En el setenta aniversario del fin del mayor conflicto bélico de la historia, el japonés Nozoe Nobuhisa (1949) publicaba un manga basado en los recuerdos de seis supervivientes. Teniendo en cuenta que el autor no vivió la guerra, su objetivo principal, aclara en el prólogo, era dejar constancia del testimonio de aquellos que sí la vivieron (la sufrieron):
“Ya no tenía ni a mis padres ni a mi suegro –explica Nobuhisa–, y a mi alrededor apenas quedaba nadie que hubiera vivido la guerra en primera persona y pudiera hablarme sobre ella. Ya no era posible que aquellos que la habían vivido pudieran contarme historias sobre la trágica derrota.
Pero entonces pensé: si yo hubiera vivido en la época de la guerra del Pacífico, ¿a qué trágicas vivencias habría sobrevivido? Tenía que crear una historia para que nosotros, los japoneses, no olvidásemos nunca aquella tragedia. Así fue como creé mi propia historia sobre la guerra basada en hechos que escuché e investigué. Y así es como decidí dibujar este libro”.
Si aplicamos la terminología de Marianne Hirsch, hablaríamos aquí de postmemoria: “un espacio para el recuerdo intersubjetivo y transgeneracional, vinculado específicamente al trauma cultural o colectivo”, definido “a través de una identificación con la víctima o con el testigo del trauma, modulada por la distancia insalvable que separa al participarte del que nació después”. Una postmemoria sobre un trauma colectivo, que Nobuhisa construye inspirándose en testimonios de diferentes supervivientes que investigó, alrededor de los que articula seis capítulos.
Lo más llamativo en libros (cómics, mangas) como este es, al menos para mí, poder acceder al punto de vista del vencido en la guerra, cuya perspectiva nunca es la dominante en la mayoría de relatos que consumimos sobre ella, no digamos ya en el caso de la II Guerra Mundial, sobre la que se ha escrito y realizado producciones (audio)visuales en cantidades industriales. La historia y mitología en torno a aquella contienda no cesa y, comprensiblemente, estas no cesan de interesarnos. A la hora de narrarla, el vencido tiende a callar, a menudo acogotado por el vencedor y por sus relatos, particularmente si el primero fue el que empezó la guerra.
La visión de la II Guerra Mundial que nos proporciona este cómic de Nozoe Nobuhisa, de manera parecida a otros mangas de los años setenta y ochenta (de Shigeru Mizuki a Keiji Nakazawa pasando por el Adolf de Osamu Tekuka), es, de manera palmaria, la visión propia del derrotado. Solo el título del cómic deja claro que va a hablarnos de una TRÁGICA DERROTA (Haisen higeki). Asumido el desastre y la victoria del adversario, el relato deja a un lado las hazañas y se centra en episodios de infausto recuerdo por sus consecuencias: el trauma individual del que padece la guerra; el trauma colectivo y cultural de una nación derrotada.
A mí me han impresionado especialmente dos capítulos: por un lado, el de la mujer violada por soldados soviéticos durante la retirada de Manchukuo (y luego por un compatriota japonés porque, total, como “el enemigo la ha violado repetidas veces, qué más le da una vez más”) que, en su senectud, recuerda “para nosotros” lo ocurrido entonces. La anciana aún conserva el cianuro potásico que le proporcionaron para poder “escapar” en caso de ser apresada, que en teoría no usó.
Por otro lado, el capítulo del soldado que sobrevivió “milagrosamente” en el frente del Pacífico cuando todos sus compañeros, incluido un hermano, murieron. Por ellos, por su memoria y dignidad, se resiste a morir, ya viejo, incluso cuando ha terminado en la ruina. Entre medias, un par de escenas escalofriantes donde se pone de manifiesto la utilidad de la táctica del gyokusai o ataque suicida, que iba mucho más allá de la estrategia militar frente a un enemigo superior: también servía para mantener previamente una disciplina tan férrea como injusta. “Cada noche [los oficiales] nos castigaban de forma injustificada. Si pensabas que de todos modos morirías en esta guerra, apenas sentías dolor o rabia. Y si además pensabas que los militares que ahora te estaban sancionando morirían también del mismo modo, dejabas de sentir rencor”.
El dibujo de Nobuhisa, un registro de caricatura realista, alterna tramas manuales con fondos dibujados con grafito que, a veces, combina con fotografías en busca de la verosimilitud. Entre capítulo y capítulo, citas a Goya y algunas reflexiones breves del autor en forma de aforismos (lo peor del libro, dada su ingenuidad u obviedad en bastantes casos). Terminemos aludiendo a esa promesa de amor incumplida en el primer capítulo, el de los torpedos kamikazes, o cómo la guerra —la máquina implacable de la Historia— separa arbitrariamente a las personas determinando el destino del individuo con escaso o nulo margen de elección, y por supuesto a todo lo que se halla implícito en una sola frase del libro acerca de la naturaleza de la guerra, del monopolio estatal de la violencia, de la sociedad y las leyes en tiempos de guerra frente a los tiempos de paz. Me refiero al momento del capítulo segundo en el que ese anciano, atormentado por ejecutar a un prisionero, comete delitos menores siete décadas después para intentar ir la cárcel. “Hace 70 años maté a un chino”, le “confiesa” el anciano al policía que le ha arrestado por hurto en una tienda. El policía le responde: “¿Hace 70 años? ¿Se refiere a la guerra? Matar a un soldado enemigo durante la guerra no se considera un delito”.
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Trágica derrota
(Haisen higeki)
Nozoe Nobuhisa
2015
Ediciones ECC, 2017
Traducción de Yosuko Tojo
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viernes, 21 de julio de 2017
los vencidos y los muertos
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martes, 7 de abril de 2015
guerras del siglo XXI... y XX (II)
Segunda y última parte de mi artículo sobre cómics recientes que han abordado conflictos bélicos, algunos de este siglo, otros del pasado pero con múltiples consecuencias en un presente al que han conformado. Escribo en concreto sobre las dos primeras entregas de la «trilogía del Este» de Igort, Cuadernos ucranianos (Sins Entido) y Cuadernos rusos (Salamandra), sobre Las guerras silenciosas, de Jaime Martín (Norma), y sobre Patria, de Nina Bunjevac, que Turner acaba de publicar en España. En la revista digital Paseo de Gracia
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martes, 26 de agosto de 2014
los límites del talento
He visto Lightning Over Water (1980), el documental de Win Wenders y Nicholas Ray sobre los últimos días de Ray, con el que Wenders trabó amistad a partir de su participación en El amigo americano, la que tal vez siga siendo su mejor película (al menos de ficción). Ésta no lo es, y ahora entiendo por qué ha sido olvidada hasta cierto punto. Más allá de la necesidad de rendir homenaje al amigo y maestro que se muere, completamente legítima, no hay muchos momentos de inspiración que brinden verdadera "chicha" para quienes vemos la película, al menos para mí no. El inquietante comienzo, sin duda, en esa larga escena del amanecer en el apartamento de Ray; algunos chispazos breves en escenas posteriores, todos a cargo de la palabra y mirada de Ray; alguna conversación con el amigo; la forma impudorosa de filmar su duro despertar, el de un anciano que se muere de cáncer.
En las partes en que más se nota la mano "intelectual" de Wenders, la pelicula decae cosa mala. El epílogo, por ejemplo, ya sin Ray (que reposa en forma de cenizas en el interior de una urna), es infinitamente mediocre, y te da una buena perspectiva de los límites del talento de Wenders. Su carrera posterior los ha confirmado, aunque justo es reconocer el atrevimiento del joven cineasta al meterse a rodar algo así en 1979. Viendo la película también pensé en la corriente sobre la memoria, la realidad y lo autobiográfico en el cómic artístico contemporáneo (30-40 años hacia acá, no más), y en cómo esa necesidad autoral de memoria solo es posible en un medio/forma artística que ya tiene una historia detrás y que ha escapado de los cauces industriales estrictos del entretenimiento de masas: solo esa "historia pasada" de la forma (a la que en el caso del cine pertenece sin duda Nicholas Ray) permite alcanzar el nivel de autoconciencia adecuado para usarla en este tipo de menesteres.
En las partes en que más se nota la mano "intelectual" de Wenders, la pelicula decae cosa mala. El epílogo, por ejemplo, ya sin Ray (que reposa en forma de cenizas en el interior de una urna), es infinitamente mediocre, y te da una buena perspectiva de los límites del talento de Wenders. Su carrera posterior los ha confirmado, aunque justo es reconocer el atrevimiento del joven cineasta al meterse a rodar algo así en 1979. Viendo la película también pensé en la corriente sobre la memoria, la realidad y lo autobiográfico en el cómic artístico contemporáneo (30-40 años hacia acá, no más), y en cómo esa necesidad autoral de memoria solo es posible en un medio/forma artística que ya tiene una historia detrás y que ha escapado de los cauces industriales estrictos del entretenimiento de masas: solo esa "historia pasada" de la forma (a la que en el caso del cine pertenece sin duda Nicholas Ray) permite alcanzar el nivel de autoconciencia adecuado para usarla en este tipo de menesteres.
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lunes, 7 de abril de 2014
varia
«En aquella ratonera del puerto alicantino se concentraron casi 20.000 personas (17.000 hombres, 2.000 mujeres y 1.000 niños) que esperaron en vano a los barcos que debían evacuarlos, para llevarlos al exilio. Barcos que nunca llegaron, y en su lugar se produjeron escenas dantescas, "al menos 45 suicidios", como el de "un hombre que se afeitaba tranquilamente junto a una joven embarazada y que al terminar de rasurarse se degolló. Fue tal el chillido que dio aquella mujer, que dio a luz allí mismo".»—José Eduardo Almudéver, 94 años, uno de los pocos exbrigadistas internacionales vivos. Sigue aquí
(viñetas de Los surcos del azar, 2013, de Paco Roca)
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«Los media son indispensables en la construcción de una opinión pública que llegue a sentir como propios los intereses de las élites dirigentes».
«Todo arte es político. No sólo el antagonista. También el que aplaude. Y el que mira hacia otro lado».—Rogelio López Cuenca, artista
sábado, 22 de marzo de 2014
un millón de veces mejor
Hasta aquí la cita de Florentino Flórez (el énfasis en cursiva es mío) de su reseña de Los surcos del azar, de Paco Roca. Ahora veamos qué se decía en Los surcos del azar, páginas 116 y 117:«Hasta aquí deberían leer si piensan en comprarse esta novela gráfica. Si lo que desean es ahorrarse la pasta, prosigan. Están avisados. Y es que yo no acabo de pillarle el punto a Paco Roca. Le reconozco todas las virtudes que he enumerado. Es riguroso en sus planteamientos y sus acabados son muy profesionales y agradables. Pero nada de lo que cuenta consigue interesarme. Sus constantes saltos del presente al pasado me aburren y narrativamente me parecen innecesarios. [...] Hay un momento en que comenta que le gustaría darle a las memorias del jubilado un aire a Los Violentos de Kelly, la peli de los setenta. Inmediatamente aclara que es un chascarrillo, él es demasiado serio como para hacer un mero entretenimiento. Personalmente, nunca me ha parecido una gran película, pero desde luego es un millón de veces mejor que el ladrillo que se ha marcado el amigo Roca. La memoria histórica tiene estas cosas».
—Personaje de Paco Roca: «Hay una película que me gusta mucho, "Los violentos de Kelly", pensaba hacer algo así, pero con los republicanos de españoles. ¿Conoce la película?»
—Miguel Ruiz: «No soporto las películas americanas de guerra. Parece que ellos solos las ganaran. ¡Eso es mentira!»
—Personaje de Paco Roca: «Bueno, sí. Es verdad... igual es un tono muy frívolo después de oír lo que me ha contado.
Quizá simplemente le tome a usted como protagonista y cuente sus años en la guerra».
—Miguel Ruiz: «Vaya, ¿me vas a convertir en el protagonista de una historia?»
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