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miércoles, 29 de abril de 2020

El virus de la ira


La película 28 días después (2002, dir. Danny Boyle) empieza como El día de los trífidos (1955), la novela de John Wyndham. Un joven despierta en un hospital y descubre que, mientras se recuperaba, el mundo se ha ido a la mierda. Después sigue como, bueno, El día de los trífidos, y me refiero a la estructura de la historia, no a los detalles. Recuerdo que lo detectó sagazmente en su estreno ese juggernaut del guión que es mi colega Santiago García, y quise comprobarlo leyendo la novela de Wyndham. Tenía razón. 28 días después estaba escrita por Alex Garland (director y guionista de Ex Machina y Aniquilación), pero a mí me gusta más la secuela. 


[Todo lo que sigue contiene spoilers sobre el argumento de las obras comentadas; de lo contrario no se podría hablar de las cosas, así que avisados quedáis]


28 semanas después (2007), dirigida por el canario Juan Carlos Fresnadillo y coescrita por él y diversos guionistas, es otra película postapocalíptica de epidemia que contiene escenas inolvidables. El comienzo, para empezar. Un matrimonio y otros refugiados viven confinados en una granja de las afueras de Londres para refugiarse del virus de la primera película. La llegada de un niño hambriento les lleva, no sin discusiones, a romper el confinamiento para acogerle, ya que parece sano; pronto descubren con horror que le han seguido un grupo de contagiados, que rápidamente consiguen entrar en la casa. El marido termina abandonando a su mujer a su suerte para escapar de los infectados; el reencuentro posterior con sus hijos hará discurrir la relación paternofilial por derroteros aún más inquietantes. Lo interesante ahora es que tanto 28 días después como su secuela (también se han hecho cómics y se prepara una tercera película) planteaban una epidemia que convertía a la gente en una especie de zombies “realistas”, gente muy furiosa tras infectarse de un virus altamente contagioso creado en un laboratorio como supuesto antídoto contra la furia del ser humano. El virus, que en realidad ha mutado y causa el efecto inverso, sale accidentalmente del laboratorio cuando un grupo de activistas irrumpen para liberar a los chimpancés que sirven de cobayas. La infección se extiende rápidamente por Gran Bretaña, que es puesta en cuarentena, pero la evacuación tardía de la población provoca el contagio de la mayoría. El efecto principal de este virus, una variante ficticia de la rabia, es provocar una ira incontrolable en el sistema nervioso. 



En su ensayo Ira y tiempo (2006), Peter Sloterdijk explora el peso que ha tenido la ira como factor psicopolítico a lo largo de la historia de Occidente, teniendo en cuenta que aparecía destacada en el primer verso de la Ilíada, es decir, la primera frase de la tradición cultural europea: “La ira canta, oh diosa, del Pelida Aquiles...”. La ira de Aquiles no solo es el tema principal de la Ilíada sino que, según Sloterdijk, ha adoptado diversas formas a lo largo del tiempo para impulsar la historia occidental. En épocas modernas, la ira permite recoger con esmero, indica el teórico alemán, los frutos sembrados previamente de manera consciente. “A través de la cultura del odio, la ira se lleva al formato de proyecto”,  a través de agentes que pueden recordar “no sólo la injusticia” que se les ha ocasionado, “sino también los planes para su represalia” (traducción del alemán de Miguel Ángel Vega y Elena Serrano para la edición de Siruela, 2010). Según Sloterdijk, la ira en nuestros tiempos se habría transformado en objeto de cultivo —habla de “bancos de ira” que alimentan las energías thimóticas— para producir un proyecto de futuro. Es significativo reparar ahora en que el virus cultivado en el laboratorio de 28 días después era un experimento para controlar precisamente la ira de masas vertida en manifestaciones y protestas. 


Ira y tiempo es también una de las inspiraciones para La cólera (2020), del mencionado Santiago García y Javier Olivares, una extraordinaria novela gráfica que sugiere a través del lenguaje artístico del cómic sus propias hipótesis sobre la historia occidental. Invito al lector a descubrirlas por sí mismo tras la cuarentena, pero digamos ahora solamente que entre sus impactantes dobles páginas que reescriben a Homero y la cólera de Aquiles encontramos una epidemia —la peste de la Guerra de Troya— y una “distopía” donde la sociedad está fuertemente jerarquizada: entre ricos y pobres, entre nacionales y extranjeros refugiados de guerras que se libran en países lejanos para que “no llegue aquí”, entre hombres y mujeres objeto subordinadas a ellos. 

La tercera edad como alimento


“El año: 2022. El lugar: la ciudad de Nueva York. La población: 40 millones”, dice un rótulo al comienzo de Soylent Green (1973, dir. Richard Fleischer), mientras un altavoz recuerda  a la gente el toque de queda. En esta distopía de ciencia ficción informada por las preocupaciones ecologistas de los sesenta y setenta —está basada en la novela de Harry Harrison ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! (1966)—, la superpoblación ha conducido a un mundo asolado por la contaminación y la pobreza. Los suministros y alimentos naturales escasean, el calor es permanente debido al efecto invernadero (Charlton Heston, el protagonista, se pasa la película sudando a chorros) y las mujeres guapas son literalmente “furniture”. “Muebles” que vienen incorporados con la casa, al servicio sexual y doméstico de inquilinos de la élite rica. Hay otro detalle argumental de la película que recuerda todo aquel que la ha visto: los ancianos, como el conmovedor Edward G. Robinson en el papel del profesor Sol Roth (el actor sufría de un cáncer que solo él sabía terminal; murió doce días después del rodaje de la película), pueden elegir una eutanasia “feliz”. Un suicidio asistido por el gobierno mientras contemplan imágenes idílicas del mundo que fue: prados verdes, animales en libertad, océanos limpios. Tras morir, sus cadáveres son procesados en plantas secretas de reciclaje como alimento de masas: el Soylent Green del título, cuya versión traducida en España lo resumía todo. Cuando el destino nos alcance.



“Soylent Green is people!”, denunciaba el personaje de Heston. Parece inevitable establecer un paralelismo con el trágico destino de tantos ancianos en la presente crisis sanitaria. En España son literalmente los niños de la Guerra Civil, la generación que levantó el país tras el desastre que ha marcado nuestro devenir histórico. En Estados Unidos, el vicegobernador de Texas, el republicano Dan Patrick, declaraba el pasado marzo que no había ningún dilema para abordar la crisis del Covid-19: había que salvar la economía, punto, y por tanto evitar las medidas de confinamiento forzoso. "Los que tenemos 70 años o más, nos cuidaremos nosotros mismos. Pero no sacrifiquemos al país", declaró Patrick con una lógica implacable de raíz calvinista y libertarian. La “economía” sería ahora, pues, la que canibaliza a los ancianos, un capitalismo a los que muchos siguen dispuestos a no poner límites. "Nadie me ha contactado y preguntado: 'como adulto mayor, ¿está dispuesto a arriesgar su supervivencia a cambio de mantener el Estados Unidos que Estados Unidos ama para sus hijos y sus nietos?'”, proseguía Patrick. “Y si ese es el intercambio, yo estoy dispuesto" (fuente: BBC). Como en Soylent Green, los ancianos deben sacrificarse para “alimentar” a los más jóvenes, en general más resistentes al virus.

El último hombre vivo (The Omega Man, 1971, dir. Boris Sagal) es otra distopía con epidemia protagonizada también por Charlton Heston, enseñando pecho lobo de nuevo tras el enorme éxito de El planeta de los simios (1968), ahora en una película que tiene ritmo, música y actriz (la carismática afroamericana Rosalind Cash) de blaxploitation. Se trata de una adaptación libre de Soy Leyenda (1954), base del moderno subgénero zombie según confesión de su padre, George A. Romero. En esta película, el “último hombre vivo” sobrevive en un mundo de infectados (“La Familia”, un guiño de la época contra la Familia Manson) por una plaga producto de una guerra bacteriológica, que sin embargo “parece afectar menos” a los jóvenes. Ahí estaba el “dato” de nuevo, en ficciones previas a nuestra realidad presente. El doctor Robert Neville (Charlton Heston) se había conseguido salvar del virus gracias a una vacuna experimental, pero lo más memorable de la película eran sus impresionantes planos generales, rodados no en decorados sino en las calles desiertas de Los Ángeles.



Planos como los de la escena inicial, que supera el comienzo de la novela de Richard Matheson. De hecho, la adaptación cinematográfica de 2007 Soy leyenda (dir. Francis Lawrence) se apropió y rehizo aquellos planes generales de la gran ciudad vacía, ahora mejorados con efectos digitales.

[Alejandro Amenábar rodó la famosa escena de la Gran Vía madrileña, desierta en Abre los ojos (1997), durante un puente de mediados de agosto, temprano por la mañana]


Regiones devastadas


El mundo urbano desierto, con calles y estructuras humanas abandonadas, tomadas por animales salvajes. Como los de esos videos que estas semanas compartíamos conmovidos en redes sociales. Jabalíes que campan a sus anchas por barrios “buenos” de la ciudad; peces y medusas nadando en los canales venecianos, flamencos en una playa urbana completamente vacía... de seres humanos. Fantasías hoy materializadas que venían filtrándose en una cantidad significativa de ficciones previas. Cangrejos que vuelven a tomar los aeropuertos. Ejem. La naturaleza “reclama lo que es suyo”, como si nosotros no formásemos parte de ella. Buena parte de la tradición del “género” en el que vivimos estos días está llena de ese tipo de imágenes, en particular las del western postapocalíptico. Desde la saga Mad Max (1979–) de George Miller, a series de cómic como Jeremiah (1979–), de Hermann, y Hombre (1981-1992), de Antonio Segura y José Ortiz. Los historietistas argentinos Ricardo Barreiro y el tristemente fallecido Juan Giménez —el pasado 2 de abril, a causa del coronavirus— realizaron en ese territorio de calles desiertas la que para mí es su mejor colaboración, Ciudad (1982-1983), una serie que llevaba el planteamiento de aventuras postapocalípticas al territorio simbólico de la metaficción y la mise en abyme





El antecedente ilustre de todos esos tebeos de ciencia ficción es El Eternauta (1957-1959), obra maestra del cómic argentino cuyo arranque ha sido recordado por muchos madrileños al comienzo del confinamiento porque, como en las viñetas de H. G. Oesterheld y Francisco Solano López, nevaba en la capital. En el cómic, una aproximación costumbrista al subgénero desde una perspectiva colectiva de personas comunes, los supervivientes de un misterioso apocalipsis se protegen con trajes caseros de una nevada tóxica. Próximamente, una serie de Netflix.


El cómic independiente reciente no es ajeno en absoluto a esta tradición, que ha releído desde su propio lenguaje. Hay muchos ejemplos, pero basta citar ahora unos cuantos. Gabriel Corbera plantea en su memorable Días más largos que longanizas (2016; existe edición previa en inglés de 2014) una “mazmorra” interminable, un mundo desolado y desierto salvo puntuales enemigos con rostro de calavera. Por él avanzan en una fuga hacia adelante dos personajes sin pasado y, sobre todo, sin futuro, cada vez más agotados por el cansancio y la soledad. O el mundo como un videojuego en el que estamos atrapados. El nuestro, sin embargo, se compone de días iguales, cada vez “más cortos”.

Tokyo Zombie (1998-1999), de Yusaku Hanakuma, ya lo deja claro el título, es una revisión del género zombie desde el manga alternativo más borrico, entre el humor negro y la sátira social. En la historia, que creció de manera improvisada, hay un momento en que empiezan a organizarse “combates de zombis” al estilo gladiador para “contentar a los ciudadanos (es decir, a los ricos)”. Se adaptó al cine en 2005 en una película homónima (dir. Sakichi Sato) que no he visto. El manga de Hanakuma, con su violencia humorística de “niño” cafre que no respeta ningún tabú, se adelanta al Pudridero (2009-2018) de Johnny Ryan. Un momento, que esto me suena de algo [pausa para Google]. En efecto, cuando el Tokyo Zombie se publicó en inglés en 2008 (lo editó Last Gap, legendaria editorial del comix underground de San Francisco fundada en 1970), la contracubierta llevaba una cita de Johnny Ryan detectada en Mandorla: “Este libro es la hostia de impresionante”, afirmaba Ryan. “Tokyo Zombie es retrasado, raro, violento, bizarro, horripilante, hilarante y pornográfico. En otras palabras, todo lo que debería ser un cómic y algo más". Al año siguiente, Ryan publicaba el primer número de Prison Pit, Pudridero.

A Lando, una suerte de Moebius indie con tonos ballardianos, también le gusta dibujar fantasías postapocalípticas de regiones devastadas, en historietas cortas y habitualmente mudas como “Last Drink” (recopilada en Gardens of Glass, 2014, arriba). Significativamente, su sello de autoedición, cofundado con su amigo Stathis Tsemberlidis, se llama Decadence Comics. Regiones Devastadas, por cierto, fue el nombre de una efímera banda musical española bastante curiosa, con nombre inspirado por el Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones (1938-1957), fundado por el régimen franquista para la reconstrucción de pueblos y ciudades destruidos por la Guerra Civil. Sí, donde crecieron muchos de los niños que lograron sobrevivir a aquella miseria de nuestra posguerra para morir hoy a causa de un nuevo virus.

Una nave aterriza en la Tierra. Sus astronautas, todas mujeres, vienen de otro planeta buscando varones para reproducirse. Pero en la Tierra no queda nadie. Salvo “la última mujer viva”, una joven que se llama como la autora, Jessica Campbell. Me refiero al estupendo XTC69 (2018), en el que una guerra bacteriológica-nuclear (que no falte de ná) ha dejado pelada la Tierra, un apocalipsis que se aborda en clave humorística y de sátira feminista. En Black River (2015), una banda, integrada también solo por mujeres, lucha por sobrevivir en otro mundo postapocalíptico heredero del horror realista de La carretera (enseguida llegamos a ella). El autor de este cómic, Josh Simmons, ostenta un récord para mí personal: la crueldad de sus viñetas me ha hecho cerrar sus tebeos más de una vez para retomarlos después con mejor ánimo. El caso es que en estos días de realidad extrema han sido dos mujeres reales las que, en mi opinión, han protagonizado las escenas más dignas (personal sanitario aparte, por supuesto, y de suministros, alimentación, limpieza, transporte...). Me refiero ahora a Angela Merkel, científica y estadista, explicando con franqueza y humildad las medidas frente al coronavirus, sin esa retórica pomposa que solo revela el narcisismo de ciertos gobernantes masculinos, rellénese la línea de puntos __________________. Y a Margarita Robles, jueza y ministra, despidiendo con emoción no fingida a los fallecidos por el virus en el madrileño Palacio de Hielo.

Niños caminando por un mundo devastado. Eso es básicamente Vic and Blood (1988), el cómic de Harlan Ellison y Richard Corben inspirado en los relatos del primero, con un niño y su perro telepático que sobreviven como malamente pueden en el mundo amoral resultante de una guerra nuclear. En el manga de Minetarô Mochizuki Dragon Head (1994-2000), tres adolescentes se enfrentaban a un mundo destruido por un misterioso cataclismo. Como le sucede a otros mangas de éxito, conforme acumulaba páginas a petición del público, y sobre todo del editor, más se desvirtuaba su misterio y fuerza inicial. Otro apocalipsis innombrado estaba en la base de Dogs and Water (2004), de Anders Nilsen (en España se tradujo en la antología Mitologías, 2006). Cómic de vanguardia deprimente pero magnético por cuyas viñetas sin marco, fundidas con el blanco de la página, camina sin descanso otro niño con perro (de peluche) a través de un mundo vacío donde la civilización se ha venido abajo. No sabemos por qué pero ya no importa, como en La carretera (2006) de Cormac McCarthy. Aquí el niño caminaba de la mano de su padre; el póster de la película homónima (2009, dir. John Hillcoat) que adaptó dignamente la novela ha sido carne de meme durante nuestra cuarentena (debajo). McCarthy, padre ya muy mayor de un niño muy pequeño en la vida real, fue incapaz de cerrar la puerta a la esperanza final para el niño de su novela. Pero el último párrafo delataba sus verdaderos pensamientos: "Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio” (traducción de Luis Murillo para la edición española de Mondadori, 2007).


David Sánchez, padre también, aborda la cuestión del miedo a la muerte del hijo en la abrumadora obertura de su cómic Un millón de años (2017). Un padre intenta salvar a su hijo, parasitado por un extraño insecto, en un desierto “bíblico”, abiertamente místico y "psicodélico". Pero no nos olvidemos de los niños y niñas como resilientes ante el “virus”, elemento recurrente en la tradición de ficción de la que hablamos. Las viñetas de El último recreo (1982-1983), de los argentinos Carlos Trillo y Horacio Altuna, llevaban por caminos de mocedades su premisa postapocalíptica, típica por otra parte del miedo nuclear de los ochenta. Los efectos de una bomba bacteriológica especial, llamada “Sex Bomb”, han matado a todos los adultos del mundo. El mismo destino espera a los niños supervivientes cuando, en su adolescencia, despierten sexualmente. La premisa servía para abordar con sensibilidad la psicología infantil y el descubrimiento del mundo adulto en un peculiar “paraíso adánico”, despiadado, sin Dios, cuyos habitantes impúberes parecen condenados al eterno retorno repitiendo los pecados de sus padres. 

Futuros presentes

En el mundo de Children of Men (2006, dir. Alfonso Cuarón, basada en una novela de P.D. James de 1992), lo que falta son precisamente niños. Ambientado en el Londres de 2027, en una sociedad al borde del colapso por dos décadas de infertilidad global, lo más aterrador de la película es lo rápidamente que su distopía está cobrando realidad “antes de tiempo”. Imágenes de ricos aislados en su “cúpula” lujosa, clases medias muy empobrecidas, atentados de bandas violentas que luchan contra un Estado autoritario, refugiados que son conducidos como ganado a campos de prisioneros antes de su deportación [la serie HBO Years and Years (2019, Russell T Davies) bebe bastante de ella]. El caso es que desde el pasado domingo nos parecemos a esos asombrados personajes de Children of Men cuando contemplan a un niño en la calle después de tanto tiempo sin ver uno. La crisis de refugiados de 2015 nos ofreció imágenes demoledoras que parecían sacadas directamente de Children of Men, pero estos días de coronavirus nos han traído otras imágenes, alucinantes por su significado inverso. Países africanos que cerraban sus fronteras a Europa para que no les llevásemos la enfermedad; marroquíes y argelinos que pagaban más de 5.000 euros para escapar en patera desde España e Italia y regresar a su país de origen.

“Quiero salir ya de esta serie de ciencia ficción en la que estamos viviendo”, me decía una profesora, colega de universidad, hace unos días. “¿Por qué pensamos que estas cosas han sucedido antes?”, escribía Don DeLillo en Ruido de fondo (White Noise, 1985). “Muy sencillo: han sucedido efectivamente antes, en nuestra mente, como visiones del futuro. Dado que se trata de precogniciones, no podemos acoplarlas a nuestro organismo tal y como se encuentra estructurado. Se trata básicamente de fenómenos sobrenaturales. Estamos contemplando el futuro pero ignoramos cómo procesar la experiencia. En consecuencia —proseguía DeLillo—, la mantenemos oculta hasta que la precognición se convierte en realidad, hasta que nos enfrentamos al acontecimiento real. Sólo entonces somos libres de recordarlo, de experimentarlo como algo familiar” (traducción de Gian Castelli para la edición española de Circe, 1994). Conviene recordar que el argumento  de Ruido de fondo planteaba una evacuación en una pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano ante el avance de una nube tóxica, causada por un accidente en un convoy ferroviario de productos químicos.

En el desconcertante segundo acto de David Boring (seriado en Eightball nºs 19-21, 1998-2000), de Daniel Clowes, el joven protagonista es llevado para recuperarse de sus heridas, de bala y de amor, a una casa familiar situada en un islote en medio un gran lago, lejos de la civilización. Días después un visitante les trae noticias del mundo, y no son buenas. Ha habido un ataque terrorista con bombas bacteriológicas. El visitante, August, un tío abuelo de David Boring que ha conseguido escapar, les informa: “¡El aire está lleno de veneno!” Sigue un psicodrama de suspense y horror apocalíptico en el que los personajes permanecen recluidos, reviviendo, como comentó Santiago García, El ángel exterminador (1962) de Buñuel, “o tal vez la tensa espera del fin del mundo que se contaba en La hora final (1959), una película de Stanley Kramer donde un grupo de personas esperan en las costas australianas la llegada de la nube tóxica que ha acabado con el resto de la humanidad”. Una noche, la madre de uno de los personajes desaparece en el lago; su bote flota volcado. El tío August se pregunta si acaso el veneno del aire no hace algo a la mente. Días después, el propio August amanece muerto en su cama. “Tenía razón” —piensa David Boring—, “y, por lo que sabemos, microbios horribles estaban invadiendo en ese momento cada uno de nuestros poros”. Otro de los personajes confinados, Hulligan, mantiene sin embargo que todo es mentira, que él todavía ve pasar en el horizonte barcos y aviones. “¡El mundo aún no se ha terminado!”. La falta de alimentos y otros sucesos obligan a Hulligan y David Boring a volver en barca al mundo urbano.

En el tercer acto, David Boring descubre que Hulligan tenía razón. El ejército o la policía, se da a entender, consiguió resolver el asunto terrorista; el mundo ha sobrevivido. “¡Ya te dije que toda esa basura sobre el fin del mundo eran tonterías!” Una nueva personaja, Kandi Lutz, opina diferente: “Esto es solo el principio. Nos matarán a todos antes de que terminen”. Lo que continúa es ya un drama psicológico-romántico que sigue la obsesión del protagonista con una mujer “duplicada” al estilo Vértigo (1959) de Hitchcock. Significativamente, en la segunda de cubiertas de ese número (Eightball nº 21, 2000, arriba), Clowes dibuja dos afiches con “fotogramas” (viñetas) de la “película”, que incluyen el título y el nombre de los “actores”/personajes; una de las imágenes pertenece a una escena que no hemos visto dentro de la diégesis narrativa (el ataque terrorista, que revisado hoy parece un escalofriante adelanto del 11-S). En la tercera de cubiertas, es decir, justo antes de cerrar el tebeo y la historia, Clowes escribe el reparto completo de personajes (“por orden de aparición”). De hecho, hacia el final el protagonista parece cobrar una ambigua conciencia de que es un personaje de ficción; en sueños vislumbra en el cielo el rostro de su creador (aka Clowes) mirándole fijamente. Dios “tiene su propia agenda”, piensa David Boring. “¿Y quién soy yo para cuestionarla?”  En la antepenúltima viñeta, acepta su destino final como “una bolsa de quietud entre el clímax y el olvido”.

El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas

En el caso de Agujero negro (1995-2005), de Charles Burns, la epidemia, por el contrario, solo afectaba a los jóvenes. “Llevó un tiempo, pero finalmente se dieron cuenta de que era algún tipo nuevo de enfermedad que solo afectaba a los adolescentes. La llamaron ‘la plaga teen’ o ‘el bicho’, con todo tipo de síntomas impredecibles... Para algunos no fue demasiado dramático: unos bultos, quizá un feo sarpullido. Otros se transformaron en monstruos o les crecieron nuevos apéndices. Pero los síntomas no importaban... una vez que te ponían la etiqueta, te convertías en ‘eso’ para siempre”.

Como en otras obras de Burns, la plaga, las mutaciones y la imaginación biomórfica freak son alegorías más o menos implícitas sobre sus temas personales, en este caso su propia adolescencia en el Seattle de los años setenta. Alegorías representadas mediante imágenes reprocesadas en la tradición del pop art, con un cruce gráfico “imposible” entre los tebeos de la EC de los cincuenta, el Batman entintado por Charles Paris y la línea clara de Tintín, alimentos infantiles de Burns. La plaga que se transmite a través del sexo entre teenagers de Agujero negro es, por cierto, una de las fuentes de la que bebe la película It Follows (2014, dir. David Robert Mitchell), lo mismo que su tratamiento ambiguo de lo fantástico, entre el misterio literal y lo alegórico.

La joven protagonista de Lo que más me gusta son los monstruos (2017), de Emil Ferris, es una niña de diez años, Karen Reyes. Se ve a sí misma como una freak en una sociedad que le rechaza, y por eso se representa en el cuaderno de bocetos (que es el cómic en sí mismo) como una chica-lobo, y a sus mejores amigos como una chica vampiro y un joven Frankenstein negro. Es decir, los Tres Grandes de los Famosos “Monsters” del Cine. En esta obra de Ferris, sin duda uno de los grandes cómics de los últimos años, el monstruo/freak es solo una metáfora visual para la inadaptación de una chica que busca su identidad, personal y sexual, en una novela de formación básicamente realista, solo que narrada a través de la niña protagonista. Hay que tener presente que Karen Reyes vive, como la autora durante su infancia, en un barrio pobre de minorías étnicas en el Chicago de finales de los sesenta. La década en que, como observó Susan Sontag, los freaks —los “monstruos” reales, personas con deformaciones o fuera de la norma social— se convirtieron en un tema público y legitimado del arte. La década en que emergía una nueva contracultura juvenil que produciría revoluciones hippies y feministas, activismo pacifista contra la Guerra del Vietnam... y mucho comix underground, de cuya tradición Ferris viene en buena parte.

En los sesenta los comix underground de Robert Crumb, Gilbert Shelton & co. hicieron del freak el protagonista de sus viñetas, una figura con la que los jóvenes de esa contracultura se identificaban para rechazar a la autoridad y la cultura de sus mayores. Pero antes incluso de los underground, en la Marvel de Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y otros autores, se había configurado una figura que podemos llamar el superhéroe-freak. En los nuevos héroes de la Marvel de los primeros sesenta, el origen del superpoder solía estar en un accidente asociado a la radiación: rayos cósmicos, radiactividad de laboratorio o de residuos tóxicos, rayos de una Bomba Gamma... pero aquello que daba poder al superhéroe le convertía al mismo tiempo en freak. Como señaló Enrique Vela en un fabuloso artículo (“¿De qué hablamos cuando hablamos de Marvel?”, en U nº 7, noviembre 1997), el origen del superpoder Marvel apartaba al héroe de la humanidad (La Cosa de Los 4 Fantásticos, un héroe resentido por perder su forma humana; Hulk, abiertamente un monstruo lleno de ira incontrolable), lo asociaba a taras físicas (la ceguera de Daredevil, la cojera de Donald Blake/Thor, el problema cardíaco de Tony Stark, etc.) o incluso le convertía en un fugitivo perseguido por la autoridad (Hulk, Spiderman).


En el caso de los X-Men, la metáfora sobre los cambios físicos de la pubertad y el angst derivado de ella (como la plaga del Agujero negro de Burns) aún era más evidente porque se trataba de “mutantes” que no habían adquirido sus superpoderes por accidente sobrevenido sino que habían nacido así. Rarezas de feria que debían educarse en un colegio especial (“para jóvenes talentos”), pronto perseguidos como “amenaza mutante”. Tengamos en mente que buena parte del público de estos tebeos, me refiero en su época, tenían una edad parecida a los personajes: como Peter Parker/Spiderman o La Patrulla-X, los lectores eran adolescentes. Superhéroes-freak que quedan muy lejos hoy de la versión reciente de los héroes Marvel, apolínea e integrada en el sistema capitalista, tras su paso al cine en los blockbusters de Hollywood.

En fin, en Marvel también podemos encontrar supervillanos tardíos como Pandemic (2007) y miniseries como Marvel Zombies (2005-2006). Esta última, de Robert Kirkman (el hoy famoso guionista cocreador de The Walking Dead) y Sean Phillips, se desarrolla en un universo alternativo en el que casi todos los héroes Marvel se han convertido en zombies tras ser infectados por un misterioso superhéroe llegado de otra dimensión. Tiene mucha guasa ver a los superhéroes Marvel convertidos en zombies, putrefactos, impulsados por una constante “hambre” de carne humana. En un momento dado, se quedan sin “comida” porque ya han devorado a todos los humanos del planeta. ¿Para cuándo la versión de Marvel Studios, con los actores habituales en las películas recientes? Chris Evans, Scarlett Johansson, etc.

Conspiranoia viral

Utopia (2013-2014), la serie televisiva británica creada por Dennis Kelly, es un thriller de ciencia ficción y humor negro con aroma a Los Invisibles (1994-2000), el cómic de Grant Morrison, Phil Jimenez y otros dibujantes. La vi por recomendación de Kano, verdadero experto en decrecimiento y teoría del declive [por cierto, te recomiendo si no las has visto ya El declive (2020, dir.  Patrice Laliberté)]. La trama de Utopia plantea una conspiración cuyas claves se revelaban desde un cómic de culto. “No es un cómic. Es una novela gráfica”, insiste al comienzo Becky, una estudiante de posgrado que quiere hacer su tesis sobre The Utopia Experiments, el susodicho cómic.

El manuscrito inédito de la secuela de ese cómic, perdón, novela gráfica, será objeto de búsqueda por varios grupos, entre ellos los despiadados sicarios de una organización llamada La Red. El misterio oculto en el cómic es que unos científicos han desarrollado una proteína, bautizada Janus —como el dios romano de umbrales, comienzos y finales—, para esterilizar al 90% de la especie humana: la “solución final” a los problemas derivados de la superpoblación y el declive de recursos. Se acabaron los niños, como en Children of Men, pero aquí como remedio. Para colmo de males (¿o de beneficios para la humanidad y para un planeta exhausto en la era del Antropoceno? ¿utopía o distopía? ¿héroes o villanos?), La Red ha introducido a Janus en una vacuna contra una “gripe rusa” cuya epidemia se extiende por Gran Bretaña causando el pánico. La “utopía” está servida.

Durante las primeras semanas de nuestra epidemia real la conspiranoia también estuvo servida. Sobre todo para las “mentes sutiles”, el feliz término que acuñó Emmanuel Carrère (en su novela Limónov, 2011) para aludir sarcásticamente a periodistas y observadores obsesionados con que “no les engañen”, que se especializan en creer lo contrario de los discursos oficiales y medios generales. Así, el coronavirus no vendría de China sino que sería, como en 28 días después o Utopia, una “creación de laboratorio”. En concreto, una “creación de Estados Unidos” para "la guerra bacteriológica" y así "detener o retrasar la locomotora china". La idea se atribuyó incluso a Noam Chomsky, que en realidad jamás había declarado eso. Al contrario, Chomsky había afirmado que no había credibilidad en la idea de que el virus se había propagado deliberadamente, y hubo que desmentir el bulo.

Le siguió otra explicación del coronavirus con varias ramificaciones. El SARS-CoV-2  habría salido de un laboratorio, pero en esta versión era chino. Unos cables de 2018 de la embajada estadounidense en Pekín que advertían de un posible bajo nivel de seguridad en el Instituto de Virología de Wuhan apuntarían a la hipótesis de la “fuga de laboratorio”, que supuestamente vendría confirmada por las restricciones de información sobre el virus por parte de las autoridades chinas. Trump, desde Fox News, voceaba a mediados de abril que el paciente cero había sido un científico de ese Instituto de Wuhan que estudiaba una cepa procedente de murciélagos. La viróloga Shi Zhengli —a la que sus propios colegas apodan Batwoman, esto me encanta, porque es experta en virus de murciélagos de las cuevas chinas— trabaja en ese instituto de Wuhan y ya juró por su vida (el 2 de febrero en concreto) que el coronavirus no había salido de su laboratorio. A Zhengli, de hecho, la llamaron a finales de diciembre de 2019 para investigar un “virus desconocido” que había provocado neumonía a dos pacientes en Wuhan. El resto de la película nos lo sabemos de sobra.

Otros científicos, colegas occidentales de Zhengli, insisten en que la realidad es mucho más prosaica que una conspiración de ciencia ficción. Gente que entra en cuevas de murciélagos para cazarlos o que vive cerca de ellas en el sudeste asiático son fuentes habituales de propagación de estos coronavirus. Peor aún ha sido la tormenta generada por una entrevista del francés Luc Montagnier, Nobel de Medicina en 2008, donde afirmaba que el SARS-CoV-2 posee “secuencias en su genoma que provienen del VIH” y que, para abreviar, sería un producto de laboratorio.

La realidad es que el VIH y el SARS-CoV-2 comparten una pequeña secuencia de genomas que sí existen en la naturaleza y que están presentes en otros coronavirus. También hay estudios científicos, como el publicado en la revista Nature Medicine, que concluyen que el SARS-CoV-2 tiene origen animal y no es un constructo de laboratorio ni un virus manipulado a propósito. Si hubiese sido “usado” deliberadamente “contra Occidente”, como geoestrategia de China no parece muy inteligente. Gran parte de la producción china se realiza para nuestras economías, paralizadas ahora a causa de la pandemia, que dejan de comprar sus productos. La globalización y esas cosas. Si el virus “de laboratorio” fue una geoestrategia estadounidense, más absurdo aún. Es la economía, estúpido. La dinámica sociocultural de EE UU, con un culto protestante al trabajo en el que, a diferencia de China, las libertades individuales y de empresa frente al intervencionismo estatal son sagradas, solo ha facilitado la rápida propagación del virus por su territorio. El resultado de este partido conspiranoico, mal que les pese a las mentes sutiles, sería: EE UU cero—China cero.

Una de las “apuestas seguras” de quienes hacen prospectiva sobre el nuevo mundo tras el coronavirus es que la pandemia impulsará definitivamente las actividades online frente las presenciales y el teletrabajo [ojo con sus dinámicas de no apagado día y noche, toda la semana; conviene tener en cuenta las advertencias al respecto de Johathan Crary en 24/7: El capitalismo al asalto del sueño (2013)]. La otra safe bet es la de que esta crisis frenará o incluso invertirá el proceso globalizador. Con la producción a toda prisa de mascarillas y tests en los países occidentales más organizados, a la fuerza ahorcan, parece que algunos están redescubriendo el concepto de producción local.

La gestión de la amenaza

En 2003, el científico británico Chandra Wickramasinghe, coautor de la tesis de la panspermia, propuso en la revista médica The Lancet la teoría de que el virus del SARS podría haber llegado del espacio. No sé si habrá visto La amenaza de Andrómeda (1971, dir. Robert Wise, basada en la novela de Michael Crichton), que yo sí he vuelto a revisar gracias a este texto de Jesús Palacios publicado en el Panzine. En este fascinante technothriller, como lo denomina Palacios, un virus extraterrestre llega a la Tierra como polizón en un satélite artificial. El virus mata instantáneamente a casi todos los habitantes del pequeño pueblo en el que ha caído el satélite, activando un comité oficial de crisis que gestionará la alarma en un laboratorio ultrasecreto subterráneo, a prueba de fugas bacteriológicas. Pronto descubren que el virus espacial tiene una altísima capacidad de réplica y de letalidad, y que puede acabar con la especie humana en pocas semanas. El comité de crisis encargado de aislarlo y analizarlo está compuesto de los mejores científicos en su campo, que siguen un estricto protocolo. Con método implacable y en tiempo récord, el que dura la película para más señas, consiguen neutralizarlo.

Otra gestión de la amenaza en sentido opuesto es la de Shin Godzilla (2016), que he visto estos días gracias a la recomendación de Javier Rodríguez, aunque seguro que el experto en este campo, Absence, podría profundizar en el tema. La película es una revisión maestra de la saga Godzilla codirigida por Hideaki Anno (creador de la serie Neon Genesis Evangelion) y Shinji Higuchi, que se centra en el impacto político y económico que causa un ataque del mítico kaijū en el Japón actual [esto me ha hecho releer a su vez otra revisitación de la mitología Godzilla, el apabullante Big Guy y Rusty el chico robot (1996) de Frank Miller y Geof Darrow]. Shin Godzilla tiene un tratamiento formal maravilloso: la planificación es la típica de un anime, que en imagen real queda rara y hermosa; los efectos digitales contrastan el realismo en la representación de los masivos destrozos del monstruo con su apariencia de “moñeco” clásico, una decisión genial que subraya la diferencia entre ambos planos, el cotidiano contemporáneo y la fantasía añeja de serie B. La sátira de la película sobre la esclerosis burocrática es tan sutil que casi no lo parece. De hecho, esa parte podría leerse simplemente como realista, si ignoramos el elemento fantástico. Cámbiese “Godzilla” por “cambio climático”, “pandemia”, etc. Cuando el kaijū, que tiene su origen en la radiación como el Godzilla canónico (vertidos radiactivos que vuelven en forma de "extraña bestia gigante": kaijū), ataca por primera vez desde el mar, aún es torpe y no demasiado grande. El gobierno se retrasa en actuar porque antes debe convocar a comités de expertos para asesorarle. Los expertos, reunidos en habitaciones enormes mostradas en planos generales, no se atreven a opinar porque les “faltan datos” o porque su reputación científica podría arruinarse. Siguen ruedas de prensa para “tranquilizar” a la opinión pública. El primer ministro anuncia: “Repito, no hay peligro de que la criatura suba a la orilla”. Lo dice porque es lo que le ha dicho un experto. Según el experto, las patas de la criatura “no podrían soportar su peso” si se pusiera a andar en tierra, así que tranquilidad en las masas. Por supuesto, la criatura sube a la orilla y destruye media ciudad. El ataque militar se retrasa, de nuevo por la burocracia; la criatura escapa. Cuando regresa, ha mutado en un monstruo enorme, con el triple de tamaño, prácticamente imposible de detener. Que cada cual elija en qué película estamos.

La amenaza externa como fundación de la nueva civilización

Sin embargo, Slavoj Zizek tiene razón cuando afirma que nuestra realidad no seguirá ninguno de los guiones de películas ya imaginados, y que necesitamos nuevas historias que nos proporcionen un sentido no catastrófico de hacia dónde deberíamos ir. La idea de que el “guión” de estas semanas se sale de lo previsto está perfectamente resumida en uno de los mejores memes que han circulado estos días:

A mí nuestra “película” me ha recordado también un momento clave de Watchmen (1986-1987), el famoso cómic de Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins que ha vuelto al “candelabro” con la reciente miniserie de HBO Watchmen (2019), una ingeniosa relectura de Damon Lindelof vía ensayos del afroamericano Ta-Nehisi Coates. En el cómic original, Adrian Veidt alias Ozymandias es uno de los vigilantes enmascarados que se retiró a tiempo, poco antes de la ley que los prohibió. Magnate multimillonario con negocios diversificados, analiza el mundo frente a múltiples canales televisivos para predecir las tendencias socioeconómicas y tomar así sus decisiones empresariales. También ejecuta en secreto un plan para terminar con la escalada del enfrentamiento entre superpotencias que está llevando a la Tierra al borde del apocalipsis [el plan de Veidt estaba inspirado, según cita expresa de Moore en el último capítulo del cómic, en un episodio de la serie televisiva The Outer Limits, “The Architects of Fear” (1963). Aunque existe una historieta previa de Jack Kirby, “Invasion From Outer Space” (1959), que ya contaba cómo una (falsa) invasión alienígena unía a los líderes mundiales contra la amenaza; la misma idea estaba en el argumento de novelas de ciencia ficción anteriores, etc. Según ha contado el editor de Watchmen, Len Wein, éste intentó evitar que Moore usara esa idea para que fuese más original, pero el guionista británico no le hizo mucho caso].

Total, que el master plan de Veidt consiste también en una gran amenaza externa. Recordemos: fabricar un falso monstruo extraterrestre y teleportarlo a Nueva York, matando de paso a unos cuantos millones de personas, chivos expiatorios sobre los que se fundará la nueva civilización. La idea de Veidt es que el mundo entero crea que se trata del comienzo de una invasión alienígena. De este modo, todos dejarán a un lado sus diferencias, la ira mutua asegurada, y llegarán a un acuerdo para unirse frente a la amenaza común.

Está claro que Adrian Veidt no conocía España ni estaba sintonizando sus canales televisivos.



sábado, 27 de abril de 2013

NO NECESITAS AL HOMBRE DEL TIEMPO PARA SABER EN QUÉ DIRECCIÓN SOPLA EL VIENTO.


Estoy seguro de que os ha pasado. Estás muy concentrado en un tema determinado, y de repente el mundo parece conspirar a favor tuyo, como si se moviera en tu misma dirección y a tu misma velocidad. Algunos lo llamarán serendipia, otros lo entenderán incluso como un fenómeno místico, y aún otros, los «racionales», dirán probablemente que solo se trata de tu percepción: si estás pensando mucho sobre algo concreto –un tema de investigación, un trabajo, una persona, etc.–, tienes más posibilidades de que sucedan «casualidades» que tienen que ver con tu tema: te llegan documentos sobre tu tema «sin haberlos pedido», te topas inesperadamente con esa persona en un lugar donde no se te hubiera ocurrido encontrarla, etc., simplemente por una cuestión de tu percepción del mundo en ese momento. Qué estás mirando, en qué te fijas, a qué prestas atención. ¿O no?

La respuesta a esa pregunta no importa ahora, y en todo caso estamos muy lejos de responderla, suponiendo que lo hagamos algún día. El caso es que a veces suceden esas sincronías. En estos meses he estado leyendo sobre varios sucesos que tuvieron lugar en la sociedad estadounidense durante los sesenta y primeros setenta, documentándome para dos textos sobre cómic. El primero ya está publicado y podéis leerlo en el libro de ensayos Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea; el segundo texto lo envié hace unas semanas y hablaré de él más adelante, tal vez cuando se haya publicado. En ambos casos me encontré revisando el periodo más turbulento de la historia reciente de Estados Unidos, una época de contracultura, contestación y lucha social.


Dibujo de Gil Kane (1971)
Para mi ensayo en Supercómic repasé algunos hechos que conmocionaron a la sociedad estadounidense en esa época porque generaron ecos de ficción en los comic books norteamericanos, que de eso iba básicamente mi artículo. Por un lado, el tema del consumo juvenil de drogas en la célebre «trilogía de las drogas» de The Amazing Spider-Man (episodios 96, 97 y 98, publicados en la primavera de 1971), realizada por Stan Lee, Gil Kane y otros dibujantes, y famosa sobre todo por haberse publicado sin obtener la aprobación del Comics Code Authority. Una saga que, tras la buena recepción que tuvo en medios generales, precipitó la revisión de un código de autocensura escrito originalmente en 1954 para flexibilizarlo a los nuevos tiempos. La portada del primer número de esa historia, ahí arriba, es una de mis favoritas de todos los tiempos, una obra maestra de Gil Kane tanto por la calidad del dibujo y la composición como por el ambiente de la época que capturó. El cartel que señala el cruce de calles nos indica que estamos en pleno East Village neoyorquino, que a finales de los sesenta se había convertido en el centro de la contracultura de esa década en Nueva York. Un joven negro vestido a la moda hippie tendido en el suelo, dos policías con uniforme de verano, un grupo de curiosos espantados –la mayoría, señores respetables vestidos como dios manda– y el superfreak Spiderman que escapa de la autoridad mientras es señalado por ella –la luz de la farola se convierte tras pasar por el colorista en un foco– como responsable del desaguisado. Spiderman siempre pareció un supervillano por su uniforme y su emblema arácnido, y Stan Lee, Steve Ditko y los dibujantes que le sustituyeron llevaron esa ambigüedad todo lo lejos que pudieron. En realidad, cuando abríamos y leíamos el tebeo, descubríamos que Spiderman era el héroe que había salvado al chaval negro de una muerte segura tras saltar de un edificio en pleno trip psicodélico. Lee era muy consciente del grado de identificación de sus jóvenes lectores con Spiderman y explotó a fondo su condición de héroe juvenil marginado y perseguido, un bueno confundido como malo por el mundo adulto que incluía tanto a las autoridades como a la prensa, el cuarto poder.


Dibujo de Gil Kane (1971)
Por otro lado, también revisé el motín de la prisión de Attica, motivado por las demandas de mejores condiciones de vida y precipitado por la muerte de varios presos por disparos de los guardas, entre ellos el activista negro George Jackson –miembro del partido de los Panteras Negras y uno de los líderes del movimiento de presos– en la prisión de San Quintin. La revuelta de Attica, que terminó en una matanza cuando la Guardia Nacional tomó el penal, tuvo lugar en el mundo real en septiembre de 1971, tan solo un par de meses después de que Spiderman (justo en el episodio que siguió a la trilogía de las drogas, Amazing #99) fuera testigo en las viñetas de un motín de presos y denunciara  en la televisión las condiciones en que vivían. En Tarde de perros (1975), el inexperto ladrón de bancos que encarnaba Al Pacino –la película de Sidney Lumet estaba basada en hechos reales ocurridos en 1972– arengaba a la multitud que se arremolinaba frente a la oficina bancaria que había secuestrado al grito de «¡Attica, ¡Attica!», ganándose inmediatamente la simpatía de los curiosos. La gente corriente prefería al ladrón en vez de a la policía que rodeaba el congreso, digo, el banco. La escena resultaba más cómica que trágica en el filme, pero sobre todo venía a recordarnos el grado de rechazo popular a la autoridad que existía por entonces. Mucha gente, y desde luego tratándose de jóvenes, no usaba la palabra policías sino el «sinónimo» de la época, pigs, todo un resumen del legado que había dejado la contracultura de los sesenta.

En mi texto para Supercómic también mencioné otros sucesos que resonaron en las viñetas de superhéroes del periodo. Cuando al guionista Steve Englehart le encargaron en 1972 escribir la serie del Capitán América no le estaban haciendo un favor precisamente: la colección del superhéroe patriótico vendía tan poco que estaba a punto de cancelarse. Sean Howe recoge declaraciones de Englehart en su libro Marvel. The Untold Story (que se acaba de traducir en España) muy reveladoras sobre el sentir de su audiencia. En pleno apogeo del movimiento contra la Guerra de Vietnam, gran parte de los lectores naturales de la Marvel de entonces, jóvenes concienciados, muchos de ellos universitarios y activistas, se avergonzaban de un personaje que lucía en el pecho la bandera americana. El Capitán América era otro de los pigs, un héroe que representaba algunas de las cosas que más odiaban esos jóvenes: un gobierno presidido por Nixon; un gobierno imperialista que bombardeaba con napalm un país asiático lejano, pequeño y pobre. Englehart, objetor de conciencia declarado, le dio rápidamente un vuelco al asunto reescribiendo el pasado del Capitán América para borrar sus elementos ideológicos más inconvenientes para la sensibilidad del momento. De paso, convirtió a la colección en una de las más vendidas de Marvel. En 1974, dos años después de que estallara el escándalo Watergate, Englehart volvía a ganarse las simpatías de su propia multitud de curiosos dando a entender en una viñeta que el misterioso líder de una conspiración para controlar los hilos del país era el mismísimo presidente. No te digo nada y te lo digo todo. Un «misterioso» líder que además se pegaba un tiro para no ser capturado por el Capitán América. Apenas tres meses después de publicarse el episodio, en el mundo real tenía lugar la primera (y única) dimisión de un presidente en la historia de Estados Unidos.


El misterioso Número Uno en Captain America 175 (1974),
Steve Englehart y Sal Buscema (tintas de Vince Colleta)

PAINT IT BLACK. Para el otro artículo al que me he referido antes he tenido que documentarme, por razones que ahora no vienen al caso, sobre el tratamiento de los héroes negros en el comic book norteamericano. El superhéroe barcelonés Absence, también conocido como Daniel Ausente, tiene un libro estupendo sobre héroes y heroínas negras en la ficción popular, Black Super Power, que he tenido el placer de leer con motivo de ese artículo junto a otros textos como los de Adilifu Nama, especialista en el tema. Precisamente hace unos días Santiago García dedicó una breve entrada a un objeto no identificado que aterrizó en los cómics Marvel en julio de 1966 (fecha de portada), anunciado en los tebeos del mes anterior como un nuevo y misterioso «villano».


«Su símbolo es la "Pantera
Negra", que representa
el coraje, la determinación
y la libertad».
Panfleto del LCFO (1966)
Me refiero por supuesto a Pantera Negra, el primer superhéroe negro del comic book mainstream, creado por Stan Lee y Jack Kirby en la serie Fantastic Four muy pocos meses antes de la fundación del Black Panther Party. Una aparente casualidad que obedece, primero, a que la imagen de la pantera negra evocaba previamente el orgullo afroamericano durante la década que marcó el giro crucial en el campo de los derechos civiles, y, segundo, al hecho particular de que tanto Lee y Kirby como el Black Panther Party se inspiraron en la pantera negra que usaba como logotipo un partido anterior, el pacifista Lowndes County Freedom Organization (LCFO), liderado por el activista negro Stokely Carmichael en la muy racista Alabama. Sean Howe explica en su libro sobre Marvel que no mucho antes de que se mandara a imprenta el episodio de Los 4 Fantásticos con la primera aparición de la Pantera Negra se había publicado un artículo en el New York Times sobre el LCFO de Carmichael; poco después Lee y Kirby habían cambiado el nombre de su personaje, creado con anterioridad pero mantenido en el congelador: The Coal Tiger, el Tigre Carbón, pasó a llamarse Black Panther. Sin comentarios. Hubo más cambios significativos que denotan lo mucho que se pensaron el tema en Marvel antes de lanzar al personaje: por ejemplo, en la primera versión de la portada que dibujó Kirby para  ese número se veía parte del rostro negro del nuevo héroe, cubierto luego por completo en la portada definitiva por la que pasó a la historia del tebeo americano, aquí debajo. Podemos imaginar por otra parte la gracia que les haría luego a los responsables de Marvel compartir el nombre de su superhéroe africano con el de un partido como el de los Panteras Negras.



Si tenemos en cuenta que el primer superhéroe, Superman, había aparecido en 1938, escribe Daniel Ausente en Black Super Powertres décadas de «super supremacía caucasiana son, desde luego, una buena muestra de segregacionismo pulp» (38). Hasta 1966 los personajes negros del comic book solían quedar relegados a meras comparsas de héroes blancos; basta tener en mente que All-Negro Comics (junio 1947), un tebeo escrito y dibujado íntegramente por autores afroamericanos y protagonizado por héroes negros, no pasó del primer número, y no vamos a recordar ahora por enésima vez el papel habitual de Ebony en el Spirit de Will Eisner. Por contraste, The Black Panther era el poderoso monarca de una nación africana ficticia, Wakanda, un reino utópico de tecnología futurista emancipado de las estructuras de explotación capitalista blanca que funcionaba como «una representación idealizada de los revolucionarios negros del movimiento anticolonialista» enraizado en los cincuenta, según la lectura que hace Adilifu Nama (137) de T'Challa y su peculiar Shangri-La africana high tech. Howe apunta por su lado (Marvel. The Untold Story, 86) el interés de Kirby por combinar tecnologías futuristas con antiguas civilizaciones en sus tebeos, que entroncaba con las especulaciones de Jacques Bergier en los sesenta sobre supuestas visitas alienígenas a nuestro planeta en tiempos remotos, ideas que ganarían visibilidad con el  2001 de Kubrick y C. Clark y los recuerdos del futuro de von Däniken.

Dos negros le cubren las espaldas al blanco.
Captain America (and the Falcon) nº 171 (1974), 
portada de John Romita con tintas de Tony Mortellaro


Luke Cage, Hero for Hire nº 1
(junio 1972), Archie Goodwin y
George Tuska
(tintas del afroamericano
Billy Graham)  
A la Pantera negra de Marvel le siguió en 1969 el Halcón, el primer superhéroe afroamericano, una réplica negra del Capitán América que en la práctica operaba como un compañero subordinado del superhéroe patriótico blanco. El Halcón trabajaba en su identidad civil como trabajador social en Harlem, un afroamericano de clase media que apoyaba los derechos civiles pero rechazaba el separatismo negro (y por tanto, podía sobreentenderse, también las tácticas de confrontación de movimientos como el Black Panther Party). Su posición moderada e integradora le llevó a ser visto en las viñetas de Captain America (and The Falcon, subtítulo añadido en la época) como un «Uncle Tom» por su novia y sus «hermanos» más radicales, un poco como le pasó al actor Sidney Poitier tras su encasillamiento en ese tipo de personajes, cuyos rasgos por cierto recordaban sospechosamente a los que solían dibujarle por entonces a Sam Wilson/el Halcón. Tanto este último como los posteriores superhéroes afroamericanos Luke Cage (1972) –el primero en protagonizar una colección propia, un negro de clase baja de Harlem–, Black Goliath (1975) y su contrapartida en DC Comics, Black Lightning (1977), tomaron claves narrativas de las fórmulas del cine blaxploitation del periodo, jugando con «clichés excéntricos del gueto» expuestos como la «experiencia negra» (Nama, 139). Por supuesto, la intención era ganarse al público afroamericano, máxime en una época de enorme malestar entre dicha minoría, pero los resultados comerciales fueron discretos en el mejor de los casos. Es significativo que en el terreno negro se llevara el gato al agua una superheroína que apareció en los relanzados X-Men, la mutante de orígenes africanos Tormenta (1975), a la que no es descabellado ver como un equivalente femenino de la Pantera Negra cuya popularidad, sin embargo, ha superado con creces a la de todos sus compadres negros masculinos. Aunque no deberíamos sacar conclusiones precipitadas sobre cuestiones de género de ese hecho, teniendo en cuenta que el público de estos tebeos era –y es– masculino por abrumadora mayoría.


Para entender el fenómeno Ororo (Tormenta) en toda su dimensión, una imagen vale más que mil palabras. De su primera aparición en X-Men Giant-Size 1 (1975), por Len Wein y Dave Cockrum (colores de Glynis Wein)
Misty Knight y su beso interracial en Marvel Team-Up nº 64 (1977), 
Chris Claremont y John Byrne (tintas y colores de Dave Hunt)
No puedo terminar este apunte de color sin aludir a otra heroína negra de Marvel, Misty Knight (1975), aunque no pasara de ser un personaje secundario en los tebeos protagonizados por tíos (habitualmente, en los del mencionado Luke Cage y el rubio Iron Fist, quien haría pareja interracial con Misty). Knight era una ex policía, ahora detective privado, que lucía peinado afro a lo Angela Davis y un brazo biónico que sustituyó al que perdió en un atentado terrorista; su personalidad como mujer de acción sexualmente activa la emparenta –indica Absence en Black Super Power (120)– con chicas duras del cine blaxploitation como Cleopatra Jones y Foxy Brown.

THE WEATHERMEN. En 1960 cerca del 50% de la población estadounidense tenía menos de 18 años. El dato demográfico explica parcialmente la rebelión que protagonizaron los jóvenes durante esa década contra los valores culturales de sus mayores. La generación juvenil de los 60 rechazaba los planteamientos tradicionales sobre cuestiones de sexo, raza, drogas y política internacional de su país; no hace falta insistir en la amplitud del movimiento contra la Guerra de Vietnam, de la que cada vez llegaban más noticias sobre la magnitud de la masacre. No era simple casualidad que en una encuesta de Esquire de 1965 donde los jóvenes eligieron a sus héroes favoritos aparecieran Hulk y Spiderman, situados junto a Bob Dylan y Che Chevara como influyentes iconos revolucionarios de su tiempo. La juventud del periodo se identificaban con los superhéroes Marvel porque eran neuróticos y freaks –como freaks llamaba la buena sociedad a los jóvenes rebeldes de entonces, y éstos a sí mismos con orgullo– que eran tratados como villanos por la sociedad; marginados que sufrían problemas monetarios y existenciales, y que a menudo eran perseguidos por la odiada autoridad.

En ese contexto social florecieron un buen número de organizaciones de izquierda en los campus universitarios de todo el país, integrados en su mayor parte por jóvenes blancos de clase media que rechazaban el Estado desde posiciones marxistas o anarquistas, apoyaban los derechos civiles de las minorías raciales del país y protestaban contra su discriminación. La mayoría de esos movimientos de la llamada «Nueva izquierda» eran no violentos. Otros, como The Weathermen, decidieron pasar a la acción, como hacen los supervillanos de tebeo que quieren arreglar el mundo: empezaron a poner bombas en edificios de instituciones que representaban el establishment político y económico como «símbolos de la injusticia americana», en palabras de su «declaración de estado de guerra» leída en 1970 en una llamada a la radio. No fue poca broma; llegaron a hacer estallar bombas en el Pentágono, en el Capitolio y en dos edificios del Departamento de Prisiones, entre otras, estas últimas como represalia por la muerte del preso negro George Jackson y la posterior matanza de Attica. También ayudaron a escapar de prisión al psicodélico Timothy Leary, «el hombre más peligroso de América» según Nixon, encarcelado por llevar dos colillas de marihuana. La auténtica «trilogía de las drogas» prosiguió cuando los Weathermen sacaron a Leary del país rumbo a Argelia.

The Weathermen eran jóvenes revolucionarios blancos, estudiantes universitarios que básicamente se hartaron de comprobar que las protestas pacíficas no estaban cambiando la política de su país, en particular respecto a la invasión de Vietnam. En el ambiente del periodo creyeron realmente que la revolución era inminente. A nivel global, mundial. Tomaron su decisión de recurrir a la violencia, afirmaron, después de asistir a la muerte de sucesivos activistas por las balas de la autoridad, particularmente tras el asesinato a manos de la policía del afroamericano Fred Hampton –por entonces uno de los líderes más prominentes del Black Panther Party– y su compañero de partido Mark Clark en diciembre de 1969, mientras dormían en su casa. Hampton, sedado por los barbitúricos que había echado en su bebida un infiltrado del FBI, murió acribillado en el colchón en el que dormía.


Foto de Paul Sequeira
Como Judas, el confidente de la policía que traicionó a Hampton terminaría suicidándose. Dos décadas después, William O'Neal, que así se llamaba el infiltrado en los Panteras Negras, admitió en una entrevista que había delatado la ubicación del apartamento de Hampton y facilitado el ataque de la policía. Pocos meses después de eso O'Neal salió a la calle de madrugada y corrió en dirección a un coche que venía por la carretera.

The Weathermen surgieron en 1969 como una facción radical del movimiento no violento Students for a Democratic Society. Tomaron su nombre de la letra de Subterranean Homesick Blues, de Bob Dylan, «You don’t need a weatherman to know which way the wind blows». Rebautizados The Weather Underground cuando pasaron a vivir en la clandestinidad, el grupo siguió activo durante los setenta, como otros grupos violentos de la extrema izquierda en Europa. A diferencia de estos últimos, las únicas víctimas mortales de los atentados de Weather Underground fueron tres de sus propios miembros, muertos accidentalmente mientras preparaban una bomba. Después de eso decidieron planear los atentados para no causar víctimas. Acosados por el programa de contraespionaje del FBI y agotados de vivir ocultos, el grupo comenzó a dispersarse, retirarse o entregarse a la policía. Como sucedió con otros movimientos de la contracultura previa, el fin de la Guerra de Vietnam marcó el inicio de su declive, definitivo para mediados de los setenta. Ya no había un enemigo común contra el que luchar.

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Lo que sigue es un documental sobre The Weather Underground que me he «topado por casualidad», poco después de cerrar mi documentación para los artículos que comentaba arriba sobre el malestar social y los movimientos de liberación de los sesenta en Estados Unidos. La «conexión inesperada» a la que aludía al comienzo de este post ha sido en esta ocasión Andrew, mi profesor de inglés, un treintañero estadounidense que por cierto es buen amante de los comic books, además de la literatura, de la historia de su país y del nuestro. Él es quien nos ha pasado el enlace a este documental dirigido en 2002 por Sam Green y Bill Siegel para que lo veamos y comentemos en clase, junto a algunos apuntes históricos sobre Weather Underground que he manejado igualmente para este post. De repente, sin comerlo ni beberlo, he descubierto fascinado ante la pantalla una gran cantidad de material visual del periodo que no había visto antes; de repente, los sucesos históricos que había leído previamente para mis textos cobraban otra forma en mi cabeza, mucho más concreta, porque el documental refleja como pocas veces recuerdo haber visto el ambiente turbulento de los sesenta y primeros setenta en Estados Unidos. Una época donde no necesitabas al hombre del tiempo para saber en qué dirección soplaba el viento.

The Weather Underground pone sobre la mesa otras cuestiones, éticas y legales, sobre la violencia del poder establecido y la violencia revolucionaria para instaurar un nuevo orden –esta última es la que Benjamin asimiló a su categoría de «violencia mítica»–, e incluso sobre los ciclos vitales de las personas involucradas en semejantes proyectos. No parece casualidad que desde los ochenta para acá se haya erradicado paulatinamente el concepto de violencia en el seno de nuestra cultura –me refiero obviamente a la sociedad civil– hasta el punto de que hoy nos resulta difícil, si no imposible, recordar que los modernos Estados occidentales, las flamantes democracias parlamentarias, no se instauraron precisamente de manera pacífica. Por el contrario, fueron fundados mediante la violencia. Estados Unidos es una república que nació de una revolución armada, igual que la Francia moderna en el contexto de sus propias circunstancias, y hablamos de dos de los principales modelos históricos de los Estados occidentales contemporáneos. Nuestros cimientos políticos reposan literalmente sobre miles de muertos. Las víctimas de una violencia en su día revolucionaria que, una vez que se hizo con el poder, se convirtió en una violencia estatal preservadora de la ley, una ley que había conseguido instaurar por la fuerza; en otras palabras, pasó a ser una violencia conservadora del orden establecido. Por las mismas razones, el documental The Weather Underground plantea implícitamente otro tipo de preguntas, siquiera por comparación con nuestra propia época, nuestro propio malestar y nuestros propios movimientos de protesta contra un sistema que, como aquellos chavales de los sesenta, creemos a punto de derrumbarse.

Sí, hubo un día en el que jóvenes de clase media que estudiaban en la universidad creyeron que podían cambiar el mundo por la fuerza. Debajo de los adoquines, la playa. Parece mentira, ¿verdad? Casi una película de ficción.




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