En el setenta aniversario del fin del mayor conflicto bélico de la historia, el japonés Nozoe Nobuhisa (1949) publicaba un manga basado en los recuerdos de seis supervivientes. Teniendo en cuenta que el autor no vivió la guerra, su objetivo principal, aclara en el prólogo, era dejar constancia del testimonio de aquellos que sí la vivieron (la sufrieron):
“Ya no tenía ni a mis padres ni a mi suegro –explica Nobuhisa–, y a mi alrededor apenas quedaba nadie que hubiera vivido la guerra en primera persona y pudiera hablarme sobre ella. Ya no era posible que aquellos que la habían vivido pudieran contarme historias sobre la trágica derrota.
Pero entonces pensé: si yo hubiera vivido en la época de la guerra del Pacífico, ¿a qué trágicas vivencias habría sobrevivido? Tenía que crear una historia para que nosotros, los japoneses, no olvidásemos nunca aquella tragedia. Así fue como creé mi propia historia sobre la guerra basada en hechos que escuché e investigué. Y así es como decidí dibujar este libro”.
Si aplicamos la terminología de Marianne Hirsch, hablaríamos aquí de postmemoria: “un espacio para el recuerdo intersubjetivo y transgeneracional, vinculado específicamente al trauma cultural o colectivo”, definido “a través de una identificación con la víctima o con el testigo del trauma, modulada por la distancia insalvable que separa al participarte del que nació después”. Una postmemoria sobre un trauma colectivo, que Nobuhisa construye inspirándose en testimonios de diferentes supervivientes que investigó, alrededor de los que articula seis capítulos.
Lo más llamativo en libros (cómics, mangas) como este es, al menos para mí, poder acceder al punto de vista del vencido en la guerra, cuya perspectiva nunca es la dominante en la mayoría de relatos que consumimos sobre ella, no digamos ya en el caso de la II Guerra Mundial, sobre la que se ha escrito y realizado producciones (audio)visuales en cantidades industriales. La historia y mitología en torno a aquella contienda no cesa y, comprensiblemente, estas no cesan de interesarnos. A la hora de narrarla, el vencido tiende a callar, a menudo acogotado por el vencedor y por sus relatos, particularmente si el primero fue el que empezó la guerra.
La visión de la II Guerra Mundial que nos proporciona este cómic de Nozoe Nobuhisa, de manera parecida a otros mangas de los años setenta y ochenta (de Shigeru Mizuki a Keiji Nakazawa pasando por el Adolf de Osamu Tekuka), es, de manera palmaria, la visión propia del derrotado. Solo el título del cómic deja claro que va a hablarnos de una TRÁGICA DERROTA (Haisen higeki). Asumido el desastre y la victoria del adversario, el relato deja a un lado las hazañas y se centra en episodios de infausto recuerdo por sus consecuencias: el trauma individual del que padece la guerra; el trauma colectivo y cultural de una nación derrotada.
A mí me han impresionado especialmente dos capítulos: por un lado, el de la mujer violada por soldados soviéticos durante la retirada de Manchukuo (y luego por un compatriota japonés porque, total, como “el enemigo la ha violado repetidas veces, qué más le da una vez más”) que, en su senectud, recuerda “para nosotros” lo ocurrido entonces. La anciana aún conserva el cianuro potásico que le proporcionaron para poder “escapar” en caso de ser apresada, que en teoría no usó.
Por otro lado, el capítulo del soldado que sobrevivió “milagrosamente” en el frente del Pacífico cuando todos sus compañeros, incluido un hermano, murieron. Por ellos, por su memoria y dignidad, se resiste a morir, ya viejo, incluso cuando ha terminado en la ruina. Entre medias, un par de escenas escalofriantes donde se pone de manifiesto la utilidad de la táctica del gyokusai o ataque suicida, que iba mucho más allá de la estrategia militar frente a un enemigo superior: también servía para mantener previamente una disciplina tan férrea como injusta. “Cada noche [los oficiales] nos castigaban de forma injustificada. Si pensabas que de todos modos morirías en esta guerra, apenas sentías dolor o rabia. Y si además pensabas que los militares que ahora te estaban sancionando morirían también del mismo modo, dejabas de sentir rencor”.
El dibujo de Nobuhisa, un registro de caricatura realista, alterna tramas manuales con fondos dibujados con grafito que, a veces, combina con fotografías en busca de la verosimilitud. Entre capítulo y capítulo, citas a Goya y algunas reflexiones breves del autor en forma de aforismos (lo peor del libro, dada su ingenuidad u obviedad en bastantes casos). Terminemos aludiendo a esa promesa de amor incumplida en el primer capítulo, el de los torpedos kamikazes, o cómo la guerra —la máquina implacable de la Historia— separa arbitrariamente a las personas determinando el destino del individuo con escaso o nulo margen de elección, y por supuesto a todo lo que se halla implícito en una sola frase del libro acerca de la naturaleza de la guerra, del monopolio estatal de la violencia, de la sociedad y las leyes en tiempos de guerra frente a los tiempos de paz. Me refiero al momento del capítulo segundo en el que ese anciano, atormentado por ejecutar a un prisionero, comete delitos menores siete décadas después para intentar ir la cárcel. “Hace 70 años maté a un chino”, le “confiesa” el anciano al policía que le ha arrestado por hurto en una tienda. El policía le responde: “¿Hace 70 años? ¿Se refiere a la guerra? Matar a un soldado enemigo durante la guerra no se considera un delito”.
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Trágica derrota
(Haisen higeki)
Nozoe Nobuhisa
2015
Ediciones ECC, 2017
Traducción de Yosuko Tojo
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viernes, 21 de julio de 2017
los vencidos y los muertos
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Yosuko Tojo
martes, 11 de septiembre de 2012
ERÓTICO GROTESCO Y CÓ(S)MICO
“Se aguantó tanto las ganas de defecar que las heces se solidificaron hasta el punto de impedir la evacuación. Y al final llegó a abrirse las tripas para intentar sacarlas… no creo que quepa otra explicación”, dice un médico forense en 'Atasco', una de las historietas recogidas en Reproducción por mitosis y otras historias (EDT, 2012, traducción de Marc Bernabé). Los aficionados más atentos ya habían descubierto a su autor, Shintaro Kago (Tokio, 1969), a través de las páginas que en los últimos años han ido apareciendo en internet; sin embargo, el dibujante japonés permanecía inédito en castellano hasta ahora, al menos en versión impresa. El sexo extremo, la escatología y las diversas parafilias de sus historietas le han valido el encasillamiento en el llamado ero-guro, una tradición que va más allá del manga y se remonta hasta las revistas “picantes” y otras manifestaciones de la cultura de masas japonesa de los años veinte y treinta, dentro de una genealogía que algunos llevan incluso más atrás, hacia ciertos grabados eróticos de los dibujantes decimonónicos de ukiyo-e.

El maestro del manga ero-guro más conocido en España es sin duda Suehiro Maruo, del que ya se ha traducido aquí buena parte de su producción, pero el estilo de Kago es diferente. Si el primero ha construido un elegante imaginario de horror erótico con abundantes citas artísticas al cine expresionista y a la estética fin-de-siècle y de entreguerras, la mirada singular de Kago prefiere posarse sobre el mundo contemporáneo. Es una mirada más soslayada que antepone lo social a lo individual, la metaficción al relato ilusionista, lo cómico grotesco al tremendismo. Ero-guro significa lo que parece, “erótico grotesco”, y esto en el caso de Kago encaja como guante de seda forjado en hierro.
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Más sobre Shintaro Kago:
Reseña de Reproducción por mitosis y otras historias en Entrecomics
Reseña en The Watcher and the Tower
Reseña en Mandorla
Sus historietas en internet enlazadas desde Entrecomics
La obra de Shintaro Kago está siendo publicada en España por EDT (Editores de Tebeos), con más tomos en preparación
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lunes, 3 de enero de 2011
EL VAMPIRO COMO FORMA DE VIDA.
Hay algo oscuro e inquietante aquí, y también ligeramente repulsivo. Lo notamos enseguida, desde las primeras páginas, aunque todavía no sepamos bien por qué. Entonces reparamos en que muchas viñetas están repletas de insectos, y de flores que muestran sus estambres y pistilos, y de pájaros. También en el dibujo hay algo chocante. Parece realista sin serlo exactamente, está tocado de una rara y sutil expresividad. Los rostros de algunos personajes tienen un algo siniestro, como salidos de una película de Murnau. Las sombras parecen cobrar vida, un poco también a la manera del cine expresionista alemán. En determinadas viñetas, las caras, ojos o brazos de un mismo personaje se desdoblan, se triplican, se cuatriplican, en un original efecto gráfico que transmite movimiento, crispación o terror. Una atmósfera onírica lo embarga todo, anunciada ya desde las turbadoras ilustraciones de portada y contraportada.
El planteamiento argumental de la historia, que conocemos rápidamente por boca de una de las protagonistas, es sencillo como un cuento de hadas y deja claro pronto que esto es una historia de vampiros. Aunque en el fondo, el argumento no importa tanto como las sensaciones, siempre fuertes y encontradas, que el lector va experimentar a lo largo del viaje de doscientas y pico páginas que ya ha emprendido. Todo transcurre en un mundo espectral regido por el sexo y el deseo de hacer el mal. La violencia, presente desde el comienzo, pronto aumenta en velocidad y en grado; es una violencia explícita, extrema, poco convencional, que recorre un amplio espectro de atrocidades: vampirismo a golpe no de colmillos sino de cutter, degollamientos, mutilaciones, piromanía, infanticidio, violación, automutilación, decapitación, estrangulamiento. El sexo, también omnipresente, recibe siempre un tratamiento malsano o, cuando menos, "bizarro". Aquí hay pedofilia, violación, chicos que se masturban con un dedo femenino amputado, orgías adolescentes que terminan en sangrientas escabechinas. Pero ¿qué es lo que el autor pretende contarnos con tanta sangre y sexo? Es más, ¿pretende contarnos algo en realidad, o estamos ante otra historia más de “violencia gratuita”, si es que ese término tiene algún sentido?
El autor de La sonrisa del vampiro, el japonés Suehiro Maruo (Kyushu, 1956) nació en el seno de una familia humilde, el menor de siete hermanos, un niño “problemático” y extremadamente introvertido: “Apenas crucé unas pocas palabras con mis padres a lo largo de mi infancia”. Expulsado pronto de la escuela, a los 15 años ya vivía solo y rápidamente se aficionó a los pequeños hurtos en tiendas, algo que le llevó finalmente a una estancia de dos semanas en la cárcel (unos discos robados de Pink Floyd y Santana fueron la causa). A los 19 años intentó colocar su primer trabajo en la famosísima revista japonesa Shonen Jump, fue rechazado; a los 24 conseguía publicar en una publicación de manga pornográfico, pero estaba claro que Maruo no era un autor porno más. A partir de 1983 cambia su estilo hacia uno más parecido al que ahora posee, causando cierto escándalo al principio y convirtiéndole a la larga en el autor de culto que es ahora en Japón, el más famoso de sus dibujantes alternativos. Un estilo etiquetado como ero-guru (erótico grotesco) que se nutre en su contenido por fantasías extremas de crímenes abyectos y todo tipo de parafilias sexuales, e inspirado por la estética de los maestros japoneses grabadores del XVIII y XIX del ukiyo-e o estampa japonesa, por cierta estética retro del Japón y la Alemania de los años treinta y cuarenta, así como por las historietas ero-gore de Hanuishi Hanawa, su maestro declarado en el ámbito del cómic. Títulos más conocidos de Maruo: Planet of the Jap (que el propio autor admite inspirada en la novela de Philip K. Dick El hombre en el castillo; en el tebeo de Maruo los japoneses ganan la II Guerra Mundial y se dedican a asesinar, violar y otras lindezas), Mr. Arashi´s Amazing Freak Show (una chica huérfana es raptada por un circo para ser sometida a todo tipo de vejaciones) y, por supuesto, el objeto de esta reseña. Maruo ha publicado regularmente en su país en la decana revista underground Garo, y ha sido traducido al inglés o al italiano, mientras en España su obra era hasta ahora prácticamente desconocida, como lo es aquí en general todo el underground japonés. Y resulta indudable que en un mercado tan ingente y rico como el del manga, donde todo tiene su hueco y su público, el underground debe contener también productos interesantes y originales. Como lo es sin duda éste que ahora nos ocupa.
La sonrisa del vampiro resulta una obra, sobre todo, subversiva. Bajo todo ese horror mórbido al que asistimos a lo largo de la historia -que, de hecho, constituye la misma historia-, late un sentido, hay una intención, alguien ha pensado y mueve los hilos. Existe algo en las imágenes de Maruo, una poesía rara y perversa, un simbolismo primigenio, que intuimos más que comprendemos racionalmente, pero que nos induce a escarbar hondo en nuestro interior y enfrentarnos a ciertas verdades humanas. Maruo es subversivo porque subvierte nuestro habitual esquema de pensamiento para liberarnos por unos momentos (los que dura la lectura de sus tebeos) de las barreras sociales y morales que nos impiden contemplar qué somos, qué es cada uno exactamente. “Utilizo la violencia para conocer mejor el mundo”. Como las pesadillas, la obra de Maruo saca a la superficie nuestros miedos y deseos más ocultos y atávicos, nuestros pensamientos más prohibidos y reprimidos.
¿Cuáles son las armas que emplea Maruo para lograr sus objetivos? Desde luego, la elegancia y el realismo romántico de su dibujo es uno de sus principales recursos, pero también la tensión en el diseño y planificación que muestran sus páginas. Y, por supuesto, la particularísima poesía visual con que concibe sus escenas, siempre ambivalente, que provoca repulsión a la par que fascinación. Esa gran viñeta, un ejemplo entre muchos, donde vemos al chico vampiro tendido sobre una chica degollada, bebiendo de su sangre en medio de un campo de amapolas, rodeado por mariposas, impresiona por razones antagónicas: la escena nos repugna en cuanto escenificación de un asesinato, pero, a pesar de eso mismo, permanecemos embobados sin poder apartar la vista de ella, con el mismo mecanismo que nos impulsa a mirar cuando pasamos junto a un accidente automovilístico, incapaces de negar que el conjunto posee una belleza sobrecogedora. Es este sentimiento contradictorio por el horror y la violencia sexual, que nos asquea pero a la vez nos atrae secretamente, lo que más nos perturba de este tebeo, lo que más nos hace cavilar. No se trata de que Maruo “haga atractiva la violencia”, es algo más sutil, más complejo, parecido a lo que encontramos en los cuadros de El Bosco o en la novela gótica. Lo que Maruo plasma en imágenes es la atracción que sobre nuestra imaginación siempre ha ejercido todo aquello que nuestra razón y moral más condena, ese lado primitivo e irracional que, merced a los mecanismos culturales, intentamos olvidar y ocultar a los demás y a nosotros mismos.
Apelar a fueros tan íntimos sólo se consigue manejando materiales ancestrales, arquetípicos, y Maruo lo sabe. Materiales que son las constantes en el ser humano desde antiguo, y por ello incorporados a la mitología, los cuentos infantiles, las leyendas populares. De esos materiales están hechos los tebeos de Maruo. El arquetipo más recurrente en ellos es la infancia y sus alrededores, origen de cuanto somos de adultos. “Me interesan los niños, no quiero narrar historias de adultos. Los adultos siempre hacen la misma cosa, trabajar, volver a casa y dormir.” Pero la presencia de la infancia no se limita a que sus personajes sean colegialas y chavales al borde de la adolescencia, va más allá. Maruo juega con el tema y sus símbolos para pervertirlos, consciente de que nuestros tabúes morales más sólidos están edificados en torno a los niños y todo lo que tenga que ver con ellos: el chaval pirómano de La sonrisa del vampiro no es un psicópata “en potencia”, sino que ya lo es a su tierna edad, y sus compañeros escolares no se quedán atrás (esas palizas que le pegan al vagabundo). El payaso de circo que aparece en el tebeo no es “el amigo de los niños” sino un brutal violador. Hay un par de escenas de sexo explícito entre un anciano y la chica que le cuida, apenas una adolescente. Tampoco falta el crimen que más nos repugna de todos, el infanticidio y más concretamente el de recién nacidos (esos bebés robados para servir de sacrificio).
Otra fuente predilecta de imágenes para Maruo es, como en Charles Burns, la naturaleza. La naturaleza con toda su contradicción, belleza y ausencia de piedad, con toda su grandeza y corrupción; la naturaleza como fuente de misterio, el mayor de los misterios, el sitio de donde procede todo lo vivo y adonde finalmente regresa en un ciclo eterno de reproducción y depredación: de vampirismo. Insectos, gusanos, pájaros, flores, árboles, peces, el Sol, la Luna, el dibujo de las alas de las mariposas... Claves ocultas desperdigadas por sus viñetas. Podríamos reprochar al tebeo lo obvio y reiterativo de algunos de esos símbolos, las telarañas, los cuervos; en cualquier caso, es un reparo secundario que a mí no me molesta. Ahora bien, el principal ingrediente arquetípico de este tebeo, de la obra de Maruo en general, es la relación del sexo con la violencia, y por ende, con la muerte. Lo que más parece interesar al autor japonés es explorar las siempre oscuras conexiones entre la pasión y la crueldad, el placer y el dolor, el deseo y el miedo, principal tándem motor del ser humano. La ecuación sexo/muerte no sólo aparece de manera explícita en abundantes escenas de La sonrisa del vampiro, sino también de manera más alegórica, impregnando el ambiente: heridas de navaja como labios de vagina, pesadillas eróticas premonitorias, la orina de las chicas cuando son asesinadas.
Dadas estas obsesiones, no es de extrañar que Maruo haya recurrido para plasmarlas en este tebeo al mito ancestral del vampiro, con todo lo que eso encarna: la sangre como fuente de vida y, según las antiguas creencias, como sede del alma, pero también como símbolo elemental tanto del horror como del deseo. La succión y el mordisco como fuente de placer erótico, presente tanto en el niño lactante como en la pareja que hace el amor. La relación entre “vivos” y “muertos”, en sentido literal y metafórico. La noche como símbolo de lo onírico y de nuestro lado oscuro o simplemente como fuente de miedo ancestral (aunque hayamos “olvidado” las razones, el hombre sigue temiendo instintivamente a la oscuridad como un recuerdo biológico de su pasado animal). El parasitismo como forma de vida y como fundamento de las relaciones humanas. El sadismo y el masoquismo, el anhelo de sufrimiento y de muerte, las relaciones entre el verdugo y su víctima, su dependencia mutua, el fatalismo de su destino común. Todo eso está presente en las diferentes formas que ha adoptado el vampiro a lo largo de la historia, y también en este tebeo de Maruo. Estamos hablando de un arquetipo antropológico que parece proceder de las estructuras originales del inconsciente y que es familiar a muchas culturas y épocas. Contrariamente a lo que se cree, el mito del vampiro no surge originariamente de las leyendas de la Europa oriental del siglo XVIII y XIX ni de la literatura romántica de esa época, sino que se encuentra desde muchísimo más antiguo en las leyendas mesopotámicas, en las culturas griega, hebrea, cristiana y en el Islam; incluso en China, Nepal, Tíbet y Malasia. Algo debe de tener el vampiro para que su figura haya existido en civilizaciones tan distantes y, a pesar de ello, sus diferentes encarnaciones presenten asombrosas similitudes. En su excelente prólogo a la antología de relatos El vampiro (Ediciones Siruela, 2001), el Conde de Siruela resume el mito como una concreción de nuestra profunda angustia ante la muerte y el eterno deseo de escapar de ella, pero en este caso no mediante la resurrección del alma o la reencarnación, sino a través de la conversión en un no muerto, alguien que no está vivo pero que tampoco ha muerto del todo, y que necesita para seguir existiendo, de manera adictiva e incurable, la energía vital de los demás. El carácter básicamente destructivo del vampiro también representa, por supuesto, la parte oscura del ser humano. Ese ansia ancestral de inmortalidad a cualquier precio que representa el vampiro sigue vivo en el hombre contemporáneo, presente en las actuales investigaciones de genética y clonación para alargar la vida. Así pues, no resulta extraño que artistas de todas las épocas hayan sido atraídos por el mito para recrearlo con más o menos acierto, sobre todo, no por casualidad, con posterioridad a la modernidad y la racionalidad de la Ilustración: desde Polidori y los románticos hasta Bram Stoker, desde Murnau a Coppola, desde Iván Zulueta a Anne Rice.
Maruo también ha querido aportar su propia lectura del mito y en este sentido ha conseguido en su tebeo un extraordinario compendio de los rasgos del vampiro procedentes de diferentes leyendas. A los ejemplos en las escenas ya comentadas, puede sumarse el de esa vieja arpía que se alimenta de la sangre de bebés, un eco de la Lilitu babilónica, la Lilith hebrea o de la posterior lamia, un tipo de bruja -las leyendas de la bruja y del vampiro están históricamente conectadas- que robaba recién nacidos para alimentarse de ellos. Igualmente, la impresionante secuencia donde el vampiro de Maruo trepa lateralmente por la pared parece inspirada directamente en una escena del Drácula de Stoker. El autor japonés ha incorporado también algunos elementos de casos reales documentados de asesinos que mataban para chupar la sangre a sus víctimas, intentando de este modo otorgarle al mito del vampiro cierto realismo despojándolo de glamour y de sus rasgos más fantásticos (estos vampiros no tienen colmillos sino que emplean armas blancas, las cruces y los ajos no les causan efecto alguno, etcétera), pero en el camino Maruo termina apropiándoselo para sus obsesiones temáticas: en este tebeo el vampiro sirve, sobre todo, como metáfora de los marcados, los marginados por la vida. "La tierra no quiso acogerme en su seno! ¡He aquí la prueba de que uno es un vampiro!”, dice la vieja jorobada del tebeo tras haber sido linchada por robar ropas a los muertos. Con esta idea Maruo parece rescatar algunas viejas leyendas eslavas que concebían al vampiro no como un noble seductor y superhombre -eso es más bien de la versión recogida por Stoker y los románticos- sino como un brutal reviniente que volvía de la muerte para succionar a sus propios familiares o, según las versiones, para vengarse de los vivos por sus infamias. El vampiro como ángel vengador es otra de las facetas del mito muy presente en este cómic.
Pero Maruo también utiliza al vampiro en otro sentido, como metáfora de todo ser vivo, de cualquier forma de vida: estar vivo, sobrevivir es ensuciarse y tomar de los demás, es ser vampiro. Recordemos que la tradición popular siempre ha relacionado al lactante con un vampiro. Voltaire afirmó, durante el pánico al vampiro que se desató en Europa oriental durante el siglo XVIII, que aquello era sólo fruto de la superstición, y que los únicos vampiros que existían eran los “usureros y hombres de negocios que chupan la sangre del pueblo a plena luz del día, que no están muertos aunque sí lo suficientemente corruptos, auténticos chupones que no viven en cementerios, sino en palacios hermosos”. El mismo Marx se refirió a la sociedad capitalista como una sociedad netamente vampírica. En el tebeo de Maruo, la chica protagonista le grita “¡Maldito vampiro!” al feto que está creciendo en el vientre de su hermana embarazada; cuatro viñetas más abajo nos lo grita a todos.
El otro elemento fundamental del planteamiento artístico de Maruo es la ambigüedad de su discurso. El autor no lo hace evidente en ningún momento, prefiere crear un impacto sensorial en el lector y dejar que éste se enfrente, ética y estéticamente, a lo que esas viñetas le provocan. No estamos ante un tebeo narrativo en sentido convencional, donde el objetivo principal es "contar una buena historia". Como en los cómics de Burns o en algunos films de David Lynch, la historia y los diálogos son mínimos; lo que importan son las imágenes, y sobre todo, las sensaciones e ideas que esas imágenes sugieren. En la historia de La sonrisa del vampiro hay muy pocas ideas verbalizadas y cero moralejas; todo es deliberadamente abstracto y ambiguo; el misterio importa más que las conclusiones. Los símbolos esparcidos por las viñetas contribuyen a esta sensación, desde luego, pero también el elevado número de páginas de las que suelen disponer los dibujantes japoneses en sus cómics para recrear climas y ambientes. Hay asimismo en Maruo un gusto por el absurdo y por cierta ironía retorcida que refuerzan esta ausencia de un discurso racional claro, un gusto que entronca con el surrealismo y también con el Grand Guignol francés y el teatro de la atrocidad. Muchas de las acciones (y crímenes) de los protagonistas no obedecen a un móvil evidente, parecen caprichosas y arbitrarias. “La Luna no es un satélite... Es un agujero abierto en el cielo. Y la luz que se ve es la luz que se filtra desde el mundo de más allá”, dice el chico vampiro en el tercer acto del tebeo prácticamente sin venir a cuento. Tampoco vamos a encontrar en este cómic catarsis finales sobre redenciones de culpas al estilo judeocristiano, y parece lógico porque esto procede de un oriental, no de un occidental. Además, la inclusión de una moraleja final parece algo antagónico a una cosa tan irracional y amoral como un vampiro, un ser situado más allá del bien y del mal; en todo caso, lo que encontramos es una concepción vacía y nihilista del mundo. Casi al final del tebeo, el chico vampiro protagonista ya lo ha dejado claro: “Vas a morir completamente solo y abandonado. (...) No es un castigo para tus culpas. Pero vas a morir solo y abandonado. Y estarás eternamente solo...”
Paradójicamente, a pesar de que la ausencia de un discurso racional claro, precisamente a causa de ella, La sonrisa del vampiro transmite bastantes ideas, y eso es porque el autor ha tenido éxito. Leyendo el tebeo, uno no puede sustraerse a la sensación de que a estas alturas de la película (la historia de la humanidad) deberíamos tener claro que la violencia es algo inherente al ser humano, y que la crueldad y el anhelo más o menos secreto de someter a los demás y de ser sometido, también. Que hay gente mucho más dispuesta que otra a causar mal sin mayores motivos, sobre todo si se sabe libre del castigo social y de las leyes penales. Y que hay otro tipo de personas que parecen haber nacido para ser víctimas, que no encajan en este mundo, que están condenadas al ostracismo por los demás sin oportunidad de redención; en todo caso, sólo les queda la venganza contra sus brutales opresores o, peor aún, la traición a sus samaritanos. Mucho de eso hay en esta historia de gente repudiada por los demás a causa de su diferencia, en ese chico raro del Instituto iniciado y convertido en vampiro de la mano de una Pigmalión femenina, fea y jorobada. Y, sobre todo, en esa chica que tiene miedo del sexo, de la gente y, en general, de la vida misma; que, en secreto, desea sufrir y abandonar este mundo. En fin, a pesar de toda esta elaboración tan refinada que está detrás de La sonrisa del vampiro, seguro que no faltarán quienes lo despachen como un producto hecho para provocar “gratuitamente”, o directamente como algo obsceno, depravado y reprobable, sobre todo ahora que la derecha vuelve a campar a sus anchas por Europa y Estados Unidos (tan obsesionada ella desde siempre en reprimir no solamente el crimen y las conductas dañinas para terceros, sino también la libertad de costumbres).
Hay un último dato acerca de la obra de Maruo que resulta cuando menos curioso y desde luego significativo, y es el hecho de que sus principales fans en Japón sean chicas de Instituto. No estoy seguro de qué nos dice eso sobre la adolescencia o la psicología femenina, ni me atrevo a especular. A lo que sí puedo responder es a las dos preguntas que más de uno se habrá hecho al terminar la lectura de “La sonrisa del vampiro”: NO, de momento no hay más volúmenes que éste, la historia concluye tal cual (sin embargo, Maruo ya está trabajando en La sonrisa del vampiro 2). SÍ, se van a publicar en castellano más trabajos de Maruo. Al habla Dani Barbero de Glénat: “Sí, sacaremos material suyo más fuerte, que distribuiremos retractilado y con algún aviso sobre el contenido en la portada”. ¿Mande? ¿¿¿MÁS FUERTE QUE ESTO???
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Al ver la entrada del tio berni hoy en Entrecomics sobre Suehiro Maruo he rescatado esta reseña de LA SONRISA DEL VAMPIRO (Glénat), que publiqué originalmente en la revista U nº 25 (noviembre 2002). En efecto, Glénat sacó bastante más material de Suehiro Maruo; su catálogo de la abyección en castellano, aquí (muy recomendable también de él LA EXTRAÑA HISTORIA DE LA ISLA PANORAMA)
El planteamiento argumental de la historia, que conocemos rápidamente por boca de una de las protagonistas, es sencillo como un cuento de hadas y deja claro pronto que esto es una historia de vampiros. Aunque en el fondo, el argumento no importa tanto como las sensaciones, siempre fuertes y encontradas, que el lector va experimentar a lo largo del viaje de doscientas y pico páginas que ya ha emprendido. Todo transcurre en un mundo espectral regido por el sexo y el deseo de hacer el mal. La violencia, presente desde el comienzo, pronto aumenta en velocidad y en grado; es una violencia explícita, extrema, poco convencional, que recorre un amplio espectro de atrocidades: vampirismo a golpe no de colmillos sino de cutter, degollamientos, mutilaciones, piromanía, infanticidio, violación, automutilación, decapitación, estrangulamiento. El sexo, también omnipresente, recibe siempre un tratamiento malsano o, cuando menos, "bizarro". Aquí hay pedofilia, violación, chicos que se masturban con un dedo femenino amputado, orgías adolescentes que terminan en sangrientas escabechinas. Pero ¿qué es lo que el autor pretende contarnos con tanta sangre y sexo? Es más, ¿pretende contarnos algo en realidad, o estamos ante otra historia más de “violencia gratuita”, si es que ese término tiene algún sentido?
El autor de La sonrisa del vampiro, el japonés Suehiro Maruo (Kyushu, 1956) nació en el seno de una familia humilde, el menor de siete hermanos, un niño “problemático” y extremadamente introvertido: “Apenas crucé unas pocas palabras con mis padres a lo largo de mi infancia”. Expulsado pronto de la escuela, a los 15 años ya vivía solo y rápidamente se aficionó a los pequeños hurtos en tiendas, algo que le llevó finalmente a una estancia de dos semanas en la cárcel (unos discos robados de Pink Floyd y Santana fueron la causa). A los 19 años intentó colocar su primer trabajo en la famosísima revista japonesa Shonen Jump, fue rechazado; a los 24 conseguía publicar en una publicación de manga pornográfico, pero estaba claro que Maruo no era un autor porno más. A partir de 1983 cambia su estilo hacia uno más parecido al que ahora posee, causando cierto escándalo al principio y convirtiéndole a la larga en el autor de culto que es ahora en Japón, el más famoso de sus dibujantes alternativos. Un estilo etiquetado como ero-guru (erótico grotesco) que se nutre en su contenido por fantasías extremas de crímenes abyectos y todo tipo de parafilias sexuales, e inspirado por la estética de los maestros japoneses grabadores del XVIII y XIX del ukiyo-e o estampa japonesa, por cierta estética retro del Japón y la Alemania de los años treinta y cuarenta, así como por las historietas ero-gore de Hanuishi Hanawa, su maestro declarado en el ámbito del cómic. Títulos más conocidos de Maruo: Planet of the Jap (que el propio autor admite inspirada en la novela de Philip K. Dick El hombre en el castillo; en el tebeo de Maruo los japoneses ganan la II Guerra Mundial y se dedican a asesinar, violar y otras lindezas), Mr. Arashi´s Amazing Freak Show (una chica huérfana es raptada por un circo para ser sometida a todo tipo de vejaciones) y, por supuesto, el objeto de esta reseña. Maruo ha publicado regularmente en su país en la decana revista underground Garo, y ha sido traducido al inglés o al italiano, mientras en España su obra era hasta ahora prácticamente desconocida, como lo es aquí en general todo el underground japonés. Y resulta indudable que en un mercado tan ingente y rico como el del manga, donde todo tiene su hueco y su público, el underground debe contener también productos interesantes y originales. Como lo es sin duda éste que ahora nos ocupa.La sonrisa del vampiro resulta una obra, sobre todo, subversiva. Bajo todo ese horror mórbido al que asistimos a lo largo de la historia -que, de hecho, constituye la misma historia-, late un sentido, hay una intención, alguien ha pensado y mueve los hilos. Existe algo en las imágenes de Maruo, una poesía rara y perversa, un simbolismo primigenio, que intuimos más que comprendemos racionalmente, pero que nos induce a escarbar hondo en nuestro interior y enfrentarnos a ciertas verdades humanas. Maruo es subversivo porque subvierte nuestro habitual esquema de pensamiento para liberarnos por unos momentos (los que dura la lectura de sus tebeos) de las barreras sociales y morales que nos impiden contemplar qué somos, qué es cada uno exactamente. “Utilizo la violencia para conocer mejor el mundo”. Como las pesadillas, la obra de Maruo saca a la superficie nuestros miedos y deseos más ocultos y atávicos, nuestros pensamientos más prohibidos y reprimidos.
¿Cuáles son las armas que emplea Maruo para lograr sus objetivos? Desde luego, la elegancia y el realismo romántico de su dibujo es uno de sus principales recursos, pero también la tensión en el diseño y planificación que muestran sus páginas. Y, por supuesto, la particularísima poesía visual con que concibe sus escenas, siempre ambivalente, que provoca repulsión a la par que fascinación. Esa gran viñeta, un ejemplo entre muchos, donde vemos al chico vampiro tendido sobre una chica degollada, bebiendo de su sangre en medio de un campo de amapolas, rodeado por mariposas, impresiona por razones antagónicas: la escena nos repugna en cuanto escenificación de un asesinato, pero, a pesar de eso mismo, permanecemos embobados sin poder apartar la vista de ella, con el mismo mecanismo que nos impulsa a mirar cuando pasamos junto a un accidente automovilístico, incapaces de negar que el conjunto posee una belleza sobrecogedora. Es este sentimiento contradictorio por el horror y la violencia sexual, que nos asquea pero a la vez nos atrae secretamente, lo que más nos perturba de este tebeo, lo que más nos hace cavilar. No se trata de que Maruo “haga atractiva la violencia”, es algo más sutil, más complejo, parecido a lo que encontramos en los cuadros de El Bosco o en la novela gótica. Lo que Maruo plasma en imágenes es la atracción que sobre nuestra imaginación siempre ha ejercido todo aquello que nuestra razón y moral más condena, ese lado primitivo e irracional que, merced a los mecanismos culturales, intentamos olvidar y ocultar a los demás y a nosotros mismos.
Apelar a fueros tan íntimos sólo se consigue manejando materiales ancestrales, arquetípicos, y Maruo lo sabe. Materiales que son las constantes en el ser humano desde antiguo, y por ello incorporados a la mitología, los cuentos infantiles, las leyendas populares. De esos materiales están hechos los tebeos de Maruo. El arquetipo más recurrente en ellos es la infancia y sus alrededores, origen de cuanto somos de adultos. “Me interesan los niños, no quiero narrar historias de adultos. Los adultos siempre hacen la misma cosa, trabajar, volver a casa y dormir.” Pero la presencia de la infancia no se limita a que sus personajes sean colegialas y chavales al borde de la adolescencia, va más allá. Maruo juega con el tema y sus símbolos para pervertirlos, consciente de que nuestros tabúes morales más sólidos están edificados en torno a los niños y todo lo que tenga que ver con ellos: el chaval pirómano de La sonrisa del vampiro no es un psicópata “en potencia”, sino que ya lo es a su tierna edad, y sus compañeros escolares no se quedán atrás (esas palizas que le pegan al vagabundo). El payaso de circo que aparece en el tebeo no es “el amigo de los niños” sino un brutal violador. Hay un par de escenas de sexo explícito entre un anciano y la chica que le cuida, apenas una adolescente. Tampoco falta el crimen que más nos repugna de todos, el infanticidio y más concretamente el de recién nacidos (esos bebés robados para servir de sacrificio).
Otra fuente predilecta de imágenes para Maruo es, como en Charles Burns, la naturaleza. La naturaleza con toda su contradicción, belleza y ausencia de piedad, con toda su grandeza y corrupción; la naturaleza como fuente de misterio, el mayor de los misterios, el sitio de donde procede todo lo vivo y adonde finalmente regresa en un ciclo eterno de reproducción y depredación: de vampirismo. Insectos, gusanos, pájaros, flores, árboles, peces, el Sol, la Luna, el dibujo de las alas de las mariposas... Claves ocultas desperdigadas por sus viñetas. Podríamos reprochar al tebeo lo obvio y reiterativo de algunos de esos símbolos, las telarañas, los cuervos; en cualquier caso, es un reparo secundario que a mí no me molesta. Ahora bien, el principal ingrediente arquetípico de este tebeo, de la obra de Maruo en general, es la relación del sexo con la violencia, y por ende, con la muerte. Lo que más parece interesar al autor japonés es explorar las siempre oscuras conexiones entre la pasión y la crueldad, el placer y el dolor, el deseo y el miedo, principal tándem motor del ser humano. La ecuación sexo/muerte no sólo aparece de manera explícita en abundantes escenas de La sonrisa del vampiro, sino también de manera más alegórica, impregnando el ambiente: heridas de navaja como labios de vagina, pesadillas eróticas premonitorias, la orina de las chicas cuando son asesinadas.
Maruo también ha querido aportar su propia lectura del mito y en este sentido ha conseguido en su tebeo un extraordinario compendio de los rasgos del vampiro procedentes de diferentes leyendas. A los ejemplos en las escenas ya comentadas, puede sumarse el de esa vieja arpía que se alimenta de la sangre de bebés, un eco de la Lilitu babilónica, la Lilith hebrea o de la posterior lamia, un tipo de bruja -las leyendas de la bruja y del vampiro están históricamente conectadas- que robaba recién nacidos para alimentarse de ellos. Igualmente, la impresionante secuencia donde el vampiro de Maruo trepa lateralmente por la pared parece inspirada directamente en una escena del Drácula de Stoker. El autor japonés ha incorporado también algunos elementos de casos reales documentados de asesinos que mataban para chupar la sangre a sus víctimas, intentando de este modo otorgarle al mito del vampiro cierto realismo despojándolo de glamour y de sus rasgos más fantásticos (estos vampiros no tienen colmillos sino que emplean armas blancas, las cruces y los ajos no les causan efecto alguno, etcétera), pero en el camino Maruo termina apropiándoselo para sus obsesiones temáticas: en este tebeo el vampiro sirve, sobre todo, como metáfora de los marcados, los marginados por la vida. "La tierra no quiso acogerme en su seno! ¡He aquí la prueba de que uno es un vampiro!”, dice la vieja jorobada del tebeo tras haber sido linchada por robar ropas a los muertos. Con esta idea Maruo parece rescatar algunas viejas leyendas eslavas que concebían al vampiro no como un noble seductor y superhombre -eso es más bien de la versión recogida por Stoker y los románticos- sino como un brutal reviniente que volvía de la muerte para succionar a sus propios familiares o, según las versiones, para vengarse de los vivos por sus infamias. El vampiro como ángel vengador es otra de las facetas del mito muy presente en este cómic.
Pero Maruo también utiliza al vampiro en otro sentido, como metáfora de todo ser vivo, de cualquier forma de vida: estar vivo, sobrevivir es ensuciarse y tomar de los demás, es ser vampiro. Recordemos que la tradición popular siempre ha relacionado al lactante con un vampiro. Voltaire afirmó, durante el pánico al vampiro que se desató en Europa oriental durante el siglo XVIII, que aquello era sólo fruto de la superstición, y que los únicos vampiros que existían eran los “usureros y hombres de negocios que chupan la sangre del pueblo a plena luz del día, que no están muertos aunque sí lo suficientemente corruptos, auténticos chupones que no viven en cementerios, sino en palacios hermosos”. El mismo Marx se refirió a la sociedad capitalista como una sociedad netamente vampírica. En el tebeo de Maruo, la chica protagonista le grita “¡Maldito vampiro!” al feto que está creciendo en el vientre de su hermana embarazada; cuatro viñetas más abajo nos lo grita a todos.El otro elemento fundamental del planteamiento artístico de Maruo es la ambigüedad de su discurso. El autor no lo hace evidente en ningún momento, prefiere crear un impacto sensorial en el lector y dejar que éste se enfrente, ética y estéticamente, a lo que esas viñetas le provocan. No estamos ante un tebeo narrativo en sentido convencional, donde el objetivo principal es "contar una buena historia". Como en los cómics de Burns o en algunos films de David Lynch, la historia y los diálogos son mínimos; lo que importan son las imágenes, y sobre todo, las sensaciones e ideas que esas imágenes sugieren. En la historia de La sonrisa del vampiro hay muy pocas ideas verbalizadas y cero moralejas; todo es deliberadamente abstracto y ambiguo; el misterio importa más que las conclusiones. Los símbolos esparcidos por las viñetas contribuyen a esta sensación, desde luego, pero también el elevado número de páginas de las que suelen disponer los dibujantes japoneses en sus cómics para recrear climas y ambientes. Hay asimismo en Maruo un gusto por el absurdo y por cierta ironía retorcida que refuerzan esta ausencia de un discurso racional claro, un gusto que entronca con el surrealismo y también con el Grand Guignol francés y el teatro de la atrocidad. Muchas de las acciones (y crímenes) de los protagonistas no obedecen a un móvil evidente, parecen caprichosas y arbitrarias. “La Luna no es un satélite... Es un agujero abierto en el cielo. Y la luz que se ve es la luz que se filtra desde el mundo de más allá”, dice el chico vampiro en el tercer acto del tebeo prácticamente sin venir a cuento. Tampoco vamos a encontrar en este cómic catarsis finales sobre redenciones de culpas al estilo judeocristiano, y parece lógico porque esto procede de un oriental, no de un occidental. Además, la inclusión de una moraleja final parece algo antagónico a una cosa tan irracional y amoral como un vampiro, un ser situado más allá del bien y del mal; en todo caso, lo que encontramos es una concepción vacía y nihilista del mundo. Casi al final del tebeo, el chico vampiro protagonista ya lo ha dejado claro: “Vas a morir completamente solo y abandonado. (...) No es un castigo para tus culpas. Pero vas a morir solo y abandonado. Y estarás eternamente solo...”
Paradójicamente, a pesar de que la ausencia de un discurso racional claro, precisamente a causa de ella, La sonrisa del vampiro transmite bastantes ideas, y eso es porque el autor ha tenido éxito. Leyendo el tebeo, uno no puede sustraerse a la sensación de que a estas alturas de la película (la historia de la humanidad) deberíamos tener claro que la violencia es algo inherente al ser humano, y que la crueldad y el anhelo más o menos secreto de someter a los demás y de ser sometido, también. Que hay gente mucho más dispuesta que otra a causar mal sin mayores motivos, sobre todo si se sabe libre del castigo social y de las leyes penales. Y que hay otro tipo de personas que parecen haber nacido para ser víctimas, que no encajan en este mundo, que están condenadas al ostracismo por los demás sin oportunidad de redención; en todo caso, sólo les queda la venganza contra sus brutales opresores o, peor aún, la traición a sus samaritanos. Mucho de eso hay en esta historia de gente repudiada por los demás a causa de su diferencia, en ese chico raro del Instituto iniciado y convertido en vampiro de la mano de una Pigmalión femenina, fea y jorobada. Y, sobre todo, en esa chica que tiene miedo del sexo, de la gente y, en general, de la vida misma; que, en secreto, desea sufrir y abandonar este mundo. En fin, a pesar de toda esta elaboración tan refinada que está detrás de La sonrisa del vampiro, seguro que no faltarán quienes lo despachen como un producto hecho para provocar “gratuitamente”, o directamente como algo obsceno, depravado y reprobable, sobre todo ahora que la derecha vuelve a campar a sus anchas por Europa y Estados Unidos (tan obsesionada ella desde siempre en reprimir no solamente el crimen y las conductas dañinas para terceros, sino también la libertad de costumbres). Hay un último dato acerca de la obra de Maruo que resulta cuando menos curioso y desde luego significativo, y es el hecho de que sus principales fans en Japón sean chicas de Instituto. No estoy seguro de qué nos dice eso sobre la adolescencia o la psicología femenina, ni me atrevo a especular. A lo que sí puedo responder es a las dos preguntas que más de uno se habrá hecho al terminar la lectura de “La sonrisa del vampiro”: NO, de momento no hay más volúmenes que éste, la historia concluye tal cual (sin embargo, Maruo ya está trabajando en La sonrisa del vampiro 2). SÍ, se van a publicar en castellano más trabajos de Maruo. Al habla Dani Barbero de Glénat: “Sí, sacaremos material suyo más fuerte, que distribuiremos retractilado y con algún aviso sobre el contenido en la portada”. ¿Mande? ¿¿¿MÁS FUERTE QUE ESTO???
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Al ver la entrada del tio berni hoy en Entrecomics sobre Suehiro Maruo he rescatado esta reseña de LA SONRISA DEL VAMPIRO (Glénat), que publiqué originalmente en la revista U nº 25 (noviembre 2002). En efecto, Glénat sacó bastante más material de Suehiro Maruo; su catálogo de la abyección en castellano, aquí (muy recomendable también de él LA EXTRAÑA HISTORIA DE LA ISLA PANORAMA)
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lunes, 28 de junio de 2010
NOMBRES DISTINTOS
"Como teníamos lectores distintos, decidimos poner otro nombre...y nos decantamos por 'gekiga' "Yoshihiro Tatsumi, entrevistado por Marc Bernabé
(visto en Entrecomics)
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lunes, 15 de febrero de 2010
VENTAS NORTEAMERICANAS
Portada de la revista LIFE, marzo de 1966
En 1970, el comic book más vendido no era de superhéroes, era ARCHIE COMICS (515.000 copias mensuales), una soap opera de adolescentes que editaba la compañía del mismo nombre y que durante muchos años fue líder del mercado del comic book, seguido muy de cerca por SUPERMAN (DC, 512.000 copias mensuales) y por el título más popular entonces de Marvel, THE AMAZING SPIDER-MAN (373.000 copias al mes). En la segunda mitad de la década, el impacto de las adaptaciones al cine (el SUPERMAN de Richard Donner, 1978) y la televisión (THE INCREDIBLE HULK, 1978-1982, imagen de abajo, y otras series) se notó en algunos títulos, por ejemplo, en HULK, que aumentó un 35% en 1979 hasta las 275.000 copias mensuales vendidas para luego caer en la segunda mitad de 1982 hacia las 190.000. A finales de los setenta, las cifras medias de ventas de DC y Marvel habían descendido notablemente y comenzaban a resultar más lucrativos los negocios relacionados con los personajes de cómic (juguetes y similares) que los tebeos mismos, o bien las adaptaciones al cómic de películas como STAR WARS (1977, George Lucas), que generó una serie de Marvel que obtuvo buenas ventas durante años.
En los años ochenta, las ventas remontaron gracias a varios fenómenos. Por un lado, el asentamiento y pujanza de las "ventas directas”, un sistema de distribución a librerías especializadas implantado desde 1973 por el distribuidor Phil Seuling aprovechando el circuito floreciente de librerías de tebeos de segunda mano a las que se suministraron las novedades editoriales en firme, sin posibilidad de devolución, a cambio de obtener descuentos. El sistema fue adoptado pronto por las grandes compañías del comic book, primero DC y luego Marvel, para afrontar el estancamiento de las ventas en quioscos y las devoluciones cada vez mayores (los paquetes se devolvían muchas veces sin abrir porque el margen de beneficio ya no le interesaba al quiosquero); en 1982 las direct sales constituían la mitad de las ventas totales de Marvel y subiendo. Por otro, el aumento paulatino de la edad media de los lectores desde los setenta, antiguos chavales ahora jóvenes adultos e incluso de treinta y pocos años (se puede comprobar en el correo de lectores de algunos comic books de los primeros ochenta) que seguían las series no tanto por los personajes sino en función de los autores que las realizaban (fan favorites),
y el tirón comercial de los nuevos formatos (Graphic Novel, Prestige). A ello se sumó la publicación de dos hitos del género de superhéroes que fueron verdaderos superventas, BATMAN: THE DARK KNIGHT RETURNS, de Frank Miller (1986, publicado precisamente en el novedoso formato Prestige, cuatro tomos de 48 páginas y tapas cosidas luego recopilados en un solo libro), y WATCHMEN, de Alan Moore y Dave Gibbons (1986-87, doce comic books de grapa recopilados más tarde en un libro), ambos editados por DC, que con éstos y otros títulos se acercó en ventas a la líder en el mercado, Marvel. A comienzos de 1986, la serie regular de Batman vendía unas 90.000 copias mensuales; al año siguiente ya eran 190.000, una popularidad que culminó con la película de Tim Burton de 1989 (abajo), el apogeo de la segunda batmanía. 
1986-87 fueron años cruciales no sólo por las ventas y el prestigio cultural que obtuvieron THE DARK KNIGHT RETURNS y WATCHMEN, también por los que consiguió la recopilación en novela gráfica del MAUS I de Art Spiegelman (publicado en 1986 por la editorial literaria Pantheon Books), previamente serializado en cuadernillos de grapa tipo comic book insertos en la revista de cómic de vanguardia que co-dirigía Spiegelman junto a Françoise Mouly desde 1980, RAW, revista que por cierto debido a su formato atípico se vendía en librerías generales en las mismas estanterías que las revistas de arte. Los tres cómics captaron una amplia atención de los medios generales y fueron distribuidos en formato novela gráfica en librerías igualmente generales.
Tras el boom de ventas especulativas de los 90 (“inversores” que compraban decenas de un mismo título, sobre todo primeros números de series realizadas por hot artists, pensando en especular con ellos en el mercado de segunda mano), vino el crack. Desde la segunda mitad de los 90 y toda la década de los 2000s el descenso de ventas de comic books parece imparable. La penetración del manga japonés en Estados Unidos ha sido por otra parte triunfal, con un aumento de ventas del 300% entre 2000 y 2002 (en el mismo periodo, las ventas de comic books y cómic no mangas sólo aumentaron un 8%), mangas que han conquistado el público infantil y adolescente, antaño el propio de los superhéroes. En 2009 se dio el fenómeno de que por primera vez en la historia ningún comic book o tebeo de grapa superó los 100.000 ejemplares mensuales de circulación. Hoy la mayoría de títulos editados en ese mercado se mueven en una franja entre los 6.000 y 30.000 ejemplares, cifras insólitas para una industria otrora de masas. En diciembre de 2009, THE AMAZING SPIDER-MAN nº 616 vendió 58.856 ejemplares en el mercado directo de las librerías especializadas (en 1970, recordemos, AMAZING vendía unos 373.000 ejemplares), y el comic book más solicitado ese mismo mes de 2009, el crossover de DC BLACKEST NIGHT, apenas sobrepasó los 100.000 ejemplares, exactamente 100.651 (en 1970 el tebeo de superhéroes más vendido, SUPERMAN, llegaba a las 512.000 copias mensuales). El segundo tebeo de grapa más distribuido en diciembre de 2009, GREEN LANTERN, alcanzó 97.285 copias ( fuente; gracias, Jose). Estas cifras, además, no son de ventas reales sino de copias surtidas a librerías especializadas, porque el mercado de venta directa no permite la devolución.
Dice Álvaro Pons, al hilo del estudio de Brian Hibbs que enlaza, que "Por lo demás, importante contracción de las ventas, de alrededor del 8%, y un mercado donde el top de ventas está claramente dominado por el manga y, específicamente, el fenómeno Naruto. De los 750, 451 puestos son para el manga, con casi un 58% del total de unidades vendidas y un 44% de la facturación total de cómics vendidos. Naruto reina con 46 números en catálogo que han supuesto casi un millón de ejemplares vendidos y una facturación cercana a los 8 millones de dólares. Para entender la comparación: los volúmenes de Naruto han vendido más que todos los libros de Marvel presentes en el top 750 de BookScan".
El tradicional mainstream norteamericano, los superhéroes, género hegemónico en el comic book desde los sesenta, está dejando paso de este modo a otro cómic mainstream, ahora resituado en librerías generales y donde entre los títulos más vendidos se encuentran los tomos de un manga infantil o una novela gráfica de un autor antaño "underground" como Robert Crumb. Por supuesto, todo esto tiene interés para nuestro mercado, que desde hace aproximadamente 20 años está muy influido por el norteamericano y en particular por el de los tebeos de superhéroes Marvel. Incluso la apuesta en Estados Unidos de la literaria Pantheon (Random House) por los autores de novela gráfica desde principios de los 2000s (JIMMY CORRIGAN de Chris Ware, ICE HAVEN de Daniel Clowes, BLACK HOLE de Charles Burns, ediciones americanas de Marjane Satrapi, Joann Sfar, etc.) ha tenido un eco en España, siquiera reducido, con las ediciones en castellano por parte de la literaria Mondadori (Random House) de la última edición del MAUS de Spiegelman y de otras novelas gráficas como el CATÁLOGO DE NOVEDADES ACME de Chris Ware, el citado ICE HAVEN de Clowes, el GEORGE SPROTT de Seth e incluso varias obras de autores hispanos (Juanjo Sáez, Miguel Brieva, Paco Alcázar o Liniers).
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Otras fuentes consultadas:
-Jean-Paul Gabilliet, OF COMICS AND MEN. A CULTURAL HISTORY OF AMERICAN BOOKS, University Press of Mississippi, Jackson, 2010
-Antoni Guiral (dir.), DEL TEBEO AL MANGA. UNA HISTORIA DE LOS CÓMICS. VOLS. 3 y 4, Panini, Barcelona, 2008, y Santiago García en Antoni Guiral (dir.), DEL TEBEO AL MANGA VOL. 6, Panini, Barcelona, 2009
-Denis Kitchen y Paul Buhle, THE ART OF HARVEY KURTZMAN. THE MAD GENIUS OF COMICS, Abrams ComicArts, Nueva York, 2009
viernes, 29 de enero de 2010
CRÓNICA DE UN TIEMPO, RELATO DE UNA OBSESIÓN
Alucinante reseña (más bien articulazo) de David Fernández sobre UNA VIDA ERRANTE, de Tatsumi, en la que contextualiza históricamente la obra con multitud de referencias (también gráficas), explica el nacimiento del gekiga y remata la faena con un festival de notas al pie y de enlaces a otras reseñas, entrevistas a Tatsumi y mucho más (gracias por el soplo, Santiago). En Zona Negativa
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sábado, 2 de enero de 2010
¡GEKIGA!
Anoche acabé los dos tomos, 800 paginazas en total, de UNA VIDA ERRANTE (Astiberri, 2009), la autobiografía profesional de Yoshihiro Tatsumi (Osaka, 1935) que narra sus inicios juveniles en el manga durante la posguerra japonesa hasta el final de la década de los cincuenta. El tebeo me ha parecido apasionante, quizás la obra de su vida, y quería comentar algunos aspectos de todo lo que cuenta, que es mucho, muchísimo, por lo menos aquello que más me ha llamado la atención cuando no conmovido profundamente. Para empezar, la constante lucha interior de Tatsumi (o su sosias, porque su personaje aparece rebautizado en el tebeo como Hiroshi Katsumi) entre sus deseos de servir a la industria que le da de comer haciendo tebeos comerciales y sus necesidades creativas y artísticas. Es una batalla que debe librar contra las fechas de entrega y los formatos impuestos, destacando en este sentido su búsqueda de espacio: de más páginas para contar con más viñetas y así poder "plasmar mejor el aspecto emocional".Por esta razón Tatsumi sentía predilección por el formato de tomo (tomos que hace cincuenta años se publicaban con normalidad en Japón), aunque a menudo se veía obligado a dibujar historietas cortas para las revistas antológicas con autores diversos, como la pionera SOMBRA que más tarde sería imitada por distintas editoriales.

Los debates que mantiene Tatsumi con su perspicaz hermano son reveladores, pues el hermano (enfermo en principio, aunque más tarde consigue superar su enfermedad y dedicarse también a dibujar tebeos) le espolea a "estilizar", siguiendo la tradición del manga de la que Tezuka es el dios absoluto, también para Tatsumi: "ahorrar trazos inútiles para simplificar el dibujo", "ahorrar viñetas", no "desperdiciar" páginas, son las consignas del hermano de Tatsumi. Frente a ellas, Tatsumi apuesta por experimentar usando más viñetas de lo habitual en busca de "una forma de expresión diferente". Lo sorprendente es que este mismo problema puede encontrarse mucho más recientemente, como señalaba el otro día Santiago en su reseña de UNA VIDA ERRANTE, en los autores de novela gráfica moderna: en Chris Ware, Clowes, Seth (ver página de abajo) & cía. Todos ellos, principalmente por influencia de Ware, han recurrido en sus obras recientes a multiplicar el número de viñetas frente a la síntesis habitual del cómic tradicional.
En esa búsqueda, Tatsumi y sus colegas fundarán hace cincuenta años un movimiento al que, como toda cosa nueva, tendrán que bautizar para diferenciarse de la corriente dominante del manga, que por entonces eran tebeos dirigidos al público infantil y mayoritariamente humorísticos. La etiqueta que adoptan, después de darles muchas vueltas, es la del hoy conocido gekiga, que bien podría traducirse libremente como "drama gráfico". Historietas dramáticas dirigidas a un público adulto frente al manga dominante, de humor y pensado para niños. "¡¡Me niego a seguir haciendo un manga basado en el 'humor' o en la 'gracia'!!", grita Tatsumi al final del primer tomo de UNA VIDA ERRANTE. 
CINE, CINE, CINE... MÁS CINE, POR FAVOR. En esa búsqueda, a veces llena de desesperación e inseguridad, de nuevos caminos que Tatsumi no encuentra en los mangas de su época, sus principales influencias provendrán del cine, pues no por casualidad se tragaba todas las películas norteamericanas, francesas y japonesas que podía. Como muestra, ver las dos páginas de arriba: Tatsumi nos cuenta cómo en uno de sus primeros experimentos utiliza un montón de viñetas extras por influencia cinematográfica, y el hermano se lo reprocha porque con ello "desperdicia" páginas. Tatsumi le replica que hay alguna película "cuya acción duraba una hora y pico, igual que la duración del filme", y que "en el manga también debería ser posible sincronizar el tiempo de desarrollo de las viñetas y el tiempo real".
Fotograma de LOS 7 SAMURÁIS de Kurosawa, citada expresamente en el tebeo igual que RASHOMON, VIVIR, SOLO ANTE EL PELIGRO, EL PUENTE SOBRE EL RÍO KWAI, A PLENO SOL o EL TERCER HOMBRE (abajo)
"No hay necesidad de introducir técnicas cinematográficas a la fuerza", replica el hermano de Tatsumi. "El manga es el mundo del papel. ¡No tiene nada que ver con el mundo del cine! Debemos desarrollar las técnicas propias del manga". Tatsumi: "Lo que ahora parece una simple imitación del cine será en el futuro una técnica propia del manga...". Este debate también tiene su miga y me recuerda al que sostuvieron Eisner y Miller tres décadas más tarde, en los primeros ochenta. Durante un encuentro al que asistía Eisner, Jim Shooter le presentó a Miller como la nueva promesa de Marvel, y le mostró el último número publicado de Daredevil. Lo primero en lo que se fijó Eisner fue en el número de viñetas, según él más alargado de la cuenta: le dijo a Miller que podía contar lo mismo con menos viñetas y que todas las demás sobraban. Miller por entonces quería reproducir en sus cómics efectos y ritmos "cinematográficos", como es evidente releyendo su Daredevil, y de ahí la profusión de viñetas con planos de transición. Poco tiempo después terminó dándole la razón a Eisner. "Cada viñeta tenía que hacer avanzar la narración y un plano de transición no tenía ningún propósito en el comic book", le dijo Eisner con mucha insistencia en aquella ocasión, tal como rememoraba Miller en una entrevista incluida en el libro de Mark Salisbury ARTISTS ON COMIC ART (Titan Books, 2000, pág. 164). En la misma entrevista Miller también explicaba cómo, a partir de la segunda mitad de su RONIN, empezó a aplicar la teoría de Eisner, abandonando su obsesión por hacer "cómics que funcionaran como películas", y entonces se percató de que la mayoría de lo que había hecho hasta entonces eran "tonterías". De todos modos, el debate menos viñetas/más viñetas está abierto y no acaba ahí, porque el uso de un gran número de viñetas que hace hoy día la escuela de Chris Ware (página de abajo) no tiene nada de cinematográfico y sí mucho de las necesidades de expresión emocional que intuía Tatsumi hace cincuenta años.
En este sentido, resulta evidente en toda la obra de Tatsumi traducida en España (ver tomos publicados por La Cúpula y Ponent Mon), y también en UNA VIDA ERRANTE, que existe una tensión no resuelta entre sus ambiciones narrativas y los recursos formales que maneja, que son los del tebeo comercial de género que aprendió a hacer desde muy joven y que le han marcado hasta el punto de ser esclavo de ellos. Es la rejilla, por usar terminología de Foucault, desde la que Tatsumi ve el mundo del manga, una rejilla aprendida a marchas forzadas a lo largo de una carrera de fondo donde no había tiempo más que para dibujar, dibujar y dibujar. Son recursos formales que a mi juicio se le quedan cortos para llegar a donde quiere llegar, pero son los recursos que conoce, las únicas herramientas que sabe manejar, y por tanto las que sigue aplicando.EN BUSCA DEL LECTOR ADULTO. Volviendo a UNA VIDA ERRANTE, también en Japón los cómics fueron una fuente de preocupación para los educadores. Tatsumi cuenta cómo el tipo de manga que él y sus colegas hacían empezó a ser criticado desde los medios generales, porque hasta entonces se asociaba 'manga' con 'público infantil', considerando este nuevo manga muy fuerte para los niños. "Historietas inmorales nos invaden", rezaba un titular de prensa que se reproduce en el tebeo. ¿Nos suena, verdad?
"Nuestro público no son los niños", se desahogaba Tatsumi con su hermano. "Un lector adulto sabe entender lo que dibujamos. Una puñalada hace sangrar. Eso no es algo perverso, sino de sentido común". Su hermano le contesta: "Ya, pero ten en cuenta que en las librerías ponen nuestros libros en el estante de 'manga infantil'. Cualquiera pensaría que son libros para niños". Entonces es cuando Tatsumi se convence definitivamente de la necesidad de marcar una "línea de separación" entre el manga infantil y el manga que hacían ellos, y lo hará con la etiqueta 'gekiga'. 
HARD BOILED. Otra de las influencias llamativas en los autores de gekiga fueron las novelas de Mickey Spillane, citado varias veces a lo largo de la obra. En aquella época el estilo hard boiled causaba sensación en Estados Unidos y, como todo lo estadounidense, el impacto terminó llegando a un Japón dominado por los vencedores de la II Guerra Mundial. Tatsumi cuenta en este sentido que su hermano, Shoichi Sakurai, fue quien le descubrió a Spillane, y que Sakurai creó un tebeo (LA CIUDAD DE LA MÁSCARA) inspirado en la forma de escribir de Spillane en el que hasta el protagonista se llamaba de forma parecida al detective Mike Hammer. Tatsumi reconoce asimismo que el tebeo de su hermano le marcó, y que también influiría enormemente en autores como Masaaki Sato y Takao Saito.
Páginas más tarde, vemos como Saito descubre las novelas de Spillane de la mano de Tatsumi, y cómo la influencia del novelista estadounidense marcaría sucesivas obras de Saito hasta conectar, de la mano del guionista Kazuo Koike, con la célebre GOLGO 13.
GEKIGA VERSUS MANGA. Una vez asumida la etiqueta explícitamente (empezó a figurar en las revistas que publicaron a partir de un determinado momento), en el Taller Gekiga de Tatsumi y sus colegas continuaban las discusiones, e incluso había algún autor como Saito que consideraba al gekiga como algo "separado" del manga:
Tatsumi, después de dudas anteriores (más atrás en el tiempo llegó a decir que "el gekiga no era manga", ante lo cual su hermano se reía y le contestaba "¿Se puede saber qué es 'un manga que no es manga'?"), pensaba ahora "que había una diferencia en el tipo de público pero, en tanto que ambas formas de expresión empleaban viñetas y bocadillos, el gekiga tenía que ser considerado como una parte del manga". Como se ve, cualquier parecido con el debate reciente en Occidente "¿la novela gráfica es cómic?" no es ninguna casualidad, más bien tiene todo que ver. Por supuesto, aclarémoslo una vez más, la novela gráfica moderna es cómic, no puede ser otra cosa, pero sí rompe con muchas constantes del cómic tradicional y en este sentido es hasta cierto punto comprensible que sea percibido como "otra cosa" o, desde luego, como un nuevo cómic; algo parecido a lo que venía a decir Tatsumi hace 50 años de la corriente específica, gekiga, respecto al medio general, manga. De hecho, en los comentarios finales a UNA VIDA ERRANTE, Tatsumi identifica muy significativamente a su padrino norteamericano Adrian Tomine -Tomine, página de abajo, es quien se está encargando de coordinar las ediciones de Drawn & Quarterly de la obra de Tatsumi- como "autor estadounidense de gekiga" . También, más significativamente aún, Tatsumi manifiesta en esas líneas finales su sorpresa por el hecho de que el gekiga, corriente minoritaria aún hoy en Japón, pueda tener interés para el lector occidental e incluso duda abiertamente de ello. Por supuesto que lo tiene, pero no para el lector habitual de manga en Occidente (chavales), sino para el lector (adulto) de novela gráfica.
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miércoles, 30 de diciembre de 2009
TALLERES DE MANGA GRATUITOS
En enero de 2010. Organizan FNAC Illa Diagonal de Barcelona (se celebrarán en su Forum), Escuela JOSO y Planeta DeAgostini Cómics. Más información
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domingo, 23 de agosto de 2009
NEW ENGINEERING









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Yûichi Yokoyama NEW ENGINEERING
TRAVEL
Yûichi Yokoyama es un historietista, ilustrador y pintor japonés (1967) que vive y trabaja en un suburbio de Tokio. Sus mangas empezaron a aparecer regularmente en revistas alternativas como Comic Cue, Mizue y Saizô. En 2004 su trabajo fue traducido al francés en dos álbumes de la editorial Matière, TRAVAUX PUBLICS y COMBATS, y algo después al inglés por la editorial de Dan Nadel, Picture Box, que ha publicado dos álbumes con historietas suyas, NEW ENGINEERING y TRAVEL.
"En mi caso, no hay 'historias' como tales. No hay historias en mis mangas... solo las impresiones en cada viñeta, eso es lo único que quiero considerar. En una historia de Hemingway dos amigos de Nick Adams se bajan de un tren en algún lugar, en un pueblo con una mina de carbón muy humilde, sucio, pequeño, y se van al bar. Es un bar muy rudo, y les tratan fatal, así que planean vengarse. Pero no se vengan; no hay historia. Se vuelven al tren. Con algo tan simple no hay historia, pero hay algo acechando en el trasfondo de todos modos. Eso es lo que quiero sacar de la historia. Quiero expresar ese tipo de cosas sin palabras. Así el lector tiene que 'leer entre líneas', 'entre viñetas'".--De una conversación con Yokoyama en Comics Comics
NO QUIERO QUE MI TRABAJO SEA HUMANÍSTICO.
"Me gustan los solares de la construcción y los viajes. No me gusta la lucha, pero disfruto dibujando el movimiento de los cuerpos en combate, que es similar al de los cuerpos en el deporte. Una representación psicológica o interior haría mi trabajo humanístico, y no quiero eso. Para evitar ese elemento, incluyo sólo lo que es visualmente perceptible. Es como si las imágenes que yo dibujo no fueran escenas vistas a través de ojos humanos. Representan la perspectiva de un animal, insecto, máquina u otra materia inanimada. Creo que dibujar desde esa perspectiva me permite crear una representación más universal".--Yokoyama, de la entrevista realizada por Dan Nadel que aparece al final del tomo NEW ENGINEERING
"Definitivamente trabajo para eliminar la huella humana. En las líneas de dibujo, uso plantillas de curvas y de rectas. Soy un apasionado del trabajo de Sol Lewitt, pero no puedo decir con certeza porqué no quiero hacer trabajos humanísticos. Quizás es una respuesta muy común, pero puede ser porque tengo un sentimiento de impotencia frente a los trabajos humanísticos (sean de pintura, literatura o de lo que sea)".
"Hay una teoría en la historia del arte que propone que después de un cierto periodo histórico, el arte, y la pintura en particular, se han vuelto inútiles para cumplir su función (y esa tendencia, creo, es particularmente notable en Japón). El resultado es que el arte se ha convertido más en un modo de expresión personal que en algo que ofrezca nuevos descubrimientos. Por trabajo humanístico quiero decir trabajos de naturaleza personal. Hay trabajos personales que son buenos e interesantes. Pero ninguno de ellos te ofrece algo nuevo. No pretendo criticar el trabajo de otros, pero, en mi trabajo, intento crear cosas que ofrezcan nuevos descubrimientos. Hay dos tipos de trabajos artísticos. Uno aporta información y el otro es artesanía. El primero expresa nuevas ideas. El resultado puede que no complazca al ojo, pero contiene información nueva. El segundo es el tipo de trabajo que uno desea adquirir y poseer. En mis cómics, yo apunto al primero. Lo que significa lo siguiente: hacer pinturas convencionales en la época contemporánea es producir artesanía en el sentido que he explicado antes. No creo que el arte sea incapaz de ofrecer nuevos descubrimientos, pero, en mis cómics, estoy esforzándome realmente para comunicar algo nuevo. En los trabajos universales, quiero decir trabajos que puedan resistir el paso del tiempo y ser apreciados en un espectro amplio de contextos... un trabajo que pueda ser visto cientos de años después por gente de otras civilizaciones, gente de cualquier lugar de la Tierra, y que aún pueda ser disfrutado por los nuevos descubrimientos que ofrece (en lugar de proporcionar el tipo de placer que ofrece la artesanía)".
"Estoy influido por los trabajos de Tadashi Kawamata en el arte, Andrei Tarkovski en el cine, Arthur Honegger y Toru Takemitsu en la música, y Fiódor Dostoyevski, Ernest Hemingway, Franz Kafka y Masuji Ibuse en la literatura"
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