
Esta página de aquí arriba es una pieza artística que pertenece a su autor (Horacio Altuna en este caso) salvo que haya existido una donación o una compraventa libremente aceptada por el autor. Es decir, que él haya decidido donar o vender libremente esa página a otra persona. Pero incluso una vez donada o vendida legalmente esa pieza artística, el autor no ha perdido todos los derechos sobre ella, porque los derechos de autor son derechos humanos
inalienables:
Art. 27. 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas:
Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.
El autor, aunque venda su dibujo, su página de cómic, su escultura, su pintura, tiene derecho a seguir su destino, qué se hace con ella, si se expone, si se vende a un tercero, etc. Incluso, y así lo recogía expresamente Will Eisner por ejemplo en el contrato de compraventa, tiene derecho a cobrar un porcentaje si la obra se revende a un tercero. Nada de eso sucedió en este caso. Porque Horacio Altuna no vende sus originales publicados. Ni los dona. Y porque ese original no le fue devuelto. Y esto, en el ámbito del Salón del Cómic lo sabe bastante gente porque ya han sucedido cosas parecidas otros años. Con él y con otros autores.
Si el autor del original sustraído denuncia, se abrirán diligencias judiciales. Diligencias que van a ir por la vía penal, porque, y no me refiero al vendedor de este caso sino a la persona que sustrajo el original en su momento y lo vendió en su día, hacer eso es delito. Por si alguien no lo sabía.
Y si por ejemplo yo, vamos a seguir con las hipótesis, compro esa obra artística posteriormente SABIENDO su procedencia, es decir, sabiendo que esa pieza artística ha sido sustraída, también es delito. Comprar cosas robadas a sabiendas de que lo son (y no de buena fe), da igual que sea un coche robado que una pieza de arte robada, tiene en España una pena de entre seis meses y dos años de cárcel, no es poca broma. No digo que esto último haya sucedido en este caso. Repito: no digo que esto último haya sucedido en este caso. Horacio mismo se lo dijo al vendedor, que no dudaba de su honestidad y buena fe al comprarla, pero que la página era robada.
¿Cómo se evitan todos estos conflictos? Asegurando la legalidad de la compraventa, y preocupándose el comprador de que ese dibujo, página o viñeta, está siendo adquirido legalmente porque el autor lo vendió en su momento. Y no le fue "distraído", "extraviado", no devuelto, robado a su autor. Y para eso los comerciantes en el mercado de obras de arte deben preocuparse, también, del registro, autenticación y catalogación de la obra que van a comprar o a vender. Igual que se hace en el mercado del arte. El auténtico mercado del arte.
Ahora mismo hay un montón de páginas de cómic en el mercado de compraventa de dudosa procedencia. Incluso es posible que haya algunas falsificaciones. Después de todo, tampoco es tan difícil falsificar un original de un autor célebre ya fallecido, sobre todo si se dispone del original, ni tampoco es difícil envejecer una página para que parezca antigua. ¿Cómo sabe un comprador que la página que compra es auténtica? ¿Cómo sabe que lo que compra es material vendido legalmente, teniendo en cuenta la cantidad de páginas de cómic que las antiguas editoriales se quedaron en lugar de devolverlas a sus autores? ¿Se preocupa de saberlo? Por otra parte, los herederos de esos autores, si el autor en cuestión ya murió, tienen derecho a recuperar esas obras artísticas salvo que hubiesen sido vendidas legalmente en su momento.
Para todo esto hace falta tomar conciencia de los problemas serios que plantea este mercado de compraventa, y tomar medidas para catalogar y autenticar los originales. Cada autor es libre de hacer lo que quiera con sus obras, y si las vende voluntariamente, bien está. Igual que si no las quiere vender. Pero es así como debería hacerse siempre para evitar conflictos posteriores que nadie desea.