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viernes, 21 de julio de 2017

los vencidos y los muertos

En el setenta aniversario del fin del mayor conflicto bélico de la historia, el japonés Nozoe Nobuhisa (1949) publicaba un manga basado en los recuerdos de seis supervivientes. Teniendo en cuenta que el autor no vivió la guerra, su objetivo principal, aclara en el prólogo, era dejar constancia del testimonio de aquellos que sí la vivieron (la sufrieron):

“Ya no tenía ni a mis padres ni a mi suegro –explica Nobuhisa–, y a mi alrededor apenas quedaba nadie que hubiera vivido la guerra en primera persona y pudiera hablarme sobre ella. Ya no era posible que aquellos que la habían vivido pudieran contarme historias sobre la trágica derrota.
Pero entonces pensé: si yo hubiera vivido en la época de la guerra del Pacífico, ¿a qué trágicas vivencias habría sobrevivido? Tenía que crear una historia para que nosotros, los japoneses, no olvidásemos nunca aquella tragedia. Así fue como creé mi propia historia sobre la guerra basada en hechos que escuché e investigué. Y así es como decidí dibujar este libro”.


Si aplicamos la terminología de Marianne Hirsch, hablaríamos aquí de postmemoria: “un espacio para el recuerdo intersubjetivo y transgeneracional, vinculado específicamente al trauma cultural o colectivo”, definido “a través de una identificación con la víctima o con el testigo del trauma, modulada por la distancia insalvable que separa al participarte del que nació después”. Una postmemoria sobre un trauma colectivo, que Nobuhisa construye inspirándose en testimonios de diferentes supervivientes que investigó, alrededor de los que articula seis capítulos.

Lo más llamativo en libros (cómics, mangas) como este es, al menos para mí, poder acceder al punto de vista del vencido en la guerra, cuya perspectiva nunca es la dominante en la mayoría de relatos que consumimos sobre ella, no digamos ya en el caso de la II Guerra Mundial, sobre la que se ha escrito y realizado producciones (audio)visuales en cantidades industriales. La historia y mitología en torno a aquella contienda no cesa y, comprensiblemente, estas no cesan de interesarnos. A la hora de narrarla, el vencido tiende a callar, a menudo acogotado por el vencedor y por sus relatos, particularmente si el primero fue el que empezó la guerra.

La visión de la II Guerra Mundial que nos proporciona este cómic de
Nozoe Nobuhisa, de manera parecida a otros mangas de los años setenta y ochenta (de Shigeru Mizuki a Keiji Nakazawa pasando por el Adolf de Osamu Tekuka), es, de manera palmaria, la visión propia del derrotado. Solo el título del cómic deja claro que va a hablarnos de una TRÁGICA DERROTA (Haisen higeki). Asumido el desastre y la victoria del adversario, el relato deja a un lado las hazañas y se centra en episodios de infausto recuerdo por sus consecuencias: el trauma individual del que padece la guerra; el trauma colectivo y cultural de una nación derrotada.

A mí me han impresionado especialmente dos capítulos: por un lado, el de la mujer violada
por soldados soviéticos durante la retirada de Manchukuo (y luego por un compatriota japonés porque, total, como “el enemigo la ha violado repetidas veces, qué más le da una vez más”) que, en su senectud, recuerda “para nosotros” lo ocurrido entonces. La anciana aún conserva el cianuro potásico que le proporcionaron para poder “escapar” en caso de ser apresada, que en teoría no usó.

Por otro lado, el capítulo del soldado que sobrevivió “milagrosamente” en el frente del Pacífico cuando todos sus compañeros, incluido un hermano, murieron. Por ellos, por su memoria y dignidad, se resiste a morir, ya viejo, incluso cuando ha terminado en la ruina. Entre medias, un par de escenas escalofriantes donde se pone de manifiesto la utilidad de la táctica del gyokusai o ataque suicida, que iba mucho más allá de la estrategia militar frente a un enemigo superior: también servía para mantener previamente una disciplina tan férrea como injusta. “Cada noche [los oficiales] nos castigaban de forma injustificada. Si pensabas que de todos modos morirías en esta guerra, apenas sentías dolor o rabia. Y si además pensabas que los militares que ahora te estaban sancionando morirían también del mismo modo, dejabas de sentir rencor”.

El dibujo de Nobuhisa, un registro de caricatura realista, alterna tramas manuales con fondos dibujados con grafito que, a veces, combina con fotografías en busca de la verosimilitud. Entre capítulo y capítulo, citas a Goya y algunas reflexiones breves del autor en forma de aforismos (lo peor del libro, dada su ingenuidad u obviedad en bastantes casos). Terminemos aludiendo a esa promesa de amor incumplida en el primer capítulo, el de los torpedos kamikazes, o cómo la guerra —la máquina implacable de la Historia— separa arbitrariamente a las personas determinando el destino del individuo con escaso o nulo margen de elección, y por supuesto a todo lo que se halla implícito en una sola frase del libro acerca de la naturaleza de la guerra, del monopolio estatal de la violencia, de la sociedad y las leyes en tiempos de guerra frente a los tiempos de paz. Me refiero al momento del capítulo segundo en el que ese anciano, atormentado por ejecutar a un prisionero, comete delitos menores siete décadas después para intentar ir la cárcel. “Hace 70 años maté a un chino”, le “confiesa” el anciano al policía que le ha arrestado por hurto en una tienda. El policía le responde: “¿Hace 70 años? ¿Se refiere a la guerra? Matar a un soldado enemigo durante la guerra no se considera un delito”.

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Trágica derrota
(Haisen higeki)

Nozoe Nobuhisa
2015
Ediciones ECC, 2017
Traducción de Yosuko Tojo

domingo, 28 de mayo de 2017

el lenguaje

«Tenemos el arte para no morir de la verdad». Es la cita de Nietzsche –que Camus recogió en El mito de Sísifo– con la que se abre La levedad, de Catherine Meurisse. Publicado en Francia el año pasado y traducido en España hace unos meses por Impedimenta, el libro es bien conocido en los medios, al menos para quien haya prestado algo de atención, puesto que está escrito y dibujado por una «superviviente» del atentado contra Charlie Hebdo de enero de 2015. Catherine Meurisse debía estar en esa reunión matutina en la redacción de la revista satírica francesa durante la cual su plana mayor fue asesinada, pero llegó tarde –según cuenta con humor autoparódico en las primeras páginas– debido a sus cuitas amorosas, que le hicieron quedarse en la cama más de la cuenta. «¿Por qué todo el mundo habla de “atentado”... si ha sido una matanza?», se pregunta la autora en dos viñetas del libro, bastantes páginas más adelante, mientras se dibuja a sí misma contemplando un atardecer en la playa. En la siguiente página, en la misma playa ya en sombras, un pterodáctilo levanta el vuelo en el horizonte. Un elemento chocante sin un significado aparente, abierto a la interpretación: el lenguaje poético. El arte.

El arte como terapia, por un lado. Meurisse produjo el grueso de este libro tras un diagnosticado shock postraumático, en el que la personalidad se «disocia» y todo pasa a verse «desde fuera». Es un mecanismo mental para evitar los efectos de la adrenalina y cortisona que el cerebro genera ante un suceso así; la disociación provoca «una anestesia emocional, sensorial, además de amnesia», explica el psiquiatra a Meurisse en otra página. «Cuando esté “re-asociada” lo contará todo en una novela gráfica», añade. 


Meurisse llegaba tarde a aquella reunión, pero «a tiempo» porque cuando aún no había concluido la matanza. «No subas a la redacción», le dijo su compañero de revista Luz desde la acera de enfrente. Refugiados en una oficina cercana, oyeron las ráfagas de fuego. Onomatopeya: Ra ta ta ta ta ta ta ta ta ta ta ta ta ta ta ta

«–Tu padre no lo reconocerá, pero después de la llamada [de Catherine Meurisse a su madre] estuvo mucho tiempo sentado sin poder pronunciar ni una palabra.
—El terrorismo es el enemigo declarado del lenguaje» (pág. 50).

El arte como tecnología para manejar la realidad, por otro. El arte, la narración, el lenguaje simbólico en general, como necesidad humana e instrumento para explicar el mundo, la vida, a nosotros mismos. Sin lenguaje nos situamos más allá de la realidad, en «lo Real» en bruto: algo que no podemos manejar, entender o asimilar (lo inefable). Necesitamos mitos, relatos, imágenes, palabras, dibujos para poder «hacer nuestro» el mundo, tanto más cuanto más difícil resulta entender lo que ha ocurrido en él. Por volver a Nietzsche, el arte como mentira para re-velar la verdad sin perecer al contemplarla.

Meurisse, que cuenta con una larga trayectoria
en Francia como ilustradora y dibujante de cómics, demuestra un contundente dominio del lenguaje que le es propio en las gloriosas 60-70 primeras páginas de este libro. Pertenece a la tradición de Sempé, Claire Bretécher, Quentin Blake y, como ellos, dibuja maravillosamente. También tiene el filo propio del lápiz al que se ha sacado punta en la redacción de Charlie Hebdo, revista en la que Meurisse había empezado a colaborar diez años antes del atentado, con solo 25 años; en ella desarrolló su tira Scènes de la vie hormonale, en la que abordaba con humor sus relaciones sentimentales, a menudo con hombres casados, como la que cuenta al comienzo de este libro. Meurisse tiene mucha versatilidad para cambiar el tono y saltar del (gran) homenaje a sus compañeros asesinados a la autoparodia bien armada y la risa sobre «aquello de lo que no podemos reír». Pero ella sabe bien, como sus compañeros muertos, que sí podemos reírnos de todo. De nuevo, gracias al lenguaje.

Meurisse sabe también usar el diseño más allá de la retícula clásica de viñetas, porque dispone de un libro de muchas páginas para, por ejemplo, jugar con la introducción del color tras una larga secuencia en negro y grises, con el blanco de la página o con los dibujos a toda ídem. Hay un bajón de inspiración, para mi gusto, en la última parte del libro, cuando relata su «fuga» a Roma para sumergirse en el Gran Arte como consuelo durante su duelo (y de paso para escapar de la prensa y los escoltas que le puso el gobierno francés tras el atentado). Aquí caemos en el territorio de algunos tópicos: la «belleza», el síndrome de Stendhal, etc. Prefiero mil veces una página sin palabras del comienzo (pág. 9), en la que el horizonte de la playa se convierte en una suerte de Rothko –un artista que quiso hacer de sus cuadros una experiencia mística–, que toda la cháchara sobre la posible conmoción de Stendhal ante las obras expuestas en los museos de Roma (pág. 118). Al final del todo, en los créditos, encuentro una posible explicación: las primeras 71 páginas las hizo del tirón, durante el verano de 2015. El resto, más «recalentadas» en mi opinión, toda esa parte sobre Roma y una visita al Louvre para cerrar el libro, las dibujó en enero-febrero de 2016. Pero su abrazo del arte tiene sentido, todo el sentido del mundo, si hacemos caso de nuevo a la cita de Nietzsche que eligió para abrir este libro.

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La levedad
Catherine Meurisse
Traducción de Lluís Maria Todó de
La légèreté (Dargaud, 2016) 
Impedimenta, 2017
135 páginas

 
Catherine Meurisse tiene otro libro traducido por Impedimenta en 2016, La comedia literaria

domingo, 21 de mayo de 2017

soy montaña

La tradición manga-anime de sucesión de luchas de poder y consecución de retos (Dragon Ball, etc.) se convierte en La balada de Jolene Blackcountry en un ascenso místico que al final tiene más que ver con Jodorowsky que con la acción japonesa. El encargo heroico del macho-héroe que ya no está en condiciones de “actuar” (“mi acto heroico acabó hace tiempo”, dice S.A.T.A.N. en las primeras páginas) suponer pasar el testigo a la mujer-heroína, y la “lucha personal” de esta se va a prestar a lecturas de género interesantes y —esto es importante para que sean interesantes— abiertas a la interpretación. La estética manga-anime, por supuesto, le da al cómic su punto exótico que funciona como recurso formal metalingüístico. No es un “manga de verdad” aunque lo parezca, etc. Es la lectura personal de alguien que ha mamado ese material desde chico (Tezuka, Otomo, Junji Ito, Hideshi Hino, Tetsuo Hara, Goseki Kojima, todo ello mezclado con Charles Burns o Frank Miller; nos lo contó el propio autor en una mesa redonda sobre manga que tuve el gusto de moderar en el pasado GRAF de Barcelona) y ahora nos lo devuelve convenientemente deglutido y asimilado.

(Carlos Vermut ya lo hizo a su manera en Cosmic Dragon; Caramba, 2012).

De La balada de Jolene Blackcountry me encantan entre otras cosas esas "piedras místicas" tan brutas y, en general, el planteamiento visual a doble página y la espectacular tinta fotoluminiscente. Con esta última, por un lado, se representa el mundo invisible / trascendente o aquello que está “velado” en la historia y, por otro, se convierte el tebeo en un OBJETO raro y valioso, que huele (mucho) y se presta a “tocamientos” varios porque ese bitono fosforescente tiene un volumen considerable. Aconsejo por ello hacerse cuanto antes con este tebeo antes de que se agote (edita Autsaider). 

El objeto en sí por cierto, formato “seudo-álbum”, en tamaño y número de páginas, certifica definitivamente las nuevas rutas que están tomando los jóvenes autores en lo que podría llamarse post-novela gráfica (seguro que Santiago dijo algo al respecto; en efecto, acabo de buscarlo, aquí, 2013, y aquí, 2016), lo que a su vez certifica la libertad que ha traído la novela gráfica a la hora de que el autor, ya responsable total de su obra, se plantee hacer con sus tebeos, literalmente, lo que le da la real gana. Temas, tratamiento formal, formatos, número de páginas, y así hasta el “infinito”. Ya no hay “revistas” de cómic a las que entregar X número de páginas mensuales; no hay un “formato estándar” al que ajustarse, no hay “géneros de ficción” que te pide el editor, al menos en mercados como el español, etc., etc., etc. 

La única pega para mi gusto de este Jolene: igual, quizá, a veces no hacían falta los textos místico-verborreico-macarrónicos, aunque también tienen su parte de risa. No lo sé, ¿eh? Solo me ha dado a veces esa impresión. El responsable de este objeto extraño, Victor Puchalski, es un autor definitivamente a seguir que no se ha estancado con Enter the Kann (Autsaider, 2016) y parece que no quiere repetirse de ningún modo. De hecho, una vez leído, este Jolene parece el "paso lógico" para superar aquello.

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La balada de Jolene Blackcountry
Victor Puchalski
40 páginas
Ausaider, 2017
Rústica, tinta sobre negro y fotoluminiscente

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(empiezo aquí unas minirreseñas sobre aquellos cómics que vaya leyendo. En ellas no atenderé a criterios “políticos” ni de “relevancia” o similares; no se trata de reseñar lo “más importante del año” ni nada por el estilo. Pretenden ser solo algunas notas sobre los cómics que acabo de leer y sobre los que tenga algo que decir)