RESPETO
«La impunidad del viñetista es el fenómeno más inexplicable de nuestro tiempo. De su inmoralidad el viñetista siempre se defiende con el humor. Aún se espera que el que le pegó cuatro tiros de broma al Rey obtenga del Estado algo más que sonrisas comprensivas...».
No es un diálogo satírico sacado del último cómic de Manel Fontdevila. Es una afirmación literal de Arcadi Espada, publicada en su blog en julio de 2013. Una cita que seguramente inspiró a Manel Fontdevila para el tramo final de su No os indignéis tanto (Astiberri), que acaba de publicar.
O sea: la libertad de expresión entendida a la peculiar manera española, una que sería inconcebible en países con una verdadera tradición democrática y de libertad de expresión. Una libertad de expresión en la que sólo se puede decir aquello que se puede decir, y sobre todo, con las formas «apropiadas». La clave del tema la da el propio Manel en su ensayo en cómic, un lúcido panfleto a favor de la desobediencia civil en estos tiempos de ignominia y contra esta democracia «dentro de unos cauces» que venimos «disfrutando» desde 1978. Se trata de una novela gráfica, un cómic, que recomiendo a cualquier ciudadano siquiera para disentir; un cómic en el que lo único que echo en falta es precisamente una contundencia, precisamente, más panfletaria, dado el tema y las circunstancias. Thoreau es hoy famoso por un panfleto sobre la desobediencia civil, pero como el propio Manel sugiere en su ensayo en viñetas, ese tipo de cosas en este país las admiramos en la lejanía, siempre que sucedan lejos de aquí, como si con nosotros no fuera. «El desorden social es sano porque puede producir cambios», afirma Manel. «Cuando se apoya un desorden se acaba eliminando la mili, o que las mujeres voten, y por eso he hecho el libro, porque me sorprende la falta de apoyo y lo mucho que nos molesta que pasen estas cosas en España».

Yo, animado por el ensayo de Manel, voy a decirlo lo más claramente posible: estoy hasta los cojones de esta tradición cultural de mierda derivada de nuestra transición, y antes de ella, por supuesto, del franquismo, una tradición según la cual en este país sólo se puede hablar de los temas dentro de un orden del día que siempre ponen otros, y además sólo se puede hablar con las «formas adecuadas» que permiten los mismos que ponen el orden del día. La clave en el cómic de Manel la da su brillante contraposición entre la zafiedad del Gorila de Brassens y el «humor inteligente» de la revista franquista La Codorniz, es decir, un humor tolerado desde la autoridad por inofensivo. Dos universos paralelos: el de la Francia republicana y laica donde se derrotó al fascismo y el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel fue un best-seller en las navidades de 2010, frente al de la desgraciada (por nosotros) Expaña, uno de los pocos países donde triunfó el fascismo. Donde nunca fue vencido, tendríamos que recordarlo cada día conforme nos levantamos de la cama.
Sólo en un país como el nuestro, construido por fascistas sobre el genocidio, expolio y represión posteriores a nuestra guerra civil, y más tarde sobre la «cultura del consenso» derivada de la transición que hicieron unos pocos (es «curioso» comprobar cómo muchos de esos pocos protagonistas de la transición están hoy forradísimos y a menudo ocupan cargos de consejero en las que un día no tan lejano fueron empresas públicas), repito, sólo en un país como el nuestro, que viene de donde viene y está donde está, es concebible que un periodista que dice ser «liberal» como Arcadi Espada, un periodista cuya profesión se basa precisamente en la LIBERTAD DE EXPRESIÓN, pueda afirmar semejante barbaridad de un humorista gráfico como si fuera algo perfectamente sensato y «democrático». Porque lo dice superconvencido, ¿eh?
Ésa es la libertad de expresión tal como la entendemos aquí, y ése es el tema principal del soberbio ensayo en viñetas de Manel. Claro que ese país es el mismo en el que se sientan a dos humoristas en un banquillo penal por una caricatura de los príncipes y encima les condenan. Así que no, de «impunidad» nada, señor Espada. Guillermo y Manel Fontdevila fueron condenados y ya cuentan con antecedentes penales por una sátira gráfica de la familia real. Ese mismo país en que se admite a trámite la demanda de la Fundación Francisco Franco contra el artista Eugenio Merino por su Always Franco, afortunadamente desestimada, Fundación que vuelve a repetir la jugada ahora por otra obra de Merino. Imaginemos por un momento una «Fundación Adolf Hitler» en la Alemania de 2013 que pretendiera demandar a un artista por una sátira contra Hitler.
Pero es que, como decía antes, habría que repetirlo cada día conforme nos levantamos de la cama: vivimos en un país donde el fascismo triunfó y los vencedores fascistas hicieron las leyes, relataron la Historia y prohibieron la libertad de expresión, y esos mismos vencedores permitieron luego una «democracia» bajo determinadas reglas. Por supuesto, nuestras autoridades actuales sólo ponen a la Alemania de Merkel de modelo para aquello que les interesa.
En el marco de pensamiento de la Expaña derivada de esa cultura de la transición, el «humor inteligente» es ahora el de El Roto, que con sus monigotes alegóricos jamás pone nombre y apellidos a los políticos y empresarios que critica en sus viñetas (no vaya a ser que retiren la publicidad del periódico donde publica, por ejemplo), desde las que nos dice con su tono admonitorio de «cura bueno, cura rojo» (en feliz expresión de Kano) justo, exactamente, aquello que queremos oír. El Roto, por cierto, fue uno de los que acusó de «atentado a la inteligencia» a la famosa portada de El Jueves de Manel y Guillermo. No era, efectivamente, humor «inteligente».
Escribiendo estas líneas me resulta inevitable volver la vista atrás hacia el caso de la portada de El Jueves 2007, que el propio Manel rememora con mucha gracia en uno de los pasajes más inspirados de No os indignéis tanto. Porque me parece que es ahora, tras estos años de «crisis», cuando podemos entender en toda su dimensión lo que significó aquel atropello a la libertad de expresión, y qué tenía que ver aquel atropello con el ejercicio del poder en Expaña, y a su vez qué tiene que ver ese ejercicio del poder con nuestra crisis, las protestas del 15-M de 2011 (del que habla también Manel en su cómic) y las numerosas reacciones que calificaron a los indignados de «antisistema» o, en el mejor de los casos, de gentes sospechosas que promovían el «desorden» y el «caos». Todo esto mientras los parados y nuevos pobres aumentaban, los desahucios proliferaban en paralelo a los suicidios, nuestros políticos endeudaban al país entero para rescatar bancos privados y nuestro rey se marchaba a Botsuana a cazar elefantes.
Uno de los reproches más repetidos contra la famosa portada fue precisamente el de «grosera» y «zafia», incluso —y éste es el problema— para justificar el secuestro judicial de la revista. Es decir, la caricatura de Manel y Guillermo no había seguido, una vez más, el cauce «adecuado», las formas «apropiadas». Claro que también podríamos decirlo de otra manera: la portada no era lo suficientemente fina como para resultar inofensiva. Una vez más, la crítica en este país sólo se podía hacer sobre determinados temas, y bajo determinadas formas y cauces, porque, vamos a decirlo en plata, seguimos en una democracia tutelada. A Franco y el ejército le sustituyeron como tutores el rey, los grandes partidos y los poderes fácticos que hay detrás de ellos, cada partido los suyos, aunque a veces intercambiables. Y esos límites al debate público son una de las causas, por cierto, del atraso de nuestro país en tantos y tantos aspectos, políticos, económicos y culturales.
Yo mismo, indignado en aquellos días de 2007 por el secuestro judicial de una revista por una puñetera caricatura y la posterior condena penal a sus autores en un país supuestamente democrático, escribí mucho. Al releer hoy uno de aquellos textos sobre el caso El Jueves, me doy cuenta de hasta qué punto nuestra cultura del «humor inteligente» y las «formas adecuadas» para expresarnos en público ha instaurado una (auto)policía del pensamiento según la cual ni siquiera somos conscientes de cuánto «moderamos» lo que nos atrevemos a decir en público, incluso en ocasiones en que las circunstancias exigen gritar alto y claro contra lo que debería ser intolerable en un sistema que pretende ser una democracia. Releído hoy, mi texto me parece pacato y cobarde, un articulillo el que doy vueltas y más vueltas formalistas para no entrar a saco en los temas claves —que eran precisamente los de la libertad de expresión, la crítica a la autoridad y la existencia de la monarquía— y no denunciar de la manera más directa posible los hechos ignominiosos que habían ocurrido, una auténtica vergüenza para cualquier país medianamente civilizado. Como he apuntado arriba, el propio Manel no termina de atreverse a decir con la contundencia que debería lo que quiere decir en No os indignéis tanto. Lo dice, es verdad que lo dice, pero la prudencia que exhibe para exponer su tesis sobre este fenómeno sociológico tan expañol es el mejor ejemplo, la mejor prueba, de que Manel tiene razón.
En efecto, no nos indignamos tanto. Estamos educados para eso. Nuestra tradición cultural derivada del fascismo, nuestras autoridades actuales e incluso nuestros iguales, en nuestro entorno cotidiano, nos lo recuerdan día a día, en la comunidad profesional, en la familia, en las redes sociales. Si hay que criticar, mejor en privado, y si te atreves a criticar en público, ojo, por favor, siempre de manera educada, guardando las formas, un respeto.
Gracias, Manel, por hacérmelo ver con la gracia y talento habituales de tus viñetas.
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Adelanto de 11 paginas de No os indignéis tanto
Entrevista de Absence a Manel Fontdevila a propósito del libro
No es un diálogo satírico sacado del último cómic de Manel Fontdevila. Es una afirmación literal de Arcadi Espada, publicada en su blog en julio de 2013. Una cita que seguramente inspiró a Manel Fontdevila para el tramo final de su No os indignéis tanto (Astiberri), que acaba de publicar.
O sea: la libertad de expresión entendida a la peculiar manera española, una que sería inconcebible en países con una verdadera tradición democrática y de libertad de expresión. Una libertad de expresión en la que sólo se puede decir aquello que se puede decir, y sobre todo, con las formas «apropiadas». La clave del tema la da el propio Manel en su ensayo en cómic, un lúcido panfleto a favor de la desobediencia civil en estos tiempos de ignominia y contra esta democracia «dentro de unos cauces» que venimos «disfrutando» desde 1978. Se trata de una novela gráfica, un cómic, que recomiendo a cualquier ciudadano siquiera para disentir; un cómic en el que lo único que echo en falta es precisamente una contundencia, precisamente, más panfletaria, dado el tema y las circunstancias. Thoreau es hoy famoso por un panfleto sobre la desobediencia civil, pero como el propio Manel sugiere en su ensayo en viñetas, ese tipo de cosas en este país las admiramos en la lejanía, siempre que sucedan lejos de aquí, como si con nosotros no fuera. «El desorden social es sano porque puede producir cambios», afirma Manel. «Cuando se apoya un desorden se acaba eliminando la mili, o que las mujeres voten, y por eso he hecho el libro, porque me sorprende la falta de apoyo y lo mucho que nos molesta que pasen estas cosas en España».

Yo, animado por el ensayo de Manel, voy a decirlo lo más claramente posible: estoy hasta los cojones de esta tradición cultural de mierda derivada de nuestra transición, y antes de ella, por supuesto, del franquismo, una tradición según la cual en este país sólo se puede hablar de los temas dentro de un orden del día que siempre ponen otros, y además sólo se puede hablar con las «formas adecuadas» que permiten los mismos que ponen el orden del día. La clave en el cómic de Manel la da su brillante contraposición entre la zafiedad del Gorila de Brassens y el «humor inteligente» de la revista franquista La Codorniz, es decir, un humor tolerado desde la autoridad por inofensivo. Dos universos paralelos: el de la Francia republicana y laica donde se derrotó al fascismo y el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel fue un best-seller en las navidades de 2010, frente al de la desgraciada (por nosotros) Expaña, uno de los pocos países donde triunfó el fascismo. Donde nunca fue vencido, tendríamos que recordarlo cada día conforme nos levantamos de la cama.
Sólo en un país como el nuestro, construido por fascistas sobre el genocidio, expolio y represión posteriores a nuestra guerra civil, y más tarde sobre la «cultura del consenso» derivada de la transición que hicieron unos pocos (es «curioso» comprobar cómo muchos de esos pocos protagonistas de la transición están hoy forradísimos y a menudo ocupan cargos de consejero en las que un día no tan lejano fueron empresas públicas), repito, sólo en un país como el nuestro, que viene de donde viene y está donde está, es concebible que un periodista que dice ser «liberal» como Arcadi Espada, un periodista cuya profesión se basa precisamente en la LIBERTAD DE EXPRESIÓN, pueda afirmar semejante barbaridad de un humorista gráfico como si fuera algo perfectamente sensato y «democrático». Porque lo dice superconvencido, ¿eh?
Ésa es la libertad de expresión tal como la entendemos aquí, y ése es el tema principal del soberbio ensayo en viñetas de Manel. Claro que ese país es el mismo en el que se sientan a dos humoristas en un banquillo penal por una caricatura de los príncipes y encima les condenan. Así que no, de «impunidad» nada, señor Espada. Guillermo y Manel Fontdevila fueron condenados y ya cuentan con antecedentes penales por una sátira gráfica de la familia real. Ese mismo país en que se admite a trámite la demanda de la Fundación Francisco Franco contra el artista Eugenio Merino por su Always Franco, afortunadamente desestimada, Fundación que vuelve a repetir la jugada ahora por otra obra de Merino. Imaginemos por un momento una «Fundación Adolf Hitler» en la Alemania de 2013 que pretendiera demandar a un artista por una sátira contra Hitler.
Pero es que, como decía antes, habría que repetirlo cada día conforme nos levantamos de la cama: vivimos en un país donde el fascismo triunfó y los vencedores fascistas hicieron las leyes, relataron la Historia y prohibieron la libertad de expresión, y esos mismos vencedores permitieron luego una «democracia» bajo determinadas reglas. Por supuesto, nuestras autoridades actuales sólo ponen a la Alemania de Merkel de modelo para aquello que les interesa.
En el marco de pensamiento de la Expaña derivada de esa cultura de la transición, el «humor inteligente» es ahora el de El Roto, que con sus monigotes alegóricos jamás pone nombre y apellidos a los políticos y empresarios que critica en sus viñetas (no vaya a ser que retiren la publicidad del periódico donde publica, por ejemplo), desde las que nos dice con su tono admonitorio de «cura bueno, cura rojo» (en feliz expresión de Kano) justo, exactamente, aquello que queremos oír. El Roto, por cierto, fue uno de los que acusó de «atentado a la inteligencia» a la famosa portada de El Jueves de Manel y Guillermo. No era, efectivamente, humor «inteligente».
Escribiendo estas líneas me resulta inevitable volver la vista atrás hacia el caso de la portada de El Jueves 2007, que el propio Manel rememora con mucha gracia en uno de los pasajes más inspirados de No os indignéis tanto. Porque me parece que es ahora, tras estos años de «crisis», cuando podemos entender en toda su dimensión lo que significó aquel atropello a la libertad de expresión, y qué tenía que ver aquel atropello con el ejercicio del poder en Expaña, y a su vez qué tiene que ver ese ejercicio del poder con nuestra crisis, las protestas del 15-M de 2011 (del que habla también Manel en su cómic) y las numerosas reacciones que calificaron a los indignados de «antisistema» o, en el mejor de los casos, de gentes sospechosas que promovían el «desorden» y el «caos». Todo esto mientras los parados y nuevos pobres aumentaban, los desahucios proliferaban en paralelo a los suicidios, nuestros políticos endeudaban al país entero para rescatar bancos privados y nuestro rey se marchaba a Botsuana a cazar elefantes.
Uno de los reproches más repetidos contra la famosa portada fue precisamente el de «grosera» y «zafia», incluso —y éste es el problema— para justificar el secuestro judicial de la revista. Es decir, la caricatura de Manel y Guillermo no había seguido, una vez más, el cauce «adecuado», las formas «apropiadas». Claro que también podríamos decirlo de otra manera: la portada no era lo suficientemente fina como para resultar inofensiva. Una vez más, la crítica en este país sólo se podía hacer sobre determinados temas, y bajo determinadas formas y cauces, porque, vamos a decirlo en plata, seguimos en una democracia tutelada. A Franco y el ejército le sustituyeron como tutores el rey, los grandes partidos y los poderes fácticos que hay detrás de ellos, cada partido los suyos, aunque a veces intercambiables. Y esos límites al debate público son una de las causas, por cierto, del atraso de nuestro país en tantos y tantos aspectos, políticos, económicos y culturales.
Yo mismo, indignado en aquellos días de 2007 por el secuestro judicial de una revista por una puñetera caricatura y la posterior condena penal a sus autores en un país supuestamente democrático, escribí mucho. Al releer hoy uno de aquellos textos sobre el caso El Jueves, me doy cuenta de hasta qué punto nuestra cultura del «humor inteligente» y las «formas adecuadas» para expresarnos en público ha instaurado una (auto)policía del pensamiento según la cual ni siquiera somos conscientes de cuánto «moderamos» lo que nos atrevemos a decir en público, incluso en ocasiones en que las circunstancias exigen gritar alto y claro contra lo que debería ser intolerable en un sistema que pretende ser una democracia. Releído hoy, mi texto me parece pacato y cobarde, un articulillo el que doy vueltas y más vueltas formalistas para no entrar a saco en los temas claves —que eran precisamente los de la libertad de expresión, la crítica a la autoridad y la existencia de la monarquía— y no denunciar de la manera más directa posible los hechos ignominiosos que habían ocurrido, una auténtica vergüenza para cualquier país medianamente civilizado. Como he apuntado arriba, el propio Manel no termina de atreverse a decir con la contundencia que debería lo que quiere decir en No os indignéis tanto. Lo dice, es verdad que lo dice, pero la prudencia que exhibe para exponer su tesis sobre este fenómeno sociológico tan expañol es el mejor ejemplo, la mejor prueba, de que Manel tiene razón.
En efecto, no nos indignamos tanto. Estamos educados para eso. Nuestra tradición cultural derivada del fascismo, nuestras autoridades actuales e incluso nuestros iguales, en nuestro entorno cotidiano, nos lo recuerdan día a día, en la comunidad profesional, en la familia, en las redes sociales. Si hay que criticar, mejor en privado, y si te atreves a criticar en público, ojo, por favor, siempre de manera educada, guardando las formas, un respeto.
Gracias, Manel, por hacérmelo ver con la gracia y talento habituales de tus viñetas.
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Entrevista de Absence a Manel Fontdevila a propósito del libro
domingo, 4 de septiembre de 2011
LOS LÍMITES REALES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Hace dos años, la crisis de las caricaturas danesas sobre Mahoma planteó con crudeza un debate que las democracias occidentales aún no han resuelto, quizás porque no puede ni debe resolverse definitivamente, el de los límites a la libertad de expresión. Un debate que se reabría en nuestro país el pasado 20 de julio a raíz del secuestro judicial de un número de ‘El Jueves’, la clausura temporal de su web y la apertura de diligencias penales por injurias a la Corona. La causa: una portada hoy famosa internacionalmente obra de Manel Fontdevila y Guillermo que caricaturizaba a los príncipes. En noviembre se dictaba en tiempo récord una sentencia que -aunque será recurrida- les condena a pagar 3.000 euros de multa cada uno y, de momento, les da pasaporte directo hacia el registro policial de antecedentes penales.
Los autos judiciales de julio, dictados a instancia de la fiscalía, pusieron de manifiesto varias cosas. La primera es que hoy día el secuestro judicial de una publicación constituye una noticia insólita dentro y fuera de España, vista su repercusión a la que sin duda contribuyó en gran medida la difusión por internet, que por cierto ha convertido en ineficaz y obsoleta este tipo de medidas judiciales una vez que la publicación ha llegado al lector. Hace menos de tres décadas los secuestros judiciales eran aún frecuentes gracias a una judicatura todavía con resabios del autoritarismo franquista, pero hoy resultan extraños: el último secuestro de un número de ‘El Jueves’ fue ordenado hace… 21 años. Y se trata de una medida excepcional no sólo a ojos de la opinión pública, también jurídicamente porque la Constitución prohíbe la censura previa y por ello el secuestro debe estar justificado para proteger cautelarmente a terceros afectados. En segundo lugar, el debate público subsiguiente reveló hasta qué punto no se tienen claros los límites de la libertad de expresión. En las opiniones vertidas abundaron las medias tintas y las actitudes hipócritas o de doble moral, y éstas no siempre procedían de “periodistas” de reputación dudosa –algunos tertulianos de programas del corazón justificaron la actuación judicial alegando que el chiste era “muy grosero”– sino también de periodistas reputados e incluso de algún colega de profesión de los humoristas que consideró que “se habían pasado”. Vaya por Dios. Sin embargo, no pocos de tales opinantes habían apoyado sin reparos en 2006 la libertad de expresión de los caricaturistas daneses frente al fanatismo e intolerancia religiosa. Ahora en cambio afirmaban que el chiste de ‘El Jueves’ era “un insulto intolerable” e incluso confundían el dibujo con la realidad o con una foto robada. “Ceci n'est pas une pipe”, repitamos con Magritte. Los reproches más repetidos hacia los caricaturistas fueron los de “zafios” y “groseros”, incluso entre quienes decían apoyar su libertad de expresión. Curiosamente sólo ahora, tras la sentencia condenatoria, algunos de esos defensores del buen gusto empiezan a percatarse de que lo relevante no era la calidad o “mal gusto” del chiste, sino los límites a la libertad de expresión que nos afectan a todos: sólo ahora se dan cuenta de que pueden poner sus barbas a remojar porque la sentencia constituye un precedente peligroso. Al fin y al cabo, las libertades de expresión y de creación artística no sólo están para proteger sus manifestaciones más “sublimes” o de “buen gusto”, puesto que tales valoraciones siempre son subjetivas y dependen del observador, sino también para amparar lo que para algunos –pero puede que no para otros- constituyen expresiones “groseras” o de “mal gusto”. Todos podemos pensar que determinados políticos, periodistas o artistas resultan groseros o zafios en el ejercicio de su libertad de expresión, pero no por ello hay que secuestrar sus obras, cerrar sus medios de comunicación o perseguirles penalmente.
PONIENDO PUERTAS AL CAMPO
Sin embargo, lo anterior no puede llevar a concluir que la libertad de expresión sea absoluta o ilimitada. El artículo 20 de la Constitución menciona esos límites: el respeto a los demás derechos constitucionales y, especialmente, el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y la infancia. Son frecuentes los conflictos en los que debe ponderarse la libre expresión con otros derechos -habitualmente, el del honor o la imagen de quien se critica o parodia-, y corresponde a los tribunales dilucidar si ha existido un ejercicio legítimo de la libertad de expresión o bien una extralimitación. Ningún derecho es ilimitado, así lo ha reiterado nuestro Tribunal Constitucional. Sin embargo, según el mismo Tribunal el derecho fundamental a la libertad de expresión goza de una posición –y protección- preferente porque constituye un pilar básico de la democracia en cuanto garantía de una opinión pública libre y del pluralismo político. Y por eso tiende a prevalecer cuando los criticados ejercen cargos de autoridad pública, porque entonces su derecho al honor y a la imagen se “debilita” (sic), según el Tribunal Constitucional, y quedan más expuestos a la información, la crítica y la sátira. Además, en caso de imputarse un delito de injurias debe probarse que hubo auténtica intención de ofender o denigrar, la cual queda excluida por el animus iocandi si la expresión deshonrosa se hizo con intención de bromear en un contexto humorístico en el que nadie podía tomársela en serio.
Sin embargo, nada de eso se ha aplicado en la sentencia sobre ‘El Jueves’ porque, así se deduce de su texto, el objeto del chiste no era una autoridad pública cualquiera sino un miembro de la familia real. Y ésta se encuentra protegida por un delito específico de injurias con mayores penas (hasta dos años de cárcel o sólo multa, dependiendo de las circunstancias), delito que no existe en otras monarquías parlamentarias como el Reino Unido o Suecia, donde no hay una protección especial y, al igual que en otras monarquías europeas, las críticas a la familia real son tan frecuentes como intensas. Por supuesto, en países con jefes de Estado elegidos democráticamente como Francia o Estados Unidos sería inconcebible procesar al autor de una caricatura similar. Al final hemos vuelto a topar con el problema esencial de la monarquía parlamentaria: cómo casar el principio democrático de igualdad con los privilegios de una institución hereditaria. En la práctica, este intento de amordazar las críticas penalmente, sea en el caso ‘El Jueves’ o en las diligencias abiertas en enero de 2007 contra un fotomontaje del Rey en el suplemento satírico del diario ‘Deia’, sólo parecen provocar un aumento de manifestaciones antimonárquicas, véase la reciente quema de fotos en varias ciudades catalanas. Estas medidas penales, además de resultar desproporcionadas y limitar injustificadamente la libre expresión según destacados juristas, están favoreciendo tratos discriminatorios: si el que critica al Rey es Anasagasti o Jiménez Losantos -y éste último incluso podría haberle calumniado-, la fiscalía no actúa.
¿Qué es lo que ha cambiado desde la época del silencio mediático que dejaba libre de toda crítica a la Casa Real? Parece que los años transcurridos desde la incorporación a la legitimidad constitucional de esta monarquía, que en origen fue un legado del anterior régimen, y más concretamente desde que el Rey reforzó su legitimidad popular a raíz de su actuación en el 23-F, no han pasado en balde, y el aura de intangibilidad que le otorgó su papel en la transición ha terminado por desaparecer. Posiblemente porque ese papel, el de puente entre la dictadura franquista y un nuevo régimen democrático que restituyó al que había sido interrumpido por la fuerza en 1936, no por casualidad una República, ya ha sido cumplido. El problema no va a solucionarse sentando a caricaturistas en el banquillo penal. Quizás haya llegado la hora de reabrir el debate sobre la forma política de España, porque puede que ése sea el auténtico problema de fondo. O que lo sea en un futuro próximo si las cosas siguen el rumbo actual.
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Ya que sacaba al final del post anterior la cuestión de la censura y la persecución penal de caricaturistas, rescato ahora este artículo. Se titulaba LOS LÍMITES REALES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN y lo publiqué en la revista Rockdelux en diciembre de 2007, a propósito del caso suscitado por la famosa portada de El Jueves de Manel Fontdevila y Guillermo, publicada en julio de ese mismo año.
La portada que motivó el secuestro en 2007 y el póster que El Jueves publicó al año siguiente para recordar el primer aniversario del caso
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(Foto de Guillermo y Manel sentados en el banquillo en 2007, en el blog de Forbidden Planet)
Los autos judiciales de julio, dictados a instancia de la fiscalía, pusieron de manifiesto varias cosas. La primera es que hoy día el secuestro judicial de una publicación constituye una noticia insólita dentro y fuera de España, vista su repercusión a la que sin duda contribuyó en gran medida la difusión por internet, que por cierto ha convertido en ineficaz y obsoleta este tipo de medidas judiciales una vez que la publicación ha llegado al lector. Hace menos de tres décadas los secuestros judiciales eran aún frecuentes gracias a una judicatura todavía con resabios del autoritarismo franquista, pero hoy resultan extraños: el último secuestro de un número de ‘El Jueves’ fue ordenado hace… 21 años. Y se trata de una medida excepcional no sólo a ojos de la opinión pública, también jurídicamente porque la Constitución prohíbe la censura previa y por ello el secuestro debe estar justificado para proteger cautelarmente a terceros afectados. En segundo lugar, el debate público subsiguiente reveló hasta qué punto no se tienen claros los límites de la libertad de expresión. En las opiniones vertidas abundaron las medias tintas y las actitudes hipócritas o de doble moral, y éstas no siempre procedían de “periodistas” de reputación dudosa –algunos tertulianos de programas del corazón justificaron la actuación judicial alegando que el chiste era “muy grosero”– sino también de periodistas reputados e incluso de algún colega de profesión de los humoristas que consideró que “se habían pasado”. Vaya por Dios. Sin embargo, no pocos de tales opinantes habían apoyado sin reparos en 2006 la libertad de expresión de los caricaturistas daneses frente al fanatismo e intolerancia religiosa. Ahora en cambio afirmaban que el chiste de ‘El Jueves’ era “un insulto intolerable” e incluso confundían el dibujo con la realidad o con una foto robada. “Ceci n'est pas une pipe”, repitamos con Magritte. Los reproches más repetidos hacia los caricaturistas fueron los de “zafios” y “groseros”, incluso entre quienes decían apoyar su libertad de expresión. Curiosamente sólo ahora, tras la sentencia condenatoria, algunos de esos defensores del buen gusto empiezan a percatarse de que lo relevante no era la calidad o “mal gusto” del chiste, sino los límites a la libertad de expresión que nos afectan a todos: sólo ahora se dan cuenta de que pueden poner sus barbas a remojar porque la sentencia constituye un precedente peligroso. Al fin y al cabo, las libertades de expresión y de creación artística no sólo están para proteger sus manifestaciones más “sublimes” o de “buen gusto”, puesto que tales valoraciones siempre son subjetivas y dependen del observador, sino también para amparar lo que para algunos –pero puede que no para otros- constituyen expresiones “groseras” o de “mal gusto”. Todos podemos pensar que determinados políticos, periodistas o artistas resultan groseros o zafios en el ejercicio de su libertad de expresión, pero no por ello hay que secuestrar sus obras, cerrar sus medios de comunicación o perseguirles penalmente.
PONIENDO PUERTAS AL CAMPO
Sin embargo, lo anterior no puede llevar a concluir que la libertad de expresión sea absoluta o ilimitada. El artículo 20 de la Constitución menciona esos límites: el respeto a los demás derechos constitucionales y, especialmente, el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y la infancia. Son frecuentes los conflictos en los que debe ponderarse la libre expresión con otros derechos -habitualmente, el del honor o la imagen de quien se critica o parodia-, y corresponde a los tribunales dilucidar si ha existido un ejercicio legítimo de la libertad de expresión o bien una extralimitación. Ningún derecho es ilimitado, así lo ha reiterado nuestro Tribunal Constitucional. Sin embargo, según el mismo Tribunal el derecho fundamental a la libertad de expresión goza de una posición –y protección- preferente porque constituye un pilar básico de la democracia en cuanto garantía de una opinión pública libre y del pluralismo político. Y por eso tiende a prevalecer cuando los criticados ejercen cargos de autoridad pública, porque entonces su derecho al honor y a la imagen se “debilita” (sic), según el Tribunal Constitucional, y quedan más expuestos a la información, la crítica y la sátira. Además, en caso de imputarse un delito de injurias debe probarse que hubo auténtica intención de ofender o denigrar, la cual queda excluida por el animus iocandi si la expresión deshonrosa se hizo con intención de bromear en un contexto humorístico en el que nadie podía tomársela en serio.
Sin embargo, nada de eso se ha aplicado en la sentencia sobre ‘El Jueves’ porque, así se deduce de su texto, el objeto del chiste no era una autoridad pública cualquiera sino un miembro de la familia real. Y ésta se encuentra protegida por un delito específico de injurias con mayores penas (hasta dos años de cárcel o sólo multa, dependiendo de las circunstancias), delito que no existe en otras monarquías parlamentarias como el Reino Unido o Suecia, donde no hay una protección especial y, al igual que en otras monarquías europeas, las críticas a la familia real son tan frecuentes como intensas. Por supuesto, en países con jefes de Estado elegidos democráticamente como Francia o Estados Unidos sería inconcebible procesar al autor de una caricatura similar. Al final hemos vuelto a topar con el problema esencial de la monarquía parlamentaria: cómo casar el principio democrático de igualdad con los privilegios de una institución hereditaria. En la práctica, este intento de amordazar las críticas penalmente, sea en el caso ‘El Jueves’ o en las diligencias abiertas en enero de 2007 contra un fotomontaje del Rey en el suplemento satírico del diario ‘Deia’, sólo parecen provocar un aumento de manifestaciones antimonárquicas, véase la reciente quema de fotos en varias ciudades catalanas. Estas medidas penales, además de resultar desproporcionadas y limitar injustificadamente la libre expresión según destacados juristas, están favoreciendo tratos discriminatorios: si el que critica al Rey es Anasagasti o Jiménez Losantos -y éste último incluso podría haberle calumniado-, la fiscalía no actúa.
¿Qué es lo que ha cambiado desde la época del silencio mediático que dejaba libre de toda crítica a la Casa Real? Parece que los años transcurridos desde la incorporación a la legitimidad constitucional de esta monarquía, que en origen fue un legado del anterior régimen, y más concretamente desde que el Rey reforzó su legitimidad popular a raíz de su actuación en el 23-F, no han pasado en balde, y el aura de intangibilidad que le otorgó su papel en la transición ha terminado por desaparecer. Posiblemente porque ese papel, el de puente entre la dictadura franquista y un nuevo régimen democrático que restituyó al que había sido interrumpido por la fuerza en 1936, no por casualidad una República, ya ha sido cumplido. El problema no va a solucionarse sentando a caricaturistas en el banquillo penal. Quizás haya llegado la hora de reabrir el debate sobre la forma política de España, porque puede que ése sea el auténtico problema de fondo. O que lo sea en un futuro próximo si las cosas siguen el rumbo actual.
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Ya que sacaba al final del post anterior la cuestión de la censura y la persecución penal de caricaturistas, rescato ahora este artículo. Se titulaba LOS LÍMITES REALES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN y lo publiqué en la revista Rockdelux en diciembre de 2007, a propósito del caso suscitado por la famosa portada de El Jueves de Manel Fontdevila y Guillermo, publicada en julio de ese mismo año.
La portada que motivó el secuestro en 2007 y el póster que El Jueves publicó al año siguiente para recordar el primer aniversario del caso
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(Foto de Guillermo y Manel sentados en el banquillo en 2007, en el blog de Forbidden Planet)
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domingo, 21 de noviembre de 2010
EL MILAGRO DEL QUIOSCO

"Ven el estado actual del arte secuencial como «bueno. Se está más cerca que nunca del tan ambicionado respeto de los medios de comunicación y dos o tres cómics son éxito de ventas cada año. Nos lo cuentan en 1993 y no nos lo creemos». Todavía hay quien piensa que 'El Jueves' no es cómic... «Pues que piense otra vez», contesta rotundo. «Sí es cierto que la revista no es consumida por fans de los cómics sino por amantes del humor. Y es muy posible que el lector habitual de 'El Jueves' ignore que el cómic es un mundo muy amplio y con muchos registros. Pero es un cómic, lo hemos mirado». «Siempre decimos que estamos en terreno de nadie», puntualiza Quílez. «En el mundo del cómic se nos tacha de comerciales y en el mundo de la prensa de ser un tebeo. Por fortuna las clasificaciones no sirven para mucho y a los lectores no les importa».Monteys y Mayte Quílez hablan sobre El Jueves
El milagro de salir
Lo cierto es que la salida cada semana de la revista no deja de ser un pequeño milagro, viendo el panorama. Revistas de cómic apenas quedan. «Muchas veces creo que es sorprendente que después de tantos años, e intentando no repetirnos, se nos hayan vuelto a ocurrir nuevas ideas», dice Quílez. «Quizás por eso tenemos poquita compañía, por eso y porque desde hace tiempo es muy complicado poner nuevas cosas en el quiosco».
«Vivimos el día a día siendo conscientes de estar en una especie de excepción, de milagro», remata Monteys. «La verdad, no nos importaría tener competencia y somos muy fans de las otras revistas de humor que quedan. ¡Retranca o el TMEO son lectura recomendada!»"
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miércoles, 7 de julio de 2010
HOY DÍA
"Mister K no cuajó y no sabemos todavía por qué. Bueno, no sabemos por qué, entendemos que era una revista que estaba fuera de su tiempo, seguramente [...]. O a lo mejor es que realmente sacar ahora mismo una revista a quioscos es un acto suicida, sea una revista infantil o sea una revista de humor. Yo siempre digo que si El Jueves, que lleva tantos años en los quioscos, saliera ahora nueva, seguramente fracasaría. El Jueves funciona porque tiene un espacio reservado en los quioscos y todo eso, pero ahora mismo sacar una revista nueva a un quiosco es como escupir en el mar. Queda, vamos, diluido".Albert Monteys, entrevistado en Koomic TV
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lunes, 15 de marzo de 2010
PROFESIÓN, VOCACIÓN, COMIC BOOK... NOVELA GRÁFICA
"Mi trabajo para El Jueves, a decir verdad, es un poco alimenticio, También es dibujar, claro, que es lo que a mí me gusta, pero no es exactamente lo que yo querría. Me considero un profesional, obviamente, pero es cierto que a veces uno se plantea si no sería mejor abandonar esa postura y abordar los cómics de manera más vocacional. De hecho, me estoy planteando muy seriamente dejar lo de El Jueves y prepararme unas oposiciones o algo así, porque de pronto me encuentro con que ha pasado un año y no he tenido tiempo para hacer nada más que lo de El Jueves, que está muy bien, pero a mí también me gustaría hacer otras cosas. Me gustaría tener un mes para poder dedicarme a preparar mi comic book, porque ahora mismo tengo muchas ideas pero no puedo sentarme a hacerlas. Tengo cinco minutos libres, media hora. [...] Si hay muchos jóvenes que no son fiables para entregar todos los meses, es porque el pez se muerde la cola. Por una parte no hay gente que se pueda dedicar 24 horas al día a un tebeo para sacarlo cada mes, porque los tebeos no se venden, y los tebeos no se venden porque no salen regularmente. Lo que pasa es que siempre tiene que haber gente que se tire de cabeza al mar, que se arriesgue, como es el caso de Germán [García], al que admiro por haber hecho lo que quiere hacer, que es lo que yo me estoy planteando seriamente. Lo hago y, si veo que dentro de un año la cosa no ha funcionado, pues bueno, ya he sacado doce números y tampoco me voy a quedar muerto de hambre en un arroyo. [...] Yo creo que es cuestión de arriesgarse, y si realmente la cosa no va bien, dentro de cuatro o cinco años la cosa va a petar y no habrá más gente dispuesta a seguir así, primero porque las editoriales no tienen grandes beneficios, simplemente cubren gastos, y segundo porque los dibujantes llegan a un punto en el que tendrán que hacer algo para vivir, a no ser que con 50 años sigan en casa de sus padres. En el futuro hacer tebeos va a suponer un sacrificio mucho mayor, y hará falta gente que se moje el culo".
Albert Monteys, entrevistado hace más de diez años por Santiago García (visto en Mandorla). En concreto, para la revista U, (nº 5, 1997), una entrevista que ahora ha rescatado Jose A. Serrano para Guía del Cómic, donde está recopilando un montón de entrevistas a autores españoles. He copiado ese extracto porque me ha asombrado realmente. Tengo la entrevista impresa pero, claro, hace años que no la había releído, y sorprende todo lo que Monteys está prefigurando en sus respuestas sobre el panorama actual, no de 1997, del cómic español. Nótese que habla de "mi comic book" para ese proyecto personal que soñaba con realizar a largo plazo, porque entonces la única salida para publicar eran los tebeos de grapa, como el número único que había publicado entonces de CALAVERA LUNAR, un tebeo de grapa en blanco y negro. Tebeos de grapa que se vendían en librerías especializadas en cómic, pero no en librerías generales, a las que acude a comprar el público general. Porque las librerías generales no venden tebeos de grapa. Libros sí. El otro día en Barcelona lo hablaba con Juanjo Sáez (bajo estas líneas, portada de su novela gráfica VIVIENDO DEL CUENTO, Mondadori, 2004). Hoy parece a veces, cuando lees o escuchas ciertas cosas, que el mercado actual haya existido siempre, pero eso no es así en absoluto. Hace diez años, o trece (los que tiene esa entrevista a Monteys), el mercado español era infinitamente más raquítico que ahora, tras la crisis monumental que asoló la industria nacional durante los noventa y que acabó con revistas y álbumes españoles (muchos autores consagrados en los ochenta, que vivieron entonces del cómic, se tuvieron que marchar a la ilustración, al diseño gráfico o a otros campos para poder vivir). Y si en 1996-97 era difícil publicar, y distribuir, un simple tebeo de grapa en blanco y negro, como los de Germán García que cita Monteys (TESS TINIEBLAS, Camaleón Ediciones) o el propio de Monteys (CALAVERA LUNAR, Camaleón), imaginemos ahora lo inconcebible que era para un autor español pensar en publicar una novela gráfica.
Hoy los autores españoles publican cómics en formato libro, con tapa dura y color si es necesario, en muchos casos producidos directamente para España. Cómics que se venden en una red amplia de librerías que incluyen las especializadas y, hoy también, las generales. Que es donde suele comprar el público general. Muchos de esos historietistas que publican actualmente, tal como vaticinaba Monteys, no viven del cómic porque cada título no vende lo suficiente como para poder vivir de ellos. La oferta es muy amplia y variada, y por tanto la competencia, mayor. Como en la literatura, la mayoría de autores tienen otros trabajos; escribir libros, hacer tebeos, es su vocación, un medio de expresión personal. Y cuando se hacen las cosas como medio personal de expresión, y no para satisfacer necesidades comerciales de una industria, de un editor, ese planteamiento creativo tiene que cambiar por fuerza, profundamente, el tipo de material que se publica; tiene que diversificar inevitablemente las obras, las temáticas, los géneros (o ausencia de ellos), los estilos, los formatos.
Tomemos también de ejemplo EL ARTE DE VOLAR (De Ponent, 2009), un cómic cuyos autores han hecho por vocación y expresión personal. Antonio Altarriba es profesor universitario y de eso vive, Kim trabaja desde hace muchos años publicando en El Jueves y no creo que esperase ganar mucho por dibujar EL ARTE DE VOLAR. Ése, el de Juanjo Sáez, el de Altarriba y Kim y muchos otros autores, es el "nuevo cómic" al que se ha terminado apodando novela gráfica por la fuerza de los hechos; da igual que el término nos disguste porque es el que se ha impuesto, el que reconoce el público y, lo mismo que en su momento se impuso comic book (que de book no tenía nada) en Estados Unidos para denominar a sus cuadernillos de grapa, novela gráfica es un término convencional que, por su misma convención, no designa realmente "novelas". En la mente de quien lo dice, lo oye o lee, el concepto novela gráfica alude al cómic. Al nuevo cómic, para ser más exactos. Sirva esto como resumen español de lo que viene sucediendo en un movimiento internacional que arranca principalmente de Estados Unidos y abarca ya varias décadas, pero que se ha desarrollado y consolidado plenamente durante los últimos diez años.
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